“HUNDIMIENTO DEL CAPITAL FICTICIO Y CONCENTRACIÓN. LA DIMENSIÓN GEOPOLÍTICA DE LA CRISIS”

 

 

 

 

ASIGNATURAS.

-Capital ficticio y reproducción del capital

-Concentración y abismo social

-Dimensión geopolítica de la crisis

 

IIIº Ciclo de Escuelas a Distancia:

“La historia del capitalismo a través de sus crisis”

 

 

 

                                                                                   

 

1ª ASIGNATURA

 

I.- Se han hecho dominantes las tesis que atribuyen el origen del crack financiero (con su abrupta depreciación de los valores bursátiles y el estallido del inflacionado mercado de derivados financieros) a la aparición de una “aberración” en el desarrollo capitalista, la existencia de un capital exacerbadamente especulativo completamente desligado de la economía productiva, y que se revaloriza a sí mismo a través de complejos mecanismos financieros.

Frente a estas tesis, el marxismo establece que la ganancia capitalista, la reproducción y revalorización del capital, tiene como única fuente la plusvalía. No puede existir capital “completamente desligado de la economía productiva”, su condición de existencia –sea cual sea la forma que ese capital adopte- es la explotación de la fuerza de trabajo asalariada, y por tanto su participación en la apropiación y distribución de la plusvalía.

La acumulación, concentración y revalorización del capital precisa transformar en capital una cantidad de dinero cada vez mayor.  Lo que hace necesaria una expansión del crédito paralela.

En las épocas de bonanza, atraídos por las elevadas tasas de ganancia, los grandes bancos expanden el crédito más allá de cualquier límite, permitiendo que el capital afluya en masa a aquellos sectores donde es posible obtener una superganancia. Pero esa concentración genera inevitablemente una superproducción absoluta de capitales que hace descender la tasa de ganancia, abriendo un periodo de crisis.

Este doble carácter del crédito –como motor de la expansión de la producción capitalista y como gasolina que enciende las crisis- revela el carácter antagónico del régimen de producción capitalista, presente –con una sustancia inalterable- tanto en las crisis del siglo XIX descritas por Marx como en el actual crack financiero.

 

La idea de un capital especulativo que “se revaloriza a sí mismo” –ocultando que la explotación capitalista, la apropiación de la plusvalía, es la fuente de toda ganancia- no es nueva. En pleno siglo XIX, Marx hubo de combatirla: “En el capital a interés aparece, por tanto, en toda su desnudez este fetiche automático del valor que se valoriza a si mis­mo, del dinero que alumbra dinero, sin que bajo esta forma descu­bra en lo más mínimo las huellas de su nacimiento. (…) También esto aparece invertido aquí: mientras que el interés es solamente una parte de la ganancia, es decir, de la plusvalía que el capitalista en activo arranca al obrero, aquí nos encontramos, a la inversa, con el interés como el verdadero fruto del capital, como lo originario (…) Para la economía vulgar, que pretende presentar el capital como fuente independiente de valor, de creación de valor, esta forma es naturalmente, un magnífico hallazgo, la forma en que ya no es posible identificar la fuente de la ganancia y en que el resultado del proceso capitalista de producción -desglosado del proceso mismo-­ cobra existencia independiente”.

Frente a las tesis de un “tipo de capital” capaz de generar por sí mismo ganancias  –reproducidas por la izquierda revisionista como “posmodernas” pero tan viejas como la intención del capitalismo de ocultar todo el antagonismo que entraña-, la realidad es que el capital sólo se conserva y aumenta en contacto con la fuerza de trabajo, revalorizándose a través de la apropiación de la plusvalía arrancada al obrero.

Esta plusvalía es la única fuente de nueva riqueza, de ganancia capitalista. Otro asunto es cómo se distribuya esa plusvalía entre las diversas formas que adopta el capital –necesarias para la reproducción del capital, y que por tanto forman parte integrante de su ciclo general-: el capital-dinero (crédito),el capital productivo y el capital comercial.

La expansión del ciclo de acumulación, concentración y revalorización del capital hace necesario poner a disposición de los capitalistas cantidades cada vez mayores de dinero para ser transformadas en capital. Este es el papel que cumple el crédito, proporcionado por los bancos.

Tal y como plantea Marx, “van concentrándose en manos de los banqueros los depósitos de los fondos de reserva de los hombres de negocios, las operaciones técnicas de los cobros y los pagos en dinero, los pagos internacionales y con ellos el comercio de lingotes de oro y plata. Conjuntamente con este comercio de dinero se desarrolla el otro aspecto del sistema de crédito: la administración del capital a interés o del capital–dinero, como una función especial de los banqueros. (…) El banquero se convierte en el adminis­trador general del capital–dinero. (…) Un banco representa, de una parte, la centralización del capital–dinero, de los prestamistas, y de otra parte la centralización de los prestatarios”.

Una vez fabricadas las mercancías, es imprescindible venderlas para materializar la cantidad de plusvalía contenida en ellas. De eso se encarga el capital-comercial.

Estas tres formas que adopta el capital participan de forma directa de la explotación capitalista, y por tanto se apropian de una parte de la plusvalía.

El desarrollo de la producción capitalista conduce a una expansión del crédito, los propietarios del capital-dinero (los bancos) se independizan de los propietarios del capital-productivo, y los primeros adquieren una preponderancia mayor –y por tanto una cuota mayor de propiedad sobre la plusvalía- en la medida que la producción capitalista incrementa su necesidad de liquidez monetaria.

La misma especulación, el mismo insostenible recurso al endeudamiento para generar nuevo capital, la misma desproporción gigantesca entre el capital que hacían circular y el que realmente poseían, que ha hundido a Lehman Brothers era ya un cáncer para los bancos ingleses del siglo XIX.

El único objetivo del capital es acumularse, concentrarse y revalorizarse al mayor ritmo posible. Cuando en épocas de bonanza las tasas de ganancia se incrementan y se anuncian gigantescas plusvalías futuras, el capital intenta estirar este proceso, exprimir la explotación, más allá de cualquier límite razonable.

Los bancos ingleses del siglo XIX no limitaron su participación en las plusvalías que generaba la explosión de la revolución industrial o las expectativas del comercio con China, por el mero hecho de que tuvieran que asegurar los billetes emitidos con una cierta cantidad de oro. Se entregaron a una espiral especulativa, que condujo a la crisis.

De la misma manera, los bancos norteamericanos no limitaron las ganancias del mercado hipotecario a la necesidad de asegurar los préstamos con depósitos propios. Idearon sofisticadas fórmulas para adquirir nuevo capital a través del endeudamiento.

Pero el mismo motor que expande la producción capitalista, provoca a su vez devastadoras crisis. Atraídos por la alta tasa de ganancia los bancos multiplican el crédito –aunque no dispongan de suficiente capital propio para sustentarlo-. Prevén que esa tasa de ganancia se mantendrá, y por tanto afluirán sustanciosas plusvalías. Pero la masiva afluencia aboca a una superproducción absoluta de capitales, a un descenso de la tasa de ganancia y a una merma de las ganancias.

