Familia y escuela

por Carlos A. Trevisi

 

No se puede analizar la estrecha relación que deben guardar la familia y la escuela sin antes abordar, aunque sea someramente, el papel que juegan en el proceso educativo.

La familia es el núcleo fundacional de la personalidad y la primera educadora. Es en su seno donde el hombre comienza a relacionarse. Es el punto de partida del encuentro con un "tú" , del diálogo en el afecto. Cabe a la  familia la serenidad,  la exigencia  y la reflexión  para iniciar al hombre en ese inacabable viaje hacia sus propias armonías, a su plena personalidad, a su libertad. La familia es la institución más proteica de nuestra sociedad. Los aportes de sus miembros la dinamizan, la perturban, la ponen en crisis.

No sucede lo mismo con la escuela, institución ésta que asumirá muy tempranamente un rol preponderante en la vida de los niños. Si bien su función es  recrear circunstancias a partir de la herencia socio-cultural  en la que se inserta, y ponerlas en acto, el vértigo del momento que nos toca vivir  no le da tiempo a procesarlas.. La escuela es poco homeostática y "subordina sus fines sociales  a las necesidades de preservación de su estructura" (Ernesto Gore) dejando la calle afuera.

Un padre conlleva en sus adentros la idea de que su hijo tiene que superarlo, ser mejor que él; es propio de la naturaleza humana la proyección de los padres en sus hijos. Sin embargo, no siempre sabe encarar el tema de su educación en el ámbito de la escuela.

 

La escuela no está sólo para que aprendan a leer y escribir: entre sus varias responsabilidades, tiene aquélla de socializar a los niños, de hacerlos partícipes de la civilización  en la que les cabrá actuar de  mayores cuando su vida los obligue a la toma de decisiones. Esta función de la escuela, que es de las más importantes, pues  ataca el plano actitudinal del proceso de crecimiento, nos pone a los padres en un pie de igualdad con las autoridades académicas y con los maestros.

Para  abordar la educación sistemática, es menester contemplar que transcurrimos por la vida en respuesta a circunstancias laborales, de estudio, personales o de familia en un contexto dinámico, de cambio, incierto, tan incierto como la vida misma,  donde nada está garantizado.

Si asumimos que es así, padres y escuela debemos  dar a  nuestros niños una formación que autorice  su inserción plena en el mundo, dotarlos de una personalidad crítica, dialógica, amplia, abierta, democrática, abarcativa, libre...

 

Es menester que nuestros niños tengan un alto nivel educativo y gran adaptabilidad social; que aprendan a reconocerse, a saber de sus propias capacidades, a ser dueños de su voluntad, de sus afectos, de su inteligencia y de su libertad. Los padres habremos de tener tiempo para el encuentro con nuestros hijos. Debemos abordarlos a partir de ellos mismos compartiendo sus gustos y asumiendo sus necesidades. Hablaremos de la escuela; de sus maestros, de sus amigos;  saldremos con ellos, los acompañaremos en sus tristezas y en sus alegrías, en sus logros y en sus fracasos; hablaremos de sexo,  de deportes, de política, si cuadra; usaremos  su ordenador, les daremos regalos -soft, libros, chuches,  remeras- veremos televisión con ellos y discutiremos si este o aquel programa; les brindaremos seguridades; los castigaremos cuando se quiebren y alentaremos cuanta actitud de grandeza nazca de ellos...

Los maestros canalizaremos la enseñanza a través de la investigación, del aprender a aprender y no desde los datos. La estrategia del aprendizaje debe favorecer una curiosidad tal que motive una  búsqueda que  impulse al acto de aprender.

 

El maestro es el profesional que pone el conocimiento y los valores  en acto. Se debe abandonar la idea de que los  conocimientos y, mucho menos, los valores, pueden ser transmitidos sin haber sido asumidos. En otras palabras: el maestro debe postergar el discurso e imponer el acto. El maestro es amplio, es comprensivo, es dialogal y todo lo demás porque actúa  así. Y la familia es serena, exigente, dialógica  porque la vivimos así.  

Cambiar para que todos juntos,  padres de familia, maestros y niños aprendamos a descubrir al otro en sus necesidades.

 

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