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Evita

por Dvora Grokop Schechner 

A manera de introducción

 

Una tarde invernal de 1951 la ví a Evita en persona

Estaba en la cúlmine de su carrera y a un paso de su agonía. Su imagen quedó clavada en mi mente porque no me la pude explicar. Tuve que vivir 40 años más para atreverme a descifrar su enigma y escribir este libro.

 

Las cosas sucedieron así:

Adela, la más joven y cercana a mí, de las sirvientas en mi casa, era una gran admiradora de Evita. Ella me relataba sobre su heroína y yo la criticaba. Nos pasábamos los días discutiendo porque yo, la adolescente hija de un rico fabricante textil judío, era una extrema socialista. Ella decía que lo que hizo Evita en la Argentina era parecido al socialismo del que yo hablaba constantemente. Y yo me contenía para no soltar la carcajada por no ofenderla.

 

Lo que hace Evita es un engaño – le explicaba. Se viste como una reina y les dice a los pobres que es una de ellos. Mira los vestidos, las joyas. Los compra barato. Les reparte sidra y pan dulce en Navidad y se fotografía al lado de los “cabecitas negras”, y todos felices y contentos. Quizá no sea fascismo como dicen muchos, pero socialismo – seguro que no es.

En el socialismo – yo le enseñaba – no hay ricos ni pobres.

 

Es cierto – reconocía ella – hay ricos y pobres, pero por lo menos hay quien se preocupa por los pobres.

derecho a una jubilacion, asilos de ancianos, hogares para muchachas solas, una ciudad para niños abandonados, campeonato de fútbol para niños que en su vida habían tenido una pelota ni botines, los trenes de la salud que recorrían todas las provincias y un ejército de enfermeras”, y ya no le quedaban dedos para seguir enumerando. “Y todo lo que le da a la gente día a día en la Fundación” – entre otros también la familia de Adela se beneficiaba con la Fundación Eva Perón – “y además” – recordó oportunamente – “también el voto femenino. Dentro de tres meses vos también vas a poder votar por primera vez. Y todo eso no existía antes, como bien sabes.”

 

Yo ya lo sabía. Había visto mundo y había aprendido a comparar regímenes de gobierno en distintos países y sabía bien lo que era un Estado Benefactor. Había empezado con el laborismo en Inglaterra y se daba en Israel. Esto no era más que un reformismo que distaba mucho de ser un socialismo revolucionario.

 

“Y te tengo novedades” – me decía Adela como acariciando un dulce secreto con una sonrisa cómplice – “últimamente ella promete luchar para que en Argentina haya justicia social para todos. Vení a escucharla, habla igualito que vos.”

 

Y yo volvía a sonreír descreída. Como era que no entendía la diferencia. Como no lo entiende la mayoría de los obreros, los trabajadores.

Me llenaba de una rabia sorda el hecho de que la clase obrera fuera tan poco conciente de su condición, tan ajena a sus propios intereses.

Sentí que las charlas con Adela me ayudaban a reforzar mi convicción.

“Venite a verla” – me volvió a invitar.

 

En el invierno del 51 empezó el último acto en el drama de Evita. Muy pronto se sabría. Ella quería legitimación política. Hasta ese momento no tenía una función oficial en el gobierno. El hecho de que aspirara a ser elegida vice-presidente de Perón no fue sorpresa para nadie. De hecho, ella era la que había creado las condiciones para el culto a la personalidad de su esposo, un culto en el que ella era la sacerdotisa principal. Ahora se estaba organizando una asamblea peronista multitudinaria en el centro de la ciudad para proclamar su candidatura.

 

Adela insistía. Dudé un poco pero accedí, en parte por curiosidad.

El operativo sería secreto. Nos escabullimos de la casa en horas de la siesta, nadie sabía adonde iríamos, ni mi familia, ni mis amigos.

Era feriado. Los negocios estaban cerrados y toda la ciudad convergía hacia el centro. Nosotras dos también viajamos en el colectivo repleto y luego nos metimos en el vagón del subterráneo atestado de gente vestida de fiesta. Gratis.