Esto es exactamente lo que ha pasado en España con la construcción. El incremento del precio de la vivienda en un 18% anual, aumentando al mismo tiempo las ventas, generaba una superganancia. Los grandes bancos afluyeron como moscas al olor de la miel, acumulando una cartera de créditos a las constructoras de medio billón de euros –la mitad del PIB español-.

Pero la saturación de capitales condujo a la crisis. Hoy existen dos millones de viviendas sin vender, y su precio no deja de caer. Las constructoras no pueden hacer frente a las deudas y créditos contraídos. Y los bancos ya no sólo no participan de las plusvalías futuras sino que acumulan agujeros de morosidad.

Marx ya estableció como la expansión del crédito y su preponderancia, y el incremento de ese capital ficticio, desarrollaban el carácter antagónico de la producción capitalista: “ Si el sistema de crédito aparece como la palanca principal de la superproducción y del exceso de especulación en el comercio es pura y simplemente, porque el proceso de reproducción, que es por su propia naturaleza un proceso elástico, se ve forzado aquí hasta el máximo, y se ve forzado porque una gran parte del capital social es invertido por quienes no son sus propietarios (…) La doble característica inmanente al sistema de crédito: de una parte, el desarrollar los resortes de la producción capitalista, el enriquecimiento mediante la explotación del trabajo ajeno, hasta convertirlos en el más puro y gigantesco sistema de juego y es­peculación, reduciendo cada vez más el número de los contados individuos que explotan la riqueza social y, de otra parte, el es­tablecer la forma de transición hacía un régimen de producción nuevo. Esta dualidad es la que da a los principales portavoces del crédito, desde Law hasta Issac Pereire, esa agradable fisonomía mixta de estafadores y de profetas”.

 

II.- Como expresión de la expansión de la producción capitalista, se genera un capital ficticio –acciones, títulos financieros de todo tipo, deuda pública…-. Constituye una forma de capitalizar esa expansión, saltándose los frenos que impondría limitarse al capital “realmente efectivo”, y al mismo tiempo sus propietarios adquieren un derecho de participación en la propiedad sobre la plusvalía futura.

Constituyen un capital “ficticio” porque existe duplicado o triplicado –como capital productivo y como título financiero que da derecho a un dividendo-. Y porque al comerciar con él –en la bolsa o en otros mercados financieros- adquiere  un valor autónomo, sube o baja en función de las expectativas de ganancia y las fluctuaciones de ese mercado financiero.

La misma expansión del capital productivo genera una multiplicación mayor del “capital ficticio”, generando una desproporción entre éste y el capital productivo y sus ganancias. Y sentando las bases para el desarrollo de una carrera especulativa, en cuya base está la disputa por la adquisición de las plusvalías futuras. Desligando cada vez más a los capitalistas que poseen el capital crédito –cuya primacía es cada vez mayor, y obtienen una ganancia y una participación en la distribución de la plusvalía más elevada- y a los capitalistas que participan de forma directa en la producción.

No se trata, pues, de una “aberración” o una “fiebre especulativa”, sino de algo consustancial al régimen de producción capitalista, imprescindible para su expansión, pero que está también en la base del estallido de los cracks bursátiles.

Estas mismas leyes inherentes existencia del capital son las que han generado el ingente mercado de derivados financieros. La característica peculiar de esta crisis es la magnitud de ese “capital ficticio”.

 

Todos se escandalizan de la desmesurada desproporción entre el valor del mercado de derivados financieros y la riqueza que la economía productiva genera. El valor nominal de los derivados financieros en 1990 era de 5,7 billones de dólares, mientras que a finales del 2007 ascendía a 637 billones. de dólares. Y lo atribuyen a que una fiebre especulativa, generadora de una burbuja financiera insostenible, ha poseído al capitalismo en la última década.

Pero esa desproporción, que aparentemente es una de las principales características del nuevo capitalismo globalizado, es en realidad muy vieja. En “El Capital”, Marx da cuenta de que “si se calcula toda la circulación [se refie­re a los billetes de banco ] y el importe de las obligaciones de todos los bancos, se obtiene una suma de 153 millones cuya conversión en oro puede re­clamarse según la ley. Pero ¿de dónde sacaremos la cantidad de oro necesaria para hacer frente a estas reclamaciones? En Inglaterra y el País de Gales circu­lan aproximadamente cinco millones de oro –en Irlanda y Escocia circulan sola­mente billetes de una libra– y en las cajas fuertes de los bancos hay unos cuatro millones, lo que arroja una suma de nueve millones para hacer frente a la reclamación de 148 millones”.

Marx reproduce en El Capital las declaraciones de un banquero inglés, explicando la fiebre especulativa con letras de cambio en 1840, que puede aplicarse hoy en día al mercado de derivados financieros: “Las letras de cambio no pueden ponerse bajo control, a menos que se impida el excedente monetario [ ... ] y el bajo tipo de interés o de descuento que provoca una parte de ella y estimula esta grande y peligrosa expansión. Es imposible decir qué parte de ella procede de negocios reales. por ejemplo, de compras y ventas efectivas, y qué parte responde a causas ficticias (fictitious) y a letras sin base, que se descuentan simplemente para recoger otras que se hallan en circulación antes de su vencimiento, creando así capital ficticio con la emisión de simples medios de circulación imaginarios. En las épocas en que el dinero es abundante y barato. sabemos que estas opera­ciones adquieren un volumen enorme”.

La necesidad de expandir permanentemente la producción capitalista conduce también a la creación, sobre la base de la expansión del crédito, de un capital ficticio. Constituido por títulos financieros (acciones, obligaciones emitidas por empresas, títulos de deuda…), que son una forma de capitalización para quien los vende, y que otorgan al propietario derechos de propiedad sobre una parte de la plusvalía futura, en forma de dividendos o interés.

Por tanto, ese capital ficticio no está en absoluto desligado de la “economía productiva real”, sino que forma parte del ciclo general de producción y distribución de la plusvalía.

¿Por qué es entonces un capital ficticio?

En primer lugar porque, desde el punto de vista del régimen capitalista global, ese capital aparece duplicado, triplicado o quintuplicado. La capitalización bursátil de una empresa es capital para la empresa que las emite, pero también es contado como capital por el propietario de las acciones, puesto que le van a proporcionar un dividendo. Cuanto más “derivado” sea el producto financiero, más multiplicado de forma ficticia aparece el capital original.

Y en segundo lugar porque ese capital ficticio se compra y se vende en un determinado mercado financiero (las bolsas, los mercados de opciones de futuro del petróleo, el mercado financiero hipotecario…), donde puede subir y bajar, adquiriendo su valor un movimiento autónomo.

