Acerca de Maradona

por Carlos Á. Trevisi

 

De pura cepa villera.

Ésa que siente el amor total; el amor que despierta en la entraña, el que asoma en una  niñez que chapotea barro, que sabe de carencias, que  nace en la injusticia y se fortalece ante el horror del escarnio que sufren los incansablemente pobres; ese amor que lastima los adentros, que se expresa sin palabras, que es todo entrega: que es un darse porque no hay qué dar, un “tómame” que soy en ti para que seamos dos y cientos y miles y millones; una comunidad de despojados en busca de afectos, abandonada a su suerte, al cruel destino que impone la razón de los poderosos; una comunidad de sometidos, ignotos  e ignorados seres que vibran  cuando les devuelves lo que les ha sido arrebatado, cuando apareces, pibe,  desafiante e impertinente, con la villa a cuestas, como un símbolo que precipita realidades  que no te incluyen, que quisieran postrarte como han postrado a la libertad, esa libertad con corbata, la proclamada por una civilización caduca y enfermiza, mentirosa e hipócrita, la que te mostró impúdicamente a ti una noche de drogas pero oculta al mundo sus miserables acuerdos  con los que manejan las redes de su comercialización.  

 

Pero hay otra libertad, la que encarnan los que no reciben premios, los descorbatados, los maradonas del mundo: la incorruptible, la libertad que se amplía entusiasta, abarcándonos a todos, la que no tiene límites, la que reclaman los inocentes que mueren víctimas del terrorismo y de las guerras, la que descree de Pelé.

 

He puesto un disco de Goyeneche. Está cantando “Qué falta que me hacés.” 

Si pudiera escribirte un tango le pondría un “nos” a ese “me” y la letra sería de alabanza a tu talento. Les explicaría a los pretenciosos civilizados, cobardes egoístas que viven para adentro, escasos de afectos, que compartes el privilegio, junto con  Borges,  de haber roto todos los moldes; de haber globalizado la pasión, e incendiado, con el fuego que anida en tu alma de hombre bueno, la osadía de  una lógica de cuyas sinrazones ya se lamentaba Don Alonso Quijano.

 

Sábado 10 de noviembre de 2001.

Es tu día, el día de tu madurez, el día en que asumes públicamente los errores de tu vida.  “Yo me equivoqué y pagué” has dicho.

Pero como tú sabes que no basta sólo con eso, desnudas tu alma y nos pides, en confesión abierta y como quien clama ante un padre presto al perdón, en un acto de arrojo que alienta el encuentro entre los hombres y la verdad, que “no termine nunca el amor que me tienen”.

 

Allá vamos.

 

Gracias, pibe. Muchas gracias.