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LA JUVENTUD EUROPEA Y LOS VALORES DEMOCRÁTICOS

  por Patricia Trevisi Lannoó

3ª Parte

2.1.3 Ser persona


La educación: factor determinante
Mi experiencia en una escuela inglesa me alertó acerca de pautas educativas que poco tienen que ver con las nuestras de España. Y si algo agradezco al Colegio Alfonso XII es el haberme dado la oportunidad de incursionar por un mundo que sin ser mejor ni peor, sólo diferente, me ha permitido establecer comparaciones y lanzarme a investigar qué esperamos, recíprocamente, Europa de sus jóvenes y nosotros de Europa.
El ser humano, al igual que el animal, nace uno en la especie pero idéntico a todos los demás. Sin embargo, anidan en él unas potencias que lo diferencian de cualquier otro ser vivo. Su capacidad para pensar, para amar, para ser libre y para el pleno ejercicio de su voluntad lo identifican como el único individuo en condiciones de asumir su vida concientemente: no sólo vive sino que tiene conciencia de que va a morir.
Esta conciencia de muerte lo hace sumamente vulnerable pues, en su virtud, el hombre tiende a vivir buscando seguridades.
Esa debilidad, sin embargo, no es fatal. El ser humano es el único ser vivo capaz de cambiar sus propias circunstancias. La vaca, vaca muere; el hombre nace individuo pero tiene la posibilidad de morir persona. Y llega a ser persona cuando, en diálogo con los demás hombres, asume su propia creación. Es creador aquél sobre el que ha pesado una férrea educación que lo ha obligado éticamente con la vida, que lo ha impulsado irremediablemente a ser crítico (capaz de emitir un juicio certero), solidario (dado a los demás), comunitario (capaz de ponerse en común con los demás), exigente (escrupuloso), amplio (abarcativo de los demás), reflexivo (dado al análisis), abierto (capaz de dejarse abarcar por los demás), independiente (que obra según su propio criterio), apasionado (entusiasta, con adentros festivos), consecuente (perseverante), dialógico (capaz de escuchar), ocioso (reposado), democrático (capaz de aceptar las diferencias), comprensivo (capaz de entender los errores ajenos), valiente (fuerte, enérgico, animoso)... a vivir en busca de la verdad.
El mero individuo, carente de esas actitudes, vive sumido en la intrascendencia de los convencionalismos: es cobarde, inflexible, autoritario, machista, obcecado, miserable, monológico, egoísta, negocioso, inconsecuente, pragmático, servil... Vive en busca de seguridades y de prestigio social. (Ver Apéndice I)
Educarse, será, entonces, satisfacer la necesidad de plenitud de las potencias que nos caracterizan como seres humanos; transformadas éstas en actitudes, nos asumiremos personas con visión de nosotros mismos y del entorno como para insertarnos en él según nuestras propias capacidades. (Carlos A. Trevisi)
La educación verdadera es reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo (Paulo Freire, citado por Carlos Trevisi), es llegar a lo más profundo del encuentro para obtener resultados compartibles y ser capaces de poner en acto nuestros conocimientos y valores. (Ortega decía que toda obra creadora es hija del descontento, de la insatisfacción). “El conformismo paraliza las energías vueltas hacia la acción” (Ortega, citado por Carlos Trevisi).
“La educación es auténticamente humanista en la medida en que procure la integración del individuo a su realidad (Paulo Freire, citado por Carlos Trevisi), en que le pierda miedo a la libertad, en que pueda favorecer en el educando un proceso de búsqueda, de independencia y, a la vez, de solidaridad. Una educación integradora logrará que el educando sea amplio para abarcar y tan abierto como para dejarse abarcar, combinación ésta que lo pondrá en común con los demás. Deberá asumir que su libertad, que es uno de los bienes más preciados de que dispone, no es negociable, que es sumamente frágil y que se consigue con un ejercicio permanente de su independencia. Finalmente, entenderá que ser solidario es algo más que dar: es darse. Y tiene que ser así porque la vida es cambio; todo lo que atañe a la vida es cambiante. Aunque nada hagamos para cambiar, cambiamos por la fuerza de un entorno que nos involucra sin atenuantes. Negar los cambios es vivir en el pasado, cerrarse a la realidad, quedar prisionero de la soledad y dejar vía libre para que el egoísmo y la especulación se apoderen de nosotros.
El camino que se transita es de cambio. Desde que irrumpimos en el mundo comenzamos el tránsito hacia el amo, pienso, puedo, soy libre; hacia nuestro propio crecimiento.
Se crece, únicamente, en estado de permanente cambio e incertidumbre; nada está garantizado. Sin embargo, esa es la sal de la vida: que seamos infinitos. Triste destino el de los hombres que no saben gozar de los privilegios de ser infinitos.
Nos toca vivir una época de cambios acelerados. Y aquí estamos para abordarlos.
Debemos agradecer a Europa que nos brinde esta oportunidad. Nos está enseñando el camino para que podamos ponernos en acto.

 

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