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Sequedad de vientre

 por Carlos Á. Trevisi (2000)

 

Antes eran de algodón con olorcito a talco barato y las prendían con alfileres de gancho. Ahora son de nailon, sin olor y vienen con autoadhesivo.

 

- No, póngala suelta.

- Pero tiene mangas...así puede leer o fumar.

- No. Suelta, por favor

 

Se escuchaba el amague de la tijera.

 

- Chic, Chic ; Chic, Chic...

 

y a continuación el ataque

 

- Chiik, chiik ;  chic-chic (en falso)

 

Y los pelos que caen sobre la oreja, adentro de la oreja, en el cuello.

En pocos minutos el espejo arroja pelos por todas partes.

 

- ¿Qué me dice de los radicales ?

- Y... ¿ Qué quiere que le diga... ?

- No se mueva, por favor

- Es que estas capas dan calor... Antes cuando eran de...

- Usted transpira mucho, no ?

- Y... sí...

 

Las gotas caen; se deslizan sorteando pelos adheridos al esterno-cleido-mastoideo; ruedan con los pelos, se espesan, se escurren entre el cuello y la bata de nailon.

 

- Desde lo que hizo Alfonsín la gente no quiere saber nada. ¿Usted los votó, ahora último?

- No... este...

- Ahora, le voy a decir, éste de ahora no es mejor, eh! Mire lo que está haciendo con los  jubilados. Lo que está bien es que haya parado la inflación. Fíjese. para afilar esta tijera  -la levanta; deja de cortar-  me cobraban como seis mil pesos, ahora pago seis. Y hace  como tres años que pago seis, eh !. Eso está bien. Lo mismo que con las locas de la   Plaza de Mayo ;  las tiene cortitas. ¿ Me quiere decir que hacían en la Plata cuando se   armó quilombo con los estudiantes ? Hay que darles a esas viejas.

 

Me rasco.

Baja los brazos en un gesto que lo enaltece.

 

- Usted tiene lindo cabello. Da gusto cortarle. No hay que darle forma al corte. Basta con  seguir la forma de la cabeza. Hay cada uno que tienen la cabeza como un   huevo. "Déjeme llenito acá", le dicen a uno. Cómo si uno no supiera !

 

Separo la bata del cuello introduciendo entre ambos el índice de la mano derecha. Eso me alivia, pero favorece la caída de los pelos envueltos en sudor.

 

- ¿ Vio ese pibe que juega en River ?

- ¿ A quién se refiere ?

- A Orteguita.

- Aha.

- Ese es un tronco. Se la pasa corriendo. Me hace acordar a Más, uno de River también;   de hace años, cuando yo iba a la cancha. ¿ A usted le gusta el fútbol ?

 

- No mucho.

 

Muevo  la cabeza de arriba abajo y de izquierda a derecha; la hago girar;  el mentón se desplaza  hacia adelante para ganarle cuello a la bata; sacudo los hombros.

Es inútil.; bajan por la espalda.

 

- ¿ Y cuando era pibe? ¿ Tampoco le gustaba ?

- Sí...

- ¿De qué cuadro era ?

- Eh... de River.

- Ah ! entonces se acuerda de aquella defensa "Carrizo, Perez y Vairo" Imbatible !

- ¿ ?

 

Parece un regimiento de hormigas; se orientan entre los omóplatos.

Ya son miles y miles de pelos que se precipitan hacia los riñones. Han aprovechado, sin duda, la hendidura de la columna.

Van llegando a la altura del cinturón.

 

- Son anteriores al tarzán de Boca, Roma. Ese era bueno también... En aquella época en   Boca jugaba un pelado que se llamaba Pescia. Jugaba de 5.

- Ahá.

- Pero el 5 de River era un fenómeno ! Rossi. Qué lo parió ! A los gritos armaba el   equipo el hijo de puta.

 

- Chiik, chiik ;  chic-chic (en falso), sigue la tijera.

 

Sacando pecho, meto el índice de la mano izquierda entre el pantalón y la camisa. Los detengo.

La camisa ha absorbido el sudor y ahí atracan.

 

- ¿Iba a la cancha usted ?

- No... A veces.

- Ah, entonces le gustaban las carreras. Se acuerda cuando los Galvez soldaron el block   del forcito en plena cordillera ?

- Sí, algo me acuerdo.

 

Me pica.

Otra vez el dedo y el sudor.

Logran pasar de largo. Entran en carrera, como los Gálvez.

Coxis a la vista !

Ya se acercan.

El escozor es terrible. Me muevo; me agito en el sillón. Meto la mano por debajo del calzoncillo; se me afloja el cinturón; se sale la camisa.

Intento sacarlos arrastrándolos  hacia arriba.

Es tarde. Tanto movimiento los ha ido empujando entre las nalgas y llegan, llegan...

No puedo más. Pego un salto. Ya cosquillean por el esfínter...

El peluquero mira azorado. Los clientes se han ido reuniendo alrededor del sillón.

El tipo aprieta el pedal y me empieza a subir para que todos vean mejor.

Entregado, me refugio en el vacío del espejo.

La veo a mi madre. Allí está ella, con una tierna sonrisa en los labios.

 

Y un cabito de perejil en la mano.