Tal y como plantea Marx, “al desarrollarse el capital a interés y el sistema de crédito, parece duplicarse y a veces triplicarse todo el capital por el diverso modo como el mismo capital o simplemente el mismo título de deuda aparece en distintas manos bajo diversas formas. La mayor parte de este “capital-dinero” es puramente ficticio. (…) En la medida en que la acumulación de estos títulos [acciones] expresa la acumulación de ferrocarriles, minas, barcos de vapor, etc., expresa la ampliación del proceso real de reproducción ... Pero como duplicados susceptibles de ser negociados por sí mismos como mercancías y de circular, por consiguiente, por sí mismos como valores- capitales, son algo ilusorio y su cuantía de valor puede disminuir o aumentar con absoluta independencia del movimiento de valor del capital efectivo, del que ellos no son más que títulos. Su cuantía de valor, es decir, su cotización en Bolsa presenta con la bajada de los tipos de interés tendencia al alza, por donde esta riqueza imaginaria, que en cuanto a su expresión de valor tiene un determinado valor nominal originario para cada una de sus partes alícuotas, se expansiona ya por esa sola razón a medida que se desarrolla la producción capitalista".

A medida que se expande la producción capitalista –la necesidad de acumular y revalorizar el capital con mayor celeridad- se incrementa con mayor rapidez ese capital ficticio, por encima del mismo valor del capital productivo. La expansión del capitalismo genera pues, no como una “aberración” sino como algo consustancial, una especulación cada vez más aguda.

Frente a considerar la especulación como una “aberración” del capitalismo, Marx ya dejaba claro que  “La misión de los bancos es facilitar los negocios. Todo lo que facilita los negocios. facilita también la especulación. Los negocios y la especulación van, en muchos casos, tan íntimamente unidos, que resulta difícil decir dónde acaban los negocios y dónde empieza la especulación. Donde­ quiera que existen bancos puede obtenerse capital más fácilmente y más barato.

La baratura del capital da alas a la especulación, exactamente lo mismo que la baratura de la carne y la cerveza da alas a la glotonería y a la embriaguez”.

Las mismas leyes que impulsaron la especulación con letras de cambio en el siglo XIX explican la especulación con derivados financieros en el XXI.

De la misma manera, la superproducción de capitales conduce a la crisis, la tasa de ganancia desciende, las plusvalías anunciadas son mucho menores. Y entonces ese capital ficticio –que ni es ni puede estar desligado de la economía productiva, valga decir de las ganancias obtenidas de la explotación de la fuerza de trabajo- debe ajustar su valor al montante de las plusvalías reales.

Es entonces cuando los valores bursátiles o los sofisticados productos financieros se desploman. Y la carrera por apoderarse de una mayor proporción de las plusvalías anunciadas se transforma en una crisis capitalista.

La extraordinaria desproporción entre los activos financieros, especialmente el mercado de derivados financieros, y el capital productivo no es pues nada nuevo en el capitalismo. Es la expresión de hasta dónde ha llegado esa consustancial tendencia hacia la especulación y la estafa.

En 1980 los activos financieros mundiales igualaban el PIB mundial, en 1995 lo duplicaban y en 2006 lo superaron 3,5 veces.  En valores absolutos, los activos financieros mundiales equivalían entonces a 167 billones de dólares.

Más prodigiosa es la expansión de los derivados financieros –que no ya duplican sino que multiplican incalculables veces el valor del capital original-.

De la misma manera, en 2005 el valor en bolsa de las acciones que cotizaban en Wall Street multiplicaba por 42 el valor de los libros contables de esas empresas.

Lejos de tratarse, como afirma la izquierda revisionista, de un “capital especulativo que se ha revalorizado a sí mismo desligado de la economía real”, la gigantesca expansión de este capital ficticio es expresión del ciclo de expansión capitalista en los últimos quince años –el PIB mundial casi se ha duplicado entre 1996 y 2007, pasando de 29,769 billones de dólares a 53,830- y de la feroz batalla por apoderarse, a través de la expropiación y la estafa financiera, de las ingentes expectativas de plusvalías futuras.

 

III.- El salto al capitalismo monopolista agudiza cualitativamente los rasgos peculiares de especulación y parasitismo que Marx ya establece. En la base de esta agudización están el grado de concentración de la producción y del capital que da origen al monopolio, la aparición del capital financiero –con preponderancia de un pequeño puñado de grandes bancos transformados en monopolistas omnipotentes- o la dominancia de la exportación de capital.

La concentración del capital en manos de un pequeño puñado de grandes bancos incrementa la dominancia de los mecanismos puramente financieros para apropiarse de una cuota mayor de plusvalía.

La división entre un ínfimo puñado de potencias imperialistas acreedoras y el resto de la humanidad, convertida en sus deudores, provoca que las ganancias obtenidas de las operaciones financieras –de la apropiación de la plusvalía mundial en base a su supremacía financiera- sean mayores que las derivadas de su capital productivo.

El grado de concentración de la producción en manos de un pequeño puñado de monopolios se convierte en un freno al desarrollo de la producción, sometida a sus intereses de ganancia monopolista.

Estas características del capital financiero exacerban la tendencia del capitalismo hacia la especulación, el parasitismo y la descomposición.

El gigantesco mecanismo de expolio y usura financiera construido por Wall Street a través del mercado hipotecario y sus derivados financieros, así como la posición de la superpotencia norteamericana –adueñándose de una cuota de la plusvalía mundial mayor que la que correspondería a su peso económico a través de la agresividad financiera- son ejemplos de esta tendencia.

 

Si la especulación y el parasitismo son rasgos estructurales del desarrollo capitalista, el salto al monopolio agudiza cualitativamente estas características –y su profundo antagonismo- ya establecidas por Marx.

Tal y como plantea Lenin: “Como hemos visto, la base económica más profunda del imperialismo es el monopolio. Se trata de un monopolio capitalista, esto es, que ha nacido del seno del capitalismo y se halla en las condiciones generales del mismo, de la producción de mercancías, de la competencia, en una contradicción constante insoluble con dichas condiciones generales. Pero, no obstante, como todo monopolio, engendra inevitablemente una tendencia al estancamiento y a la descomposición. Puesto que se fijan, aunque sea temporalmente, precios monopólicos, desaparecen hasta cierto punto las causas estimulantes del progreso técnico y, por consiguiente, de todo progreso, de todo movimiento hacia adelante, surgiendo así, además, la posibilidad económica de contener artificialmente el progreso técnico. Ejemplo: en los Estados Unidos, un tal Owens inventó una máquina que produjo una revolución en la fabricación de botellas. El cartel alemán de fabricantes de botellas compró la patente a Owens y la guardó bajo llave, retrasando su aplicación”.

La aparición del capital financiero –y dentro de él, la preponderancia de un ínfimo puñado de grandes bancos, que han monopolizado todo el capital monetario nacional, y se han convertido de modestos intermediarios en capitalistas omnipotentes- agudiza también el parasitismo y la especulación.

A través de ese nuevo poder, los grandes bancos adquieren la capacidad para imponer mecanismos de extorsión y saqueo financiero que les permiten apoderarse de una cuota cada vez mayor de la plusvalía.

Siguiendo a Lenin: “El imperialismo es la enorme acumulación en unos pocos países de capital monetario, el cual, como hemos visto, alcanza la suma de 100 a 150 mil millones de francos en valores. De aquí el incremento extraordinario de la clase o, mejor dicho, del sector rentista, esto es, de individuos que viven del "corte del cupón", completamente alejados de la participación en toda empresa y cuya profesión es la ociosidad. La exportación del capital, una de las bases económicas mas esenciales del imperialismo, acentúa todavía más este divorcio completo del sector rentista respecto a la producción, imprime un sello de parasitismo a todo el país, que vive de la explotación del trabajo de varios países y colonias ultraoceánicos”.