“Dios es peronista” – solían decir jocosamente los porteños y no estaban muy desacertados, ya que toda vez que se organizaba un festejo de grandes proporciones, el día era soleado y la fiesta estaba en el aire. Agosto suele ser el mes mas duro de invierno, pero aquel 22 de agosto no fue así. El cielo lucía límpido y un solcito cálido recibía a los descamisados que se aglomeraban para la asamblea.

Desde el interior del país llegaron miles y miles en trenes, autobuses, botes, carros, caballos y bicicletas. Aquí finalizaba su periplo de 2500 kms. desde Tierra del Fuego hasta el Obelisco. Las masas que iban llegando guardaban proverbial compostura, muy diferente a lo sucedido el 17 de octubre del 45. Esta vez no venían a conquistar la capital. La capital ya era cancha propia.

Pero hoy como entonces estaban todos muy compenetrados con la importancia de su presencia allí. Entonces – el 17 de octubre 1945 - habían venido a liberar a su héroe. Hoy – a pagar una deuda de honor para con su heroína: venían a coronarla, caiga quien caiga.

En la esquina de la Avenida 9 de Julio y Moreno, en pleno corazón de la ciudad, habían levantado un gran escenario. Un gigantesco cartel anunciaba la candidatura doble de “Perón – Eva Perón, la fórmula de la Patria” con sendas fotografías en cada extremo. La gente llevaba carteles y lemas y canciones alusivas irrumpían de todos los altoparlantes instalados en cuanto poste de electricidad había en la ruidosa avenida. En todos los edificios cuyos frentes daban a la avenida mas ancha del mundo, ondeaban carteles con la foto de la pareja, los dos juntos o separados.

Apenas llegamos vimos a todos alzar la mirada al cielo: un avión dibujaba una estela blanca al girar sobre nuestras cabezas con la inscripción: CGT PERÓN EVITA. (Confederación General de Trabajadores)

Adela se había encargado de que su hermana y su cuñado nos reservaran lugares cerca del escenario. Los ubicamos rápidamente. Ellos sabían quién era yo y me saludaron afectuosamente. Muchas veces descubrí sus miradas posadas en mí. Me sentía ajena pero no distante. El ruido, el olor de las masas me retrotraían a imágenes conocidas que tardé en precisar, pero al fin supe: era como cuando mis tíos solían llevarme a la tribuna en los partidos de fútbol, con la misma ansiedad porque nuestro equipo favorito ganara. Yo estaba sentaba sobre los hombros de mi joven tío, y la tribuna en el estadio de Boca Juniors se venía abajo de gente. Pero nada importaba sino la victoria.

A las 17:30 subió Perón al entablado acompañado por ministros, diputados, senadores y dirigentes obreros. Evita no estaba entre ellos.

Se inició la Asamblea. José Espejo, que presidía entonces la CGT, coordinaba el acto. Tomó la palabra, pero era imposible oír lo que decía. El apoyaba a Evita mientras que la cúspide militar se oponía a su nombramiento.

¡Que venga Evita! ¿Donde esta Evita?” – vociferaba la gente. La hermana y el cuñado de Adela gritaban con todos, entusiastas. Adela me apretaba el brazo, como para defenderme del tumulto.

“Mi General” – se dirigió el conductor del acto a Perón que estaba sentado sin pronunciar palabra - “Acá notamos una ausencia, la de vuestra esposa, la de Eva Perón... Compañeros” – se dirigio al público – “tal vez su modestia, que es su más grande galardón, le impida… (no se oye lo que sigue) Permitidme, mi general, que vayamos a buscarla, para que esté aquí presente.

 

¡Que bajeza! Cómo los manipulean – pienso yo – ¿cómo no se dan cuenta siendo tan poco sutil el ardid?

Los reflectores se encendieron potentes sobre la escenografía de fondo encandilando el póster de Evita, la dulce y virginal imagen sonriente con una áurea flor al pecho, mientras en el escenario se presentaba una delgadísima figura femenina de piel mortecina, con ojeras debajo de los ojos que brillaban de fiebre. La piel tirante sobre los pómulos y la nariz.

