El mundo que nos toca vivir

 

por Carlos A. Trevisi

 

 

 

 

Como a tanta otra gente a lo largo de la historia de la humanidad,   nos acosan cambios variopintos que perturban nuestro crecimiento. A diferencia de otras épocas, sin embargo,  si bien no todos disponemos de los recursos para paliar su impertinencia,  estos existen y, aunque mal distribuidos y en manos de quienes no están dispuestos a cederlos ni compartirlos, podemos llegar a contar con ellos.

 

Venimos de un mundo homogéneo, unívoco, partidario de las jerarquías, estandarizado y categorizador, prescriptor de fines y administrador de medios, imperial y teocrático, donde la libertad ha sido un mero enunciado.

Un mundo pastoril con roles definidos donde no se planteaba la necesidad de discurrir acerca del bien y del mal: a la izquierda los malos, a la derecha los buenos. El cura era el cura en el templo y fuera de él; el matrimonio era estable; el gerente -director de banco- todo un "señor"; las guerras eran "por la patria"; la economía se subordinaba a la  política: el poder económico era "nacional" y el imperialismo ejercido por bloques antagónicos que garantizaban  la coexistencia pacífica  armándose hasta los dientes; la mujer se subordinaba al hombre; el médico curaba; el abogado creía en la justicia; los notarios escrituraban bienes raíces –casas, terrenos, etc. y daban fe –certificaban la verdad de los actos públicos; los arquitectos construían palacetes y  los ingenieros puentes; los militares  defendían a "su" patria; los aviadores se jugaban la vida en cada vuelo; la familia contenía a hijos y abuelos; los abuelos hablaban a los nietos; el papá trabajaba y la mamá era ama de casa; se escondía a los minusválidos; los políticos eran honorables –respondían a la gente; los maestros enseñaban y transmitían los  valores establecidos; los tenderos no robaban; los obreros trabajaban con gusto; los sindicalistas se morían pobres; la tecnología no asustaba, se hablaba de "nación" y todo el mundo entendía de qué se trataba; el inmigrante agachaba la cabeza y el éxito personal se basaba  en una  memoria pletórica de datos asociada a una gran velocidad para procesarlos propia de una inteligencia de respuesta refleja... en fin, un mundo monológico y tranquilo, moral, donde estaban todos en "su" lugar.

 

Pero de pronto marchamos hacia un mundo nuevo, heterogéneo, desestandarizado, participativo, abierto, simbiótico, interactuante, armonioso en su diversidad, estético, ético antes que moral, contextual,  en el que el "yo" no queda encriptado  por la ajenidad del otro sino lanzado hacia un "tú" en el que se recrea permanentemente, "un mundo promotor de actos de libertad consciente, que instalará al hombre como centro activo de una red de relaciones inagotables entre  las cuales él  instaura la (suya) propia" (Umberto Eco , Obra abierta, Planeta, 1992, Págs. 74-75); un mundo ciudadano con roles indefinidos  en el que se cuestiona todo. Todos somos buenos y malos al mismo tiempo, incluso el cura, que no parece cura ; el médico que "procesa" pacientes en la Seguridad Social sin siquiera revisarlos; el abogado que usa la justicia;  notarios que extienden escrituras de bloques de edificios a tanto por bloque;  arquitectos que hacen chalets adosados; ingenieros que manejan redes informáticas o genes, según especialidad;  militares que actúan en guerras para salvar otras patrias; guerras que se transmiten en vivo y en directo por la televisión; pilotos que operan computadoras que manejan aviones; la familia sin abuelos y sin chicos; el hombre que trabaja quince horas por día; la mujer que reclama algo más que ser ama de casa; los minusválidos que se muestran  por la calle y hasta trabajan; los tenderos en franca retirada  ante los grandes supermercados; el dinero de plástico; los obreros que reclaman por sus derechos; la muerte de los estados-nación;  la política subordinada a la economía;  los medios masivos que nos actualizan la información al segundo;  el ordenador, Internet,  la globalización; los sindicalistas que tuvieron que tranzar con el sistema; los políticos que han perdido la iniciativa  -ya en manos de las finanzas;  los maestros que descreen de los valores  y entonces enseñan dónde queda el Tajo o cuánto mide el Mont Blanc... en fin, un mundo en el que nada está en su lugar; un mundo inquieto, que despierta al diálogo, en el que la gente comienza a ver que han quedado al descubierto todas las mentiras  de aquel  otro que va quedando atrás. Y a darse cuenta de que, signados por la velocidad y la precisión, deben desarrollar una gran imaginación para poder recrear circunstancias integradoras que le permitan abordar el caos: las ideologías no alcanzan para abarcar tamaña realidad.

 

Ya no basta la memoria ni ser listo. Hay que ser reflexivo, tener espíritu investigativo, saber ubicar los datos, tener  capacidad para  descubrirlos, manipularlos, procesarlos, adentrarse en la lógica que los anima, sus paraqués, antes que almacenarlos en la memoria. Ha llegado el momento de asumir que es imprescindible hacernos con los recursos que faciliten una fluida comunicación entre la gente, de romper con el aislamiento y atomización a la que nos condena una vida desgarrada de afectos.

 

    Con todo que este "nuevo" mundo que nos atañe nos ha alertado de nuestros derechos  y facilitado una cierta ingerencia en la búsqueda de soluciones  lejos estamos de una puesta en común en la que el diálogo "yo-tú" se transforme en un "nosotros-vosotros", acto desalienante por excelencia (José Isaacson)

 

 

 

 

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