A través de su privilegiada colocación en la cadena imperialista, las principales potencias y burguesías –que concentran la propiedad de ese capital financiero que extiende sus redes de dependencia hasta el último rincón del globo- imponen el chantaje, la extorsión y la usura financiera para adueñarse de una parte de la plusvalía mundial muy por encima de la que le correspondería por su capital productivo.

Una característica que define a la perfección a los EEUU de 2008, pero que Lenin ya aplicaba a la Inglaterra de principios del siglo XX:  "El estadístico Giffen estima en 18 millones de libras esterlinas, calculando a razón de un 2,5% sobre un giro total de 800 millones de libras esterlinas, el beneficio anual percibido en 1899 por la Gran Bretaña de su comercio exterior y colonial. Por grande que sea esta suma, no puede explicar el imperialismo agresivo de la Gran Bretaña. Lo que lo explica son los 90 ó 100 millones de libras esterlinas que representan el beneficio del capital "invertido", el beneficio del sector de los rentistas. ¡El beneficio de los rentistas es cinco veces mayor que el beneficio del comercio exterior del país más "comercial" del mundo! ¡He aquí la esencia del imperialismo y del parasitismo imperialista!

"Inglaterra — dice Schulze-Gaevernitz — se está convirtiendo paulatinamente de Estado industrial en Estado-acreedor. A pesar del aumento absoluto de la producción y de la exportación industriales, aumenta la importancia relativa para toda la economía nacional de los ingresos procedentes de los intereses y de los dividendos, de las emisiones, de las comisiones y de la especulación. A mi juicio, este hecho es precisamente el que constituye la base económica del auge imperialista”.

Esa agudización del parasitismo, la especulación y la descomposición propias del capitalismo financiero adquieren en EEUU la expresión más acabada.

El declive relativo del peso económico global norteamericano se ha acelerado en los últimos años. Si en el 2000, Washington controlaba el 33,2% del PIB mundial, en el 2003 la cifra se había reducido hasta el 29,9%, en 2005 al 28,2% y en 2007 al 25,6%.

Justo en ese momento, el crecimiento del PIB mundial estallaba. Entre 2000 y 2007, el PIB mundial se incrementó un 171%, pero la participación norteamericana en el total de la riqueza mundial descendió un 22,75%. Expresión del estancamiento económico norteamericano.

Pero EEUU conserva la propiedad de activos financieros por valor de 56,1 billones de dólares –el 35% del global mundial-. Es el país con un mayor incremento de los activos financieros, sólo en el último año su valor aumentó en 5,7 billones –el 45% del PIB norteamericano. Los beneficios de los servicios financieros fueron en 2007 un 45% de todas las ganancias corporativas en EEUU.

Ese predominio financiero le permite a EEUU adueñarse, a través del parasitismo, el saqueo y la estafa financiera, de una cuota de la plusvalía mundial sobredimensionada en relación a su peso económico real. A través del mercado de derivados financieros –sólo los diez primeros bancos norteamericanos acumulan derivados por un valor diez veces superior al PIB norteamericano-, Wall Street se apoderó de la mitad del ahorro mundial.

 

 

Segunda asignatura

De la crisis a la recesión

 

Ante la aceleración y agravamiento de la crisis la última trinchera de las posiciones narcotizantes consiste en afirmar que la crisis financiera y su paso a una recesión profunda y duradera tendrá repercusiones parciales y acolchadas por la actuación del estado, como garante de los ahorros y la protección social.

Sin embargo, la aceleración y agravamiento de la crisis y su paso a la recesión pone de manifiesto que la única forma de salir de ella es la destrucción masiva del capital sobrante, lo cual acelera la concentración del capital para proceder a una explotación más intensa de los viejos mercados y la conquista de nuevos. Ambos, destrucción y concentración, son dos aspectos de una misma relación.

La enorme concentración de la riqueza social que se está empezando a producir pone de manifiesto y ahonda todos los antagonismos que encierra el modo de producción capitalista, conduce inexorablemente al agrandamiento el abismo social, y supone un mayor ataque a las condiciones de vida y trabajo de los pueblos, golpeando con  especial dureza a los sectores más débiles del mundo desarrollado y los países del Tercer Mundo.

Los estados monopolistas son los que están pilotando activamente, a través de los planes de rescate o permitiendo o no la absorción de bancos en quiebra por otros, el proceso de destrucción y concentración de capitales al servicio de sus oligarquías financieras, poniendo así los recursos nacionales al servicio de su fortalecimiento a costa de la mayor explotación, expolio y expropiación del resto de clases. 

 

1) La única salida posible para las crisis capitalistas es proceder a una destrucción en masa de capitales y de fuerzas productivas, hasta el grado donde se recupere la tasa de ganancia y pueda volver a iniciarse un nuevo ciclo de revalorización del capital. Las crisis capitalistas se expresan primero en  una contracción del comercio y en quiebras financieras. El FMI estima en 1,03 billones de euros las pérdidas sólo por títulos relacionados con las hipotecas basura, y la banca ya ha asumido 600.000 millones de euros en devaluación de activos en este año, mientras que sólo ha sido capaz de captar 430.000 millones de capital. Detrás de estas cifras se esconden quiebras millonarias de algunos de los principales bancos mundiales. El crack financiero esconde un agujero insondable, de momento no cuantificado. En EEUU el número de bancos quebrados en 2008 (29) casi triplica la suma de bancos cerrados desde el 2000 a 2007 (11). Por otro lado la crisis ha puesto en evidencia y ha extendido a todos los sectores económicos la recesión en la economía productiva, que a su vez multiplicará la crisis financiera. La destrucción de capital que exige la crisis puede tomar forma de quiebras empresariales pero también de paralización de la producción como ocurre en Francia, donde Renault tiene previsto paralizar sus plantas durante una o dos semanas. Las agencias de calificación han anunciado ya el riesgo de quiebra de las tres principales empresas productoras de coches de EEUU, tras un año de pérdidas históricas. La reciente manifestación de más de 1000 trabajadores contra el despido de 1680 trabajadores de Nissan en Barcelona no es más que el principio de la cadena de quiebras y cierres que van a golpear este y otros sectores. Sus efectos se ven multiplicados al paralizar y quebrar en cadena los sectores auxiliares y otros como el transporte. Caida producción. La caída del precio de las materias primas es también el indicativo de la recesión, puesto que la paralización de la producción mengua la demanda de estas. El precio del barril de crudo de Texas descendió el 16 de octubre  a 69.85 dólares, su nivel más bajo en trece meses. En España, durante los seis primeros meses del 2008, el cierre de empresas aumentó un 20 por ciento hasta afectar a más de 11.000 compañías, mientras que la tasa de morosidad empresarial lo hizo en un un 89,3 por ciento en relación con el mismo período de 2007.

Los sectores más afectados han sido la construcción y las telecomunicaciones. En España hay más de 2,8 millones y medio de empresas familiares, que representan el 75% del empleo privado, es decir, dan empleo a más de 13,5 millones de trabajadores.