“Cómo adelgazó” – susurró Adela preocupada, tapándose la boca con la mano. Las masas no conocían aun el veredicto de su enfermedad. El cáncer de útero que la carcomía se iba extendiendo en sus entrañas sin piedad. Al seguir sus movimientos en la cinta filmada que documenta ese momento se puede percibir el rictus de dolor que la acometía de vez en vez.

Si bien la pareja estaba en escena, esa velada era diferente. Parecía ser su velada de estreno.

 

Quizá toda su vida no haya sido sino la antesala de ese momento cumbre. La hija ilegítima que había robado a su progenitor el apellido para hacerse de alguno, ya que él no la había reconocido al nacer; la huerfanita a quien trataron de alejar del cajón y de la tumba de su padre cuando sólo tenía siete años de edad; la alumna de primaria que reprobara matemáticas, pero se destacara en lectura y en declamación en las fiestas escolares, aunque no siempre recordara los textos; la actriz de cuarta que no lograra representar los papeles escritos por otros – estaba ahora sobre el escenario frente al público que ella misma había moldeado. Ella recitaría su propio argumento y ellos la ovacionarían.

Ella le tiró un beso al público sin palabras. La Asamblea volvía a empezar. Tras haber entonado dos estrofas del himno nacional, el coordinador del acto le pidió formalmente a Perón que consienta una vez más en ser candidato a presidente. El líder accedió. Luego se dirigió a la esposa del presidente y le pidió que aceptara ser candidata oficial para la vice-presidencia.

Eva no se apuró a responder. Se hizo un gran silencio. Un millón de adoradores esperaban ansiosos y tensos. Por lo general no era lo verbal lo que importaba en sus apariciones en público. La gente venía a verla, a sentirla. Ella lograba enardecerlos con el fervor de su rencor, con el deseo de su pasión. Pero esta vez estaban todos pendientes de su “sí”. Todo el día se habían preparado para oírlo. Ella empezó a hablar, como de costumbre, alabando a Perón.

Algo raro sucedía: toda vez que pronunciaba el nombre de Peron, se oía un griterío del lado izquierdo del escenario, justito al lado nuestro. Un grupo de jovencitas y jovencitos gritaban a voz en cuello: “Evita con Perón!” y rápidamente cundía el clamor por toda la multitud, agitaban los pañuelos y los jóvenes al lado nuestro brincaban de alegría. Adela se contagiaba el alborozo y me agitaba el brazo. El ritmo era tan contagioso que casi coreé con ellos el estribillo.

Después de que Eva manifestara su amor por Perón y por el pueblo, se ensañó en su discurso contra todos los enemigos que aun no habían sido derrotados, los oligarcas, los mediocres y los vende patrias “que desde sus guaridas asquerosas atentan contra el pueblo y contra la libertad” – su voz se tornaba ronca y amarga.

“Leña! Leña!” – coreaba el público.

Entonces les llegaba el turno a sus enemigos personales, “los cobardes, los intrigantes y los calumniadores”. Sus movimientos se agudizaron, cortaba el aire con su puño alzado, gritaba monótona, imposibilitada de subir a los altos tonos requeridos – “No me interesó jamás la injuria ni la calumnia cuando se desataron las lenguas contra una débil mujer argentina” – decía aludiendo a los rumores y habladurías que se difundían no sólo entre la oposición de izquierda y liberal, sino también entre los oficiales del ejército.

 Yo estaba perpleja. ¿A que venía todo eso? ¿Que clase de discurso político era ese? ¿Por que tenía que contarles a todos sus tribulaciones personales? ¿A quién le importaban? Miré en derredor y vi al millon de feligreses hipnotizados. Yo estaba en medio de la masa y no me lo podía explicar. No entendía.

