¿Individuo o persona?

por Carlos A. Trevisi

 

Me asisten grandes dudas cuando hablo de "educar". Prefiero hablar de "educarse" y no sólo porque en la relación enseñar-aprender me inclino por la experiencia del aprender antes bien que por la del  "enseñar", sino porque me asalta el temor de que en el "educar"  los valores se "reciten", se transmitan como la mera fórmula de un binomio suma al cuadrado (algo muy propio de quienes ya se sienten “definitivamente” educados). Este complejo mío nace de una educación que me contempló como receptor de valores inmutables a los que debía rendirme sin más (no menos señera era la arrogancia del conocimiento que se me brindaba "ex cátedra")

El ser humano, al igual que el animal, nace uno en la especie pero idéntico a todos los demás. Sin embargo, anidan en él unas potencias que lo diferencian de cualquier otro ser vivo. Su capacidad para pensar, para amar, para ser libre  y para el pleno ejercicio de su voluntad  lo identifican como el único individuo  en condiciones de asumir su  vida concientemente: no sólo vive sino que tiene conciencia de que va a morir.

 

Esta conciencia de muerte lo hace sumamente vulnerable pues, en su virtud, el hombre tiende a deambular por el mundo buscando seguridades y sin arriesgar. Tal vulnerabilidad no encierra, sin embargo, ninguna fatalidad. Es el único ser vivo capaz de cambiar sus propias circunstancias. La vaca, vaca muere; el hombre nace individuo pero  tiene la posibilidad de morir persona. Y  llega a ser  persona  cuando, en diálogo con los demás hombres,  asume su propia creación.  Es creador aquél sobre el que ha pesado  una férrea educación  que lo ha obligado éticamente con la vida, que lo ha impulsado irremediablemente a ser crítico, solidario, comunitario, exigente, amplio,  reflexivo, abierto, independiente, apasionado, consecuente, dialógico, ocioso, democrático, comprensivo, valiente... a vivir en busca de la verdad.

El mero individuo, carente de esas actitudes, vive sumido en la intrascendencia de los convencionalismos es cobarde, inflexible, autoritario, machista, obcecado, miserable, monológico, egoísta, negocioso, inconsecuente, pragmático, servil...

Vive en busca de seguridades y de prestigio social.

 

Educarse, será, entonces,  satisfacer la necesidad de plenitud de las potencias que nos caracterizan como seres humanos; transformadas éstas en actitudes, nos asumiremos personas con visión de nosotros mismos y del entorno como para insertarnos en él según nuestras propias capacidades.¿POTENCIAS O ACTITUDES?.

La educación verdadera es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo (Paulo Freire), es llegar  a lo más profundo del encuentro para  obtener resultados compartibles y  ser capaces de poner en acto nuestros conocimientos y valores. (Ortega  decía que toda obra creadora es hija del descontento, de la insatisfacción). El conformismo paraliza las energías vueltas  hacia la acción.

 

Como ya hemos dicho, “La educación es auténticamente humanista en la medida en que procure la integración del individuo a su realidad, en que le pierda miedo a la libertad,  en que pueda favorecer en el educando un proceso de búsqueda, de independencia y, a la vez, de solidaridad (Paulo Freire)

Una educación integradora logrará que  el educando sea  amplio para abarcar y tan abierto como para dejarse abarcar, combinación ésta que lo pondrá en común con los demás. Deberá asumir que su libertad, que  es uno de los bienes más preciados de que dispone, no es negociable, que es sumamente frágil y que se consigue con un ejercicio permanente de su independencia. Finalmente, entenderá que ser solidario es algo más que dar: es darse”.

 

¿Prepara la familia (y la escuela) para el ejercicio de la libertad, para el desarrollo de la capacidad de optar, para la creación?

 

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