 

 

Unos capitales desaparecerán -arrojados a la quiebra o engullidos por otros-, otros menguarán, otros traducirán sus menores pérdidas en un salto en la jerarquía...

Una feroz batalla que concluye de forma inevitable en una importante aceleración de la concentración de capital. La destrucción de capitales lleva aparejada una lucha de los más fuertes por absorber el capital de las empresas quebradas. El resultado son megacorporaciones con una concentración mucho más alta de capital que lleva asociada una nueva destrucción de aquellas divisiones que no sirven al objetivo de elevar la tasa de ganancia, por tanto pérdida de empleo, y la capacidad de explotar más intensamente los antiguos y nuevos mercados. El Bank of America fruto de ese proceso ha pasado en un mes de ser el quinto en el ranking mundial por capitalización a ocupar el segundo puesto a raíz de haber comprado el banco Meryl Linch a mediados de septiembre, justo cuando la caída de Lehman Brothers. Sólo una semana después de su quiebra, Nomura Holdings, la mayor firma financiera de Japón, se disputaba con Barclays el control de las divisiones asiáticas, europeas y de Oriente Mediodel quebrado Lehman Brothers. Batalla para la que los monopolios utilizan todos los medios. A principios de octubre Citigroup Inc.  presentó una queja formal ante el tribunal supremo de Nueva York contra Wachovia y Wells Fargo y los directores de ambas compañías, demandando más de 60 mil millones de dólares en compensación por interferir con la planeada adquisición de las operaciones bancarias de Wachovia por Citibank. Actualmente General Motors (GM), el mayor fabricante de autos estadounidense, negocia una posible fusión con su rival Chrysler para enfrentar la actual crisis. Se calcula que la compañía que nacería de la fusión entre estos dos gigantes controlaría el 35% del mercado estadounidense (cuando actualmente los tres grandes fabricantes norteamericanas controlan juntas el 50,9% de dicho mercado).

 

2) En un momento donde el capital irremediablemente está condenado a cosechar pérdidas, reclama para sí una parte todavía mayor de la riqueza social, ahondando el abismo social entre el capital y el trabajo asalariado.

Ellos van a ser menos y van a intentar que les paguemos mucho más. El ahondamiento todavía mayor del abismo que separa a los propietarios de los grandes capitales más concentrados y la clase obrera, significa ya un aumento de la dominación y la explotación sobre ella. La descarga de la crisis financiera sobre las espaldas de los trabajadores significa mayor explotación de la fuerza de trabajo y mayor expolio de la riqueza acumulada por las clases populares.  El creciente expolio del ahorro acumulado por los sectores populares en forma de propiedades o acciones que pierden valor a marchas forzadas son una auténtica expropiación  para forjar una salida a la crisis favorable a la oligarquía.  En España, si en una década se ha producido un trasvase de 7 billones de las antiguas pesetas de las rentas del salario a las del capital, con la crisis se agudiza esta distancia. Las cifras del paro están rompiendo techos históricos en todos los países afectados. En España la tasa de desempleo ha llegado a superar el 11% y los 2.598.800, actuando como ejército de reserva que empuja los salarios a la baja y aumenta las ganancias del capital. 

El ataque a las condiciones de vida y trabajo afecta especialmente a los sectores más vulnerables de la clase obrera y el pueblo. Para empezar las pensiones. Los fondos de pensiones están siendo golpeados por la pérdida de valor de los activos financieros debido a que han sido invertidos en bancos expuestos a los títulos subprime. El gobierno argentino ha sido el primero en lanzarse a estatalizar las pensiones para protegerlas de la crisis. Un auténtico plan de rescate pero de contenido popular. A su vez, las pensiones públicas no corren menos peligros. Con la recesión el gobierno, empeñado en planes de rescate multimillonarios para la banca, va a recortar inevitablemente las prestaciones sociales y se va a antagonizar el que hayan cada vez más pensionistas y parados con la disminución del número de cotizantes. Ya se habla de un acuerdo entre Zapatero y Rajoy para revisar el Pacto de Toledo, revisión cuyo contenido no puede ser otro que la revisión a la alza de los años de cotización como criterio. Si el gobierno sube las pensiones, a pesar de la crisis, es porque los nuevos pensionistas van a sufrir una vuelta de tuerca en las condiciones para acceder a la prestación.

Por otro lado, el efecto “agujero negro” de la crisis, la concentración de capital en los países desarrollados ha

hecho disminuir drásticamente los flujos de inversión y de ayuda al desarrollo y ha aumentado la repatriación de capitales desde el Tercer Mundo. A este efecto se suma la reducción en la llegada de remesas de dinero lo que va a repercutir en el endurecimiento de las condiciones de vida en esos países ya sometidos a la llamada “crisis alimentaria”. Lo podemos ver claramente respecto a Hispanoamérica. Entre 2004 y 2007 las remesas enviadas por emigrantes a Hispanoamérica

pasaron de 45000 millones de dólares a la cifra récord de cerca de 60.000 millones de dólares, convirtiendo la región en la principal receptora del mundo en desarrollo. Méjico, Brasil y Colombia recibían el 60% del total. Otro 20% iba para Guatemala y República Dominicana. El 24% del PIB de Haití. Las remesas suponen entre el 10 y el 14% del PIB de Honduras, El Salvador o República Dominicana. En 2007, con el estallido de la crisis hipotecaria las remesas sólo aumentaron un 6%, cuando venían aumentando un promedio anual del 19% entre 2000 y 2006. Lo cual agudiza la necesidad, tal como dice el Diario del Pueblo chino de que  “los diversos países del mundo tiene n que elaborar proyectos

de todas clases para enfrentar la emergencia, esforzarse por estabilizar sus propias economías y mercados financieros, luchar por obtener beneficios y evitar daños, hacer todo lo posible para evitar “cancelar la factura” en beneficio de los Estados Unidos.”

En 2007, con el estallido

la crisis hipotecaria

3) Las ideas  socialdemócratas que piden la intervención del estado en la regulación del mercado financiero y la protección social, ocultan de forma criminal la naturaleza del estado monopolista como instrumento al servicio de las oligarquías financieras y, por tanto, de pilotar a su servicio la destrucción y concentración de los capitales. Los más de 3 billones y medio de euros que han inyectado en el sistema financiero los diferentes bancos centrales y gobiernos obedecen a poner un capital público al servicio de la concentración bancaria, cuya cabeza es la banca norteamericana. Los 700 mil millones de dólares del plan Paulson, cuya primera inyección de 150 mil millones han ido a parar a los nueve bancos principales norteamericanos seleccionados por el gobierno, la autorización de ciertas fusiones y no otras, ponen de manifiesto el papel activo del estado al servicio de los intereses monopolistas. Toda la polémica entorno a si ese dinero acaba pagando estrambóticas primas a ejecutivos o se paga en dividendos a los accionistas no va más que a tapar la cuestión de fondo: la concentración de capital. En Inglaterra, los dos mayores bancos hipotecarios, Halifax Bank of Scotland (HBOS)  y Lloys TSB llevaron a cabo una fusión, supervisada por el gobierno de Brown, dando lugar a un banco hipotecario de enormes magnitudes, cuyos fondos superan los 53 mil millones de dólares. En España, los 7000 euros que hemos pagado ya cada español al plan de rescate de la oligarquía financiera española están puestos al servicio de que Emilio Botín siga comprando bancos en quiebra como el norteamericano Sovereign por 1.394 millones de euros, o siga inyectando liquidez en sus filiales, como la británica Abbey Nacional (1250 millones €). Las declaraciones de Zapatero de que hay que prever  fusiones y reestructuraciones bancarias no puede augurar otra cosa que la absorción por parte de la oligarquía financiera de las cajas de ahorros más afectadas por la crisis, tarea para la cual es necesaria la intervención del estado.