Tras una pequeña pausa, volvió Eva a sus admiradores y susurró casi íntimamente – “Yo siempre haré lo que me diga el pueblo”. La frase sonó a aceptación de la candidatura y despertó una avalancha de aplausos. El público se deshizo en vivas durante largos minutos, en medio de una euforia que rayaba en la locura. Pero la frase siguiente contradecía la anterior.

La alegría se desvaneció en un instante. ¿Había aceptado o no?

Un silencio abrumador del millón anhelante. Un millón, realmente, y eso fue lo que publicaron los diarios del exterior al día siguiente. Nunca antes había yo formado parte de una masa humana tan grande ni tan íntimamente cohesionada hasta el punto de palpar sus vaivenes al son de la palabra.

Aún no se había pronunciado el “sí”. La desilusión se traslucía en los aplausos. Una nube de inseguridad pesaba en el ambiente. Parecía que Eva se hubiera dirigido a Perón y no al pueblo, refrendándole su fidelidad, denunciando que la estaban boicoteando.

 

Cuando Perón se dirigió al público, fue interrumpido en más de una oportunidad. Al finalizar su discurso, la masa en pleno vitoreaba: “Evita! Evita!” exigiendo que se pronuncie.

El coordinador del acto se dirigió a ella ceremoniosamente: “Señora, el pueblo le pide que acepte su puesto.”

Evita murmura que no puede hablar. Su cara se contrajo en un rictus de dolor. Espejo le acercó el micrófono y su protesta se dejó oír en las cercanías del escenario.

Comenzó un diálogo entre Evita y el público. Los cuerpos apretados uno junto al otro se iban fundiendo con la complicidad de la noche que iba cayendo hasta crear un ser único que latía al unísono – la masa, ya no como sustantivo colectivo sino como una criatura viviente.

Evita estaba dubitativa y triste. La gente pedía y exigía, y ella accedía y retrocedía. Su nombre era invocado con ira, con devoción y frustración. Como un amor insatisfecho.

Cuando retomó el micrófono, rogó con voz trémula: “por el cariño que nos profesamos mutuamente, les pido que para una decisión tan transcendental en la vida de esta humilde mujer, me den por lo menos cuatro días.

“No! No! Vamos a la huelga! A la huelga!”

“Compañeros… compañeros… compañeros...” Cinco veces hasta que logró superar el bullicio ensordecedor de la masa para pronunciar la frase que de ahí en más se recordaría para siempre – “Compañeros: no renuncio a mi lugar en la lucha, solo resigno a los honores… Yo haré, finalmente, lo que decida mi pueblo.”

El público protestó. Era difícil entender el nexo entre las frases. En el escenario se producían discusiones entre los organizadores del acto.

Evita lloraba. – “Compañeros, por el cariño que nos une, les ruego que no me hagan a hacer lo que no quiero hacer. Se los pido a Uds. como amiga, como compañera… por favor, les pido que se desconcentren”. Su voz era un ruego.

El público reaccionó violentamente desairado. Sintiéndose impotente, ella trató de suavizarlos con un argumento de probada eficacia: “¿Cuando los desilusionó Evita? ¿Cuando Evita no hizo lo que Uds. le pidieron? Yo les pido una cosa: esperen hasta mañana.”

- “Ahora, ahora!” – resuena el grito sin demora. El diario “Democracia” publicaría al día siguiente que la palabra fue repetida a coro por espacio de 18 minutos seguidos.

Espejo le quitó el micrófono de las manos – “Compañeros: la compañera Evita nos pide dos horas. Nosotros no nos moveremos de aquí.

Mientras ella se deshacía en ruegos, se notaba una animadversión en bambalinas. Perón levantó la voz: “!Levanten este acto ya mismo!”

Parecía que nadie había previsto que la Asamblea se desarrollara de ese modo. Todos estaban sorprendidos de que Perón haya pasado a segundo plano.

El público estaba inquieto y amenazaba con descontrolarse. Hacía frío y estaba oscuro y la gente empezó a encender antorchas con diarios, como entonces, en el 45. Se sentaron en el duro asfalto y esperaron la respuesta.

