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La crisis en España vista por un mero observador

por Carlos Á. Trevisi  (27 de abril de 2009)

Durante los últimos 30 años España vivió un crecimiento fastuoso que enriqueció a sus gentes sin advertirles que de no moderarse en sus afanes por hacer dinero y vivir con fausto caerían en el abismo en el que ahora están instaladas. Nadie se dio cuenta  de que "mi caja" haciendo click! no era necesariamente  significativo de que la "caja" de "mi país" se fuera llenando a la par.

La desidia  que normalmente acompaña a la abundancia se ha hecho ver; la incapacidad de los políticos y la rapacidad del capital también.

La clase política  no quiso, no pudo, no supo poner  freno a  al desborde. La derecha de Aznar,  porque el mundo vivía un período extraordinario de crecimiento económico; porque España disfrutaba por entonces de ingentes fondos europeos conseguidos por el  gobierno de Felipe González; porque la especulación inmobiliaria estaba en su apogeo y porque privatizó las grandes empresas públicas obteniendo liquidez inmediata. Y la socialdemocracia de Zapatero porque supo vivir de esas ventajas hasta que se vino abajo el "milagro neoliberal", cogiéndolo como cogió a todo el mundo con un mercado laboral inconsistente que ha dejado en la miseria cuatro millones de trabajadores.

Los acuerdos -nunca explicitados- entre la banca, las constructoras y la escandalosa recalificación de tierras que se hacía desde los ayuntamientos para edificar miles y miles de pisos que no satisfacían ninguna necesidad social precipitaron el desastre. Todos se habían convertido en inversores. Cualquier desgraciado tenía dinero "invertido en  bolsa" y hasta en paraísos fiscales; se compraban pisos  en  construcción que rápidamente  lucían  carteles de "se vende" en la certeza de que lo que se había pagado 10  se revendería a 1000 en pocos meses; se compraban coches a 60 euros por mes, se refaccionaban las casas,  se compraban televisores de plasma de 1 metro cuadrado para ver fútbol -me dejaba perplejo leer en los diarios que aumentaba la venta de televisores ante acontecimientos deportivos como un Real Madrid-Barza; motos,  cenas con amigos a 50 euros por cabeza, equipos de audio "cine en casa"; una sociedad que salía en cruceros por el Mediterráneo a pasear 10 ciudades en seis días a cuatro horas por ciudad y varios miles de euros por cabeza; que llevaba a sus hijos a jugar golf, que los anotaba en clubes de fútbol para que fueran futuros casillas raúles o e´toos, que los empujaban a ser nadales o federers; que los enviaban a colegios privados ingleses a 1000 euros por hijo...

Este observador se preguntaba  qué pasaría cuando todos aquellos que hipotecaban sus vidas sufrieran los efectos nefastos de la especulación que ellos mismos habían fomentado. ¿Es que no se daban cuenta que cuando los bancos les otorgaban una financiación del ciento por ciento del valor de la propiedad y "unas pesetillas más para que cambiaran el coche" el negocio -su negocio, el del pobre infeliz- no llegaría muy lejos? ¿O que se saturaba su tarjeta de crédito, que las acciones estaban sobrevaloradas y los bancos y las Cajas desfondados? La respuesta no tardó en acudir: una sociedad que había perdido el rumbo sucumbió ante ilusiones equívocas, deudas inasumibles y prestigios sociales devorados por la realidad.

También se preguntaba este observador qué pasaría con la desocupación cuando todo este disparate se precipitara. La vida "dulce", abundante en necesidades materiales impone sus circunstancias: tener dinero. Hacía tiempo ya que se había creado trabajo basura; ese trabajo insustancial que desaparece el primero porque viene atado a contratos temporales. España era el país que más contratos temporales registraba en toda Europa, sobre todo de autónomos; el país con menor presupuesto para investigación, uno de los peores niveles educativos de la UE... Y se contestaba: ¿Qué otra cosa podía pasar que no fuera el coma del mercado de trabajo "barato"?

Durante todos estos años, los gobiernos, satisfechos con esta nueva clase social de  "ricos-ahora-muertos-de-hambre", dejaban de lado las políticas que efectivamente alientan la riqueza de un país y de sus gentes, ¿olvidando? que la gente es el  recurso más importante con que cuenta una nación  y que si bien se pone en marcha  con la mira puesta en su propio beneficio, cuando hay   un proyecto común el beneficio es para todos; que los motores de esa marcha son la educación y el acceso a la información seria y calificada; que una ciudadanía educada y bien informada elige valores, metas y procedimientos y  crea y regenera cultura; que es menester favorecer  la investigación y desarrollo  para que devenga en plantas de alta productividad ¿Sabía usted que la productividad en España es de las más bajas del primer mundo y sin embargo no se ha hecho gran cosa para mejorarla?.

Siendo la información , la investigación y el  desarrollo y la capacidad productiva  los verdaderos aceleradores de la sociedad uno no puede dejar de acordarse de Aznar  y de las armas de destrucción masiva, las manifestaciones de los científicos españoles reclamando mayor presupuesto, la fuga de mileuristas universitarios que buscan otros horizontes, los escasísimos presupuestos para investigación...

 ¿Qué hemos hecho mal en España?  Más vale que demos con la respuesta.