 

 

 3ª Asignatura. Desafíos que presenta la crisis

 

TESIS 1.- La experiencia histórica de todas las crisis capitalistas que conocemos nos enseña que la burguesía –las distintas burguesías del mundo– salen de ellas destruyendo el capital sobrante y procediendo a un nuevo salto en el proceso de concentración capitalista. Y al igual que la destrucción del capital sobrante no se produce de un modo equitativo entre las distintas burguesías, sino que se reparte de una forma desigual entre ellas, según el capital, la fuerza, la colocación en la cadena imperialista y, como dice Marx, también según “la astucia”; del mismo modo la concentración resultante de cualquier período de crisis se produce de una forma desigual. ¿Quién va a estar en condiciones de concentrar más y más rápidamente capital en esta crisis? ¿Quién va por tanto a aguantar más y mejor y salir fortalecido de ella?

Las ideas dominantes, preñadas de empirismo y economicismo, tienden a no considerar otra perspectiva a la crisis que un nuevo salto cualitativo en el declive norteamericano y en el debilitamiento de su hegemonía. Hay quien ha llegado a calificar a Wall Street como un “enorme solar” y desde Europa se proponen alternativas para “regular los mercados financieros”, anunciando que con ello llega el fin de la supremacía de Wall Street sobre el sistema financiero mundial. La realidad, sin embargo, es necesariamente mucho más compleja. Y los marxistas tenemos que partir de que esta crisis, como todas las anteriores, se desarrolla en medio de un tablero mundial determinado, de un sistema de contradicciones mundiales particular que está actuando de una forma determinante en la forma peculiar en que se resolverá esta crisis. Como en las anteriores crisis, también en esta la lucha de clases va a jugar un papel decisivo –por encima de las mismas condiciones económicas de cada burguesía– en su resolución. A lo que estamos asistiendo es al inicio de un gigantesco proceso de destrucción de capitales que traerá aparejado inevitablemente un proceso también gigantesco de concentración. Quién va a tomar la delantera en ese proceso de concentración, en qué porcentaje va a hacerlo y en qué puntos se va a producir es lo que está en juego ahora mismo.

No se puede entender nada de lo que hoy está ocurriendo en el mundo –y mucho menos del rumbo que están tomando los acontecimientos– sin partir de que la respuesta que las distintas oligarquías financieras del planeta y los distintos centros de poder económico-político mundiales están dando a la crisis no es un movimiento anárquico de “sálvese quién pueda”, sino que cada una de ellas está disputándose, de acuerdo con los recursos y la fortaleza que posee, quién tomará ventaja en el proceso de concentración y quién saldrá, por tanto, fortalecido de la crisis. Y de la misma forma que en la crisis de 1929 nadie podía ni siquiera sospechar que sólo 15 años después EEUU iba a ocupar militarmente Alemania y Japón y dejar reducidas a Francia e Inglaterra a la condición de comparsas ni que la URSS iba a emerger como uno de los dos grandes centros de poder mundial, hoy en la respuesta que las distintas naciones y áreas geopolíticas que están en el centro de la disputa del reparto económico y político del mundo están dando a la crisis, en la línea y los proyectos que adopten sus clases dominantes, en la determinación y la consecuencia con que la lleven adelante sus cuadros dirigentes y en la respuesta que a todo ello demos la clase obrera y los pueblos del mundo está jugándose –y no está escrito en ningún sitio cual será la resultante final– el diseño del tablero mundial durante las próximas décadas.

 

Mientras la atención de los pueblos del mundo trata de ser desviada hacia la idea de una debacle general a la que nadie sabe cómo hacer frente, lo que empiezan a mostrar las primeras medidas tomadas por las principales oligarquías financieras del planeta y sus Estados nos hablan de una realidad muy distinta.

El plan de rescate bancario puesto en marcha en los principales países capitalistas ha tenido ya un doble efecto.

En primer lugar “blindar” su propio sistema bancario a fin de impedir que el capital extranjero se haga con ninguna de sus “joyas de la corona”. Tras la caída del banco belga Fortis y su absorción por el francés BNP-Paribas, el gobierno británico fue el primero en tomar la iniciativa: no estaba dispuesto a que ninguno de sus grandes bancos amenazados por la quiebra (Royal Bak of Scotland, Barclays. HBOS,..) acabara devorado por un gran banco extranjero. Una cosa es ofrecerle a Botín que les saque del apuro, quedándose con los activos buenos de un pequeño banco hipotecario como el Bradford & Bingleys para impedir su bancarrota total, y otra muy distinta abrir las puertas del mercado bancario inglés a los grandes tiburones rivales.

Tras la iniciativa británica, y en un tiempo sorprendentemente rápido, el resto de países de la Unión Europea tomaban el mismo camino. La canciller alemana Ángela Merkel lo dejó bien claro desde el principios: si hay que “rescatar” del pozo a los grandes bancos, el Estado alemán, y no ningún banco extranjero, se hará cargo de ello. Haya o no hay acuerdo europeo. El blindaje impuesto a partir de entonces ha sido total. Hoy ya todos los grandes bancos europeos saben que no serán bien recibidos, por más capital del que dispongan, en el país vecino. De ahí, probablemente, el enfado de Botín en su reciente discurso cuando dejaba caer que “no es bueno” que se proteja a los bancos que “lo han hecho mal”, castigando así a “los que lo han hecho bien”. O, dicho en palabras menos asépticas, que se blinde a los débiles para protegerlos de los fuertes.

En segundo lugar iniciar –de forma acelerada en EEUU, de forma todavía incipiente en Europa– el proceso de concentración bancaria que ha vuelto a colocar a algunos de los gigantes bancarios tocados por la crisis en el top ten del ranking mundial. Y estamos sólo en el inicio de la respuesta a la crisis. Pero en EEUU, JP Morgan y Bank of America empiezan a despuntar como los grandes beneficiados de la crisis. El primero ya se ha hecho a precio de ganga con Bearn Stearns, uno de los cinco mayores bancos de inversión de Wall Street, y con Washington Mutual, la mayor caja de ahorro del país. El segundo se ha tragado de un bocado a un gigante de la talla de Merrill Lynch. En Europa, siempre por detrás en estos asuntos, BNP-Paribas y Santander han sido los primeros en cobrar piezas derribadas por la crisis.