 

Yo temblaba y Adela me preguntó si quería que nos volviéramos a casa. Suspiró aliviada cuando moví negativamente la cabeza. Yo estaba fascinada con la escena y quería ver el final. Como todos.

 

Por fin, ella se acercó al borde del entablado. La luz blanca del reflector le encandilaba sin compasión el rostro atormentado como oculto detrás de una máscara. Sostenía el micrófono con ambas manos, muy cerquita de la boca al sellar sus palabras murmurando como en oración: “Haré… lo que el pueblo me ordene.” Tuvo que hacer una pausa entre las dos partes de la oración y así delató la emoción que la embargaba. La tensión cedió como por encanto. Los aplausos no mermaban, pero la Asamblea había terminado.

Eva bajó del escenario y se desplomó.

La gente se dispersó lenta y desganadamente. Se despedían de la vivencia de comunidad masiva que habían experimentado, henchidos sus corazones de emoción contenida.

 

Durante el viaje de regreso Adela y yo casi no intercambiamos palabra alguna. Mi mente estaba abarrotada de imágenes nuevas. Mi sensación se agudizó aun más al ver los ojos enrojecidos de los jovencitos y jovencitas y de los ancianos que viajaban con nosotros y comentaban: - “que pelotas tiene la señora! A los milicos de mierda que la boicotean habría que cortarles los huevos, directamente.”

 

Esa noche me costó conciliar el sueño. Me daba vueltas de un lado a otro sin poder dormir. Algo no se condecía con las definiciones, con la teoría. Ese era un estilo nuevo de liderazgo. Un nuevo tipo de pueblo, de masas, de relación entre un líder y su pueblo. No eran la obediencia y la sumisión a la autoridad de un Fuhrer, ni la disciplina demostrativa frente al Duce. Aquí se había logrado la ilusión de que era el pueblo quien decidía. El era su dictador. Ella lo había conquistado con su fidelidad y con la ostentación de su debilidad. Su debilidad era su fuerza. Esa era la técnica del Evitismo.

 

¿Y que había en ella que tanto los atraía? Era una mujer joven. Sólo once años mayor que yo. Había hecho una carrera meteórica. Había surgido de la nada. No era especialmente bella ni culta. Puso todo su empeño. Pero muchos lo hacían, incluyéndome a mí. ¿Qué les brindaba ella que los partidos tradicionales de los trabajadores no les brindaban? ¿Como era posible que siendo quien era, en su nombre se arrestaba a obreros socialistas? Que se hubiera convertido en símbolo de la justicia social, el respeto por el trabajador, la comprensión de las necesidades del hombre común? ¿Acaso se trataba solamente de algo material, de beneficios económicos?

 

Empecé a entrever borrosamente lo absurdo de mi posición. Siendo que se trataba de un fenómeno histórico importante – si bien aún no esta registrado como tal en los libros – yo me había estado burlando de él, y en vez de analizarlo a fondo, lo menosprecié restándole todo significado trascendente. Me avergonzaba por mi soberbia, por la vanidad de mi altanería. “Es preciso profundizar en el asunto “ – me prometí.

 

Nueve días después de la Asamblea junto al Obelisco, el 31 de agosto de 1951, a las 20:30, hora pico de audiencia, fue transmitido por radio a todo el país el anuncio grabado ese mediodía en la Casa Presidencial.

Eva leía con voz grave, monótona y lenta: “Quiero comunicar al pueblo argentino mi decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con el que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron honrarme.”

Su voz me evoca un recuerdo de antigua data: Eva Duarte transmitía una novela radial, no me acuerdo cual, y yo me pegaba a la radio siguiendo la trama e imaginando a los personajes vivos que interpretaba. De la radio surgía ahora la misma voz conocida.

“Cuando se escriba este maravilloso capítulo de la historia, que seguramente estará dedicado a Perón, se dirá que a su lado hubo una mujer que dedicó todo su ser a expresar ante el presidente la esperanza del pueblo. El pueblo la llamaba cariñosamente ‘Evita’. Esa es la razón de mi vida.”

