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LA JUVENTUD EUROPEA Y LOS VALORES DEMOCRÁTICOS

  por Patricia Trevisi Lannoó

6ª Parte

2.3 Propuestas
Cómo reforzar los valores democráticos y aumentar la legitimación de las instituciones europeas


2.3.1 Antecedentes


Si hay una comunidad que podría quedar exenta de las injusticias de un capitalismo que ha olvidado que es apenas un medio y no un fin en sí mismo, esa comunidad es la europea. Valdría preguntarse a qué injusticias me refiero.
“El País” del 28 de junio de este año de 2002, en su suplemento “Domingo”, titula “La enfermedad moral del capitalismo” un artículo sobre el “crash bursátil” (que relaciono con la bolsa y me llena de espanto pese a no entender técnicamente de qué se trata). En uno de sus apartados dice: “Millones de personas están perdiendo su dinero o se han arruinado. Pero lo más dramático está por llegar: el momento en que el contagio se traslade de los pequeños accionistas a la solvencia de los bancos”. Trae doce fotos de personajes a los que se les ha caído la careta por sus delitos al frente de las más reconocidas empresas estadounidenses.
Otro apartado, que fue el que me alertó acerca de las miserias en las que se ha ido cayendo, reza textualmente: “El gobierno de Bush está repleto de empresarios reconvertidos en políticos. Tanto el presidente como el vicepresidente Cheney están siendo investigados”.
En “El futuro no es lo que era”, una conversación entre Felipe González y Juan Luis Cebrián, dice el primero que un tercero –Antonio Garrigues- le manifestó durante un almuerzo: “No me discutirás que EEUU manda en la globalización”, a lo que González respondió: “No lo discuto; mi única duda es quién manda en EEUU”, refiriéndose, sin duda al poder económico.
III.2 Conclusión
Si el dinero, la especulación y todo lo que deriva de ellos se hacen con la política, podemos concluir en que la DEMOCRACIA se transformará en una mera formalidad cuyas instituciones nos convocarán sólo a votar, violentando nuestra capacidad para “elegir valores, fijar metas y establecer procedimientos”. Una democracia con estas características nos haría perder capacidad reflexiva, nos tornaría impulsivos, perderíamos de vista los valores, nos desvincularía a unos de otros, se rompería el diálogo, caeríamos en la inacción y quedaría el campo libre para el sometimiento del hombre por el dinero. (Apéndice II)
Sería importante que todos asumiéramos esta realidad y se nos siguieran abriendo puertas a los jóvenes para poder aumentar la fidelidad que debe guardársele a las instituciones europeas, desconocidas para nosotros, los jóvenes, y en descrédito por parte de los mayores, que, a la luz de algunos de sus resultados, no se preocupan –ni ocupan- de ellas.
Los jóvenes no somos de participar en trabajos institucionales –acaso por las diferencias que cunden entre nuestra naturaleza expeditiva y aquella otra de las instituciones, más lentas y deliberativas; creemos poco en las instituciones, pasamos de ellas, y si bien para abordar un conflicto no se puede prescindir de las pautas que imponen, no menos cierto es que nos interesa más el conflicto que la institución. No es raro, entonces, que así se hayan manifestado los jóvenes europeos que hacia el 10 de julio se reunieron en Bruselas para debatir cómo debe ser la Unión Europea. En “El País” de la misma fecha, cuando se anuncia el evento, se dice que “los jóvenes se alejan de las políticas de los gobiernos” y que están dispuestos a “dar un toque diferente al debate sobre el futuro de Europa”. Un sondeo difundido por la Unión Europea arrojó que los jóvenes “centran sus preocupaciones en problemas como el paro, la pobreza y la exclusión (79% de los encuestados), los derechos humanos y la democracia [...] (Entre los adultos consultados) el respeto de los valores democráticos y los derechos humanos figuran en el séptimo lugar de sus preocupaciones.”
Los números ratifican nuestro interés por temas distintos.
Buena parte de lo dicho hasta ahora es significativo de cómo reforzar los valores democráticos. El problema radica, sin embargo en proyectarlos desde cada uno de los países miembros hacia la Unión Europea, que, en definitiva, habrá de ser la que custodie esos valores, los garantice, los funcionalice y los ponga en acto.
No he visto Europa como para tener una idea acabada –acaso mi juicio tampoco sería del todo idóneo- de todas las circunstancias que hacen a su puesta en común, pero conociendo Inglaterra, Francia y España (y tampoco demasiado), a simple vista, hay grandes diferencias que las separa. La incorporación a la Unión Europea de países del centro de Europa (Chequia o Eslovenia, por caso) o de Turquía, tan ajenas a la Europa Occidental, exigiría aún un esfuerzo mayor por ambas partes para su integración.
 

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