Si elevamos la mirada desde los bancos individuales a las oligarquías financieras y a los Estados imperialistas de los que forman parte, este primer movimiento nos sitúa ya en el centro de la disputa que se está dirimiendo en la actual crisis. ¿Quiénes van a salir debilitados y quiénes van a salir reforzados y en qué grado van a hacerlo? ¿En qué puntos se va a producir la mayor concentración, y por tanto el mayor fortalecimiento?

Las ideas dominantes hoy en Europa afirman que la crisis va a poner fin a la hegemonía norteamericana sobre el sistema financiero internacional. Pero algunos datos de la realidad invitan a cuestionar esa tesis.

Wall Street es la bolsa del mundo que menos valor ha perdido en el último año.

Mientras EEUU va a dedicar 700.000 millones de dólares al plan de rescate de su sistema bancario, la UE se ha visto obligada a dedicar casi 5 veces más, 3 billones 425 mil millones de dólares.

En los últimos meses, el dólar se ha apreciado un 15% frente al euro.

¿Que indican estos movimientos, que tendencias apuntan? Los distintos movimientos en uno y otro lado ¿son a la ofensiva o a la defensiva?

Observemos el cuadro de la distribución del poder económico y político-militar mundial entre las 20 principales economías del mundo.

 

 

 

PIB

 

PIB

 

per capita

 

Gasto militar

 

 

 

activos

financieros

 

 

bill

% mundial

$

 

bill $

%PIB

% mundial

 

 

 

billones $

% tot

tot mundial

54,6

 

 

 

1,47

2,69

 

 

 

 

167

 

total OTAN

 

 

 

 

1,05

 

71,43

 

 

 

 

 

 UE

 

16,6

30,39

 

 

0,31

1,87

21,09

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 EEUU

 

13,8

25,27

45.845

 

0,71

5,14

48,30

 

 

EEUU

56

33,5

 Japón

 

4,38

8,02

34.312

 

0,049

1,12

3,33

 

 

UE

51

30,5

 Alemania

 

3,32

6,08

40.415

 

0,046

1,39

3,13

 

 

Japón

20

12

 Reino Unido

 

2,77

5,07

45.574

 

0,06

2,17

4,08

 

 

 

 

 

Italia

 

2,1

3,84

35.872

 

0,04

1,90

2,72

 

 

 

 

 

España

 

1,44

2,64

32.066

 

0,02

1,39

1,36

 

 

 

 

 

 Canada

 

1,43

2,62

43.484

 

0,02

1,40

1,36

 

 

 

 

 

Corea del Sur

 

0,95

1,74

19.750

 

0,029

3,05

1,97

 

 

 

 

 

Holanda

 

0,76

1,39

46.260

 

0,012

1,58

0,82

 

 

 

 

 

Belgica

 

0,45

0,82

42.556

 

0

0,00

0,00

 

 

 

 

 

Suecia

 

0,45

0,82

49.654

 

0

0,00

0,00

 

 

 

 

 

 Australia

 

0,9

1,65

43.312

 

0,025

2,78

1,70

 

 

 

 

 

 Mexico

 

0,89

1,63

8.478

 

0,006

0,67

0,41

 

 

 

 

 

Francia

 

2,56

4,69

41.511

 

0,065

2,54

4,42

 

 

 

 

 

 

36,2

66,28

37.792

 

1,082

2,99

73,61

 

 

 

127

76

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 China

 

3,25

5,95

3.320

 

0,059

1,82

4,01

 

 

HispanoA

4

2,4

Brasil

 

1,31

2,40

6.937

 

0,025

1,91

1,70

 

 

China

8

4,79

Rusia

 

1,28

2,34

9.075

 

0,05

3,91

3,40

 

 

Rusia

3

1,8

 India

 

1,09

2,00

977

 

0,026

2,39

1,77

 

 

resto Asia

3

1,8

Turquía

 

0,66

1,21

9.629

 

0,025

3,79

1,70

 

 

resto Mdo

17

10,2

 Indonesia

 

0,43

0,79

1.924

 

0

0,00

0,00

 

 

 

 

 

 

8,02

14,68

5.310

 

0,185

2,31

12,59

 

 

 

35

21

 

De él se desprenden distintas conclusiones y varios interrogantes.

Sabemos que en los momentos de crisis, cada burguesía reacciona intentando cargar las pérdidas a los rivales y buscando salir fortalecida ella de la crisis concentrando más capitales en su seno. Esta es la feroz batalla que se ha desatado hoy en el mundo. Y no es necesario ser un lince para advertir que, en su bloque de hegemonía absoluta, EEUU dispone de más y mejores recursos que nadie para salir victorioso de esta disputa. Ya lo hizo en los años 80, en una situación todavía más adversa, puesto que además de su propia crisis económica debía enfrentar la agresividad y el expansionismo de una superpotencia rival, la URSS, que había tomado ventaja en la lucha por la hegemonía mundial.

Pese a la pérdida relativa de peso económico de EEUU en el mundo, sin embargo las economías de los países que están bajo su órbita de dominio directo, emasculadas política y militarmente y férreamente sujetas por tanto a lo que podríamos denominar el “bloque” de hegemonía exclusiva yanqui, representan más del 66% del PIB mundial, el 73,61% de los gastos militares mundiales y el 76% de los activos financieros totales del planeta. ¿Qué efectos va a tener la crisis dentro de este bloque geopolítico? Tenemos que preguntarnos, por ejemplo, si las medidas de los gobiernos europeos son a la defensiva y sólo quieren protegerse de los peores efectos de la crisis o lo que buscan es adelantarse y acelerar la concentración y la obtención de una mayor autonomía con respecto a Washington. Pero sin olvidar tampoco que ya en los años 90 del siglo pasado, Alemania y Japón trataron de “sacar cabeza” aprovechando la conmoción causada por el desplome de la URSS, intentado levantar en Europa y Asia dos polos hegemonistas regionales articulados en torno a ellos. Casi 20 años después, mientras Japón ha perdido el 50% de su peso económico en el mundo, Alemania lo ha hecho en más de un 25%.

Y, con respecto a EEUU, si sus medidas se dirigen únicamente a “sanear” y reparar su sistema financiero, o si acaso no dispone de los recursos necesarios dentro de su bloque de hegemonía absoluta y exclusiva para intentar proceder a una nueva y mayor concentración de los capitales de ese bloque en su propio sistema medular y hacia ese objetivo se están dirigiendo su principales movimientos.

¿Y los países emergentes? ¿De qué recursos disponen y que respuesta van a dar frente a una crisis que necesariamente también les va a afectar? De momento, China ha empezado a marcar ya el camino. Si sus mercancías no encuentran un mercado exterior suficiente para comprarlas, la tarea principal en los próximos 10-15 años ya han anunciado que será la ampliación y el desarrollo de su propio mercado interno, dotándolo de una mayor capacidad de consumo sobre la base de una mayor distribución de la renta. ¿Será este el camino que sigan el resto de países emergentes o en qué tanto por ciento podrán hacerlo dependiendo de su grado de independencia política? Pero esto, a su vez, en su desarrollo puede plantear un nuevo y mayor desafío a la hegemonía yanqui. ¿Qué consecuencias pueden tener unos y otros movimientos en ambos bloques en su relación mutua y en el diseño del tablero mundial en las próximas décadas?