 

Los vericuetos de la historia. No había transcurrido un año, cuando el 26 de julio de 1952, a las 20:25, murió Eva Perón. Esa fue su hora de gracia, dijeron seguidores y denostadores por igual, cuando acompañaron a Evita hasta los umbrales de la inmortalidad – donde tiene su lugar hasta el día de hoy.

Perón se mantuvo en el poder tres años más después de la muerte de Evita. En septiembre del 55 huyó y permaneció en el exilio durante 20 años, casi todos ellos en Madrid. La Revolución Libertadora persiguió al peronismo pero los peronistas siguieron activando en la clandestinidad. Los nuevos gobernantes tenían el objetivo de borrar la memoria de Perón y de Evita. Prohibieron publicar sus nombres, quemaron libros y fotos. Liquidaron instrumentos médicos de alto costo, frazadas y colchones destinados a ser repartidos entre los necesitados, por el solo hecho de que llevaban la inscripción “Fundación Eva Perón”.

Pasaron pocos años y en los sótanos de la inquisición de la Sección Especial fueron torturados los seguidores del exilado Perón. Veinte años después, los adherentes a la finada Evita volverían a ser torturados con picana eléctrica.

La organización guerrillera de la juventud peronista, los Montoneros. Peronistas de la nueva era. El cruel proceso militar reprimió brutalmente a la guerrilla y de ese modo asesinó y alejó del país a una generación entera.

 

En los años 70 decidí intentar descifrar el fenómeno “Evita”. Le pedí a mis familiares en Buenos Aires que me mandaran material. Ellos recorrieron librerías de “usados” y recolectaron de las bibliotecas de sus amigos. Así juntaron una rica biblioteca peronista, que escondieron en el viejo cajón de mi pieza. Unos amigos me trajeron el cajón a Israel. Pasó bastante tiempo hasta que me percaté de cuánto se habían arriesgado todos los que habían colaborado en el llenado del cajón y su traslado. Si los sabuesos de la Sección Especial se hubieran enterado del contenido de ese cajón!

 

Mi generación despreció al peronismo porque lo asociaban con la Europa fascista. La generación de nuestros hijos cedió a la fascinación. En los años 70 llegaron de Argentina a mi kibutz Gazit algunos contingentes complementarios con jóvenes del movimiento y del partido. Jóvenes de familias pudientes que venían en calidad de pioneros tras elegir realizar la concepción socialista, muy difundida en los claustros universitarios, combinada con un nacionalismo humanista, según su modo de ver al sionismo y al kibutz. Una tarde me invitó una de las parejas jóvenes a su habitación y me encontré con un póster de Evita colgado en la pared: delgada, tensa y clamando: “volveré y seré millones”. Ese era el póster que la policía había encontrado en casa de compañeros míos en Buenos Aires, y por ello aprisionaron y dieron muerte a dos de sus hijos, que eran guerrilleros montoneros, admiradores de Evita. Ella representaba el ideal totalizador por cuya causa estaban dispuestos a arriesgarse hasta el fin.

No la cenicienta engalanada con caros vestidos diseñados por Christian Dior de París, representando el papel de primera dama con pretendida distinción, para despecho de los oligarcas. Tampoco la dulce y altruista madona, el emblema social besando a un leproso y sacando de una canasta muñecas, pelotas y máquinas de coser para regalarle a los necesitados más de lo que le pedían, ya que “los pobres no saben pedir” – era lo que les decía.

Aquella fue la Evita que yo ví, ardiente hasta quemarse en su propio fuego. Con la trenza teñida de oro bajándole por la nuca. Sus grandes manos subrayando las palabras frente al micrófono. Esas eran sus armas. La imagen de la mujer que había claudicado junto al obelisco aquella noche en el invierno del 51. Un fracaso brillante.

La Evita que presento en este libro.

Enviado por pivin11@yahoo.com.mx / pivin28@yahoo.com.mx, desde Haifa, Israel.