No es posible todavía dar una respuesta a todas estas interrogantes. Pero sí es absolutamente imprescindible, frente a la visión superficial y simplista que quieren ofrecernos, partir de ellas porque son las que están en el centro del desarrollo de la crisis y es imposible entender nada sin darles respuesta.

Lo único seguro de todos estos movimientos, además del inevitable proceso de concentración, es que las oligarquías financieras del mundo, y en primer lugar la norteamericana, van a pretender que los pueblos del mundo seamos los que paguemos sus desmanes y pérdidas. Debajo de toda su palabrería acerca de que los planes de ayuda y rescate son en bien de la economía productiva, para que las empresas y las familias puedan acceder nuevamente al crédito, la realidad es que a través de distintas maniobras buscan descargar el peso de sus quiebras y robos sobre las espaldas de los pueblos. Tanto del pueblo norteamericano y de los pueblos europeos como del resto de pueblos del Tercer Mundo.

Organizarnos para hacer frente a esta amenaza, levantar proyectos que lo impidan es la única alternativa que se corresponde con nuestros intereses.

 

 

TESIS 2.- La regulación de los mercados financieros presentado por las potencias europeas y por socialdemócratas y revisionistas como la gran alternativa para evitar la repetición de una crisis como la actual, no deja de ser un brindis al sol mientras se mantenga en pie el sistema monetario internacional con el dólar como núcleo, surgido de la IIª Guerra Mundial y que tuvo su base en la hegemonía militar y la supremacía industrial y financiera norteamericana en el mundo capitalista. Sistema que no sólo está objetivamente quebrado, sino que se ha convertido en un factor acelerador y multiplicador de las crisis.

La supremacía del dólar como moneda de referencia del sistema monetario internacional no se corresponde ya, en absoluto, con su valor real como expresión de la fortaleza y el peso de la economía norteamericana en el mundo. Vivimos desde hace ya más de 30 años con un sistema monetario internacional “virtual”, fruto de una convención aceptada de grado o por fuerza por todos los países del mundo, pero que está cada vez más alejada de la realidad de la economía y la política mundiales y sus tendencias fundamentales de desarrollo en las última décadas. La caída del Muro de Berlín, la conversión de EEUU en la única superpotencia y el desarrollo de la globalización no ha hecho sino acelerar y agudizar este desequilibrio.

Las distintas fases en su descomposición han venido determinadas no sólo por el desarrollo de los factores económicos que están en su base, sino principalmente por los grandes cambios geoestratégicos en la correlación de fuerzas entre las distintas potencias mundiales y entre el imperialismo y los pueblos, con las consiguientes alteraciones en la jerarquía y la colocación en la cadena imperialista.

 

En julio de 1944, se firman los acuerdos de Bretton Woods donde se van a establecer las reglas para las relaciones comerciales y financieras entre los países más industrializados del mundo a través de un sistema monetario internacional, con un tipo de cambio sólido y estable fundado en la supremacía del dólar. Bajo el impulso de EEUU, que en aquellos momentos posee el 50% del Producto Bruto Mundial, el 66% de las manufacturas que se producen en el mundo y el 80% de las reservas internacionales de divisas y de oro, se crean el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial como instrumentos de la hegemonía financiera norteamericana.

Como afirma Bzrezinski en el Gran Tablero Mundial: “Además, también debe incluirse como parte del sistema estadounidense la red global de organizaciones especializadas, particularmente las instituciones financieras “internacionales”.  El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial se consideran como representantes de los intereses “globales” y de la circunscripción global.  En realidad, empero, son instituciones fuertemente dominadas por los Estados Unidos y sus orígenes se remontan a iniciativas estadounidenses, particularmente la conferencia de Bretton Woods de 1944”.

Nada que ver, pues, con las ideas dominantes en gran parte de la izquierda que considera ambas instituciones como los instrumentos de dominio del capital transnacional, del capital sin patria capaz de imponerse sobre Estados y gobiernos. Nacieron y son, por el contrario, instrumentos al servicio del mantenimiento de un sistema monetario internacional cuyo gran beneficiario es el capital financiero yanqui.

El nuevo sistema monetario internacional que se fija entonces tiene al dólar como núcleo central, adquiriendo el papel del patrón-oro que había regido el sistema monetario en la época de hegemonía inglesa durante el capitalismo del librecambio. EEUU fijaba el valor de su moneda en 1/35 parte de una onza de oro y obtuvo el poder de cambiar dólares por oro a ese precio sin restricciones ni limitaciones. Al ser el dólar la única moneda con un cambio fijo con el oro, los demás países del mundo se vieron obligados a fijar el precio de sus monedas con relación al dólar.

Convertida en moneda de referencia, el dólar pasó a ser la moneda predominante en todas las transacciones comerciales y financieras, el precio de todas las materias primas pasaron a estar denominadas en dólares, los países se vieron obligados a acumular sus reservas de divisas en esa moneda, los tipos de cambio entre las distintas monedas nacionales no se establecían ya por el peso económico de las distintas naciones sino en relación al dólar,.... La hegemonía financiera que este sistema monetario internacional con el dólar como núcleo permitió a EEUU durante mas de dos décadas fue absoluta, de la misma forma que la fórmula del patrón-oro del siglo XIX había permitido a Inglaterra ejercer una hegemonía financiera absoluta.

Este sistema monetario que tenía su lógica en la realidad económica y político-militar del mundo capitalista surgido tras la guerra mundial, 60 años después sin embargo no se corresponde en absoluto con la realidad del mundo. Hasta el punto de que hoy el dólar no sólo no tiene ya un cambio fijo y una paridad estable con el oro, sino que en realidad tampoco es capaz de expresar la fortaleza y el peso de la economía norteamericana, manteniendo durante largos períodos de tiempo un valor nominal muy por encima de su valor real y que está basado, exclusivamente, en la hegemonía político-militar norteamericana y en su capacidad de imprimir moneda de acuerdo con las necesidades que en cada momento dictan sus intereses.

Es esta “virtualidad” en la que descansa el sistema monetario internacional actual la que la convierte en un factor acelerador y multiplicador de las crisis, al introducir una anomalía de tipo político-militar en el mecanismo destinado a regular las relaciones comerciales y financieras internacionales. Un sistema monetario  que debía reflejar objetivamente el papel y el peso de cada economía nacional en el sistema económico mundial y que, sin embargo, en manos de la superpotencia yanqui se convierte en un instrumento más al servicio de su hegemonía.

La descomposición del sistema monetario internacional con el dólar como núcleo está directamente relacionada con los cambios geoestratégicos y en la correlación de fuerzas entre las potencias mundiales entre sí y con los pueblos del mundo. A comienzos de los años 70, la derrota norteamericana en Vietnam, que ha hecho un extraordinario esfuerzo en gasto bélico durante toda la década de los 60, provoca que la cobertura de oro de los EEUU hubiera pasado del 55% de su masa monetaria al 22%. Lo que sumado al cambio cualitativo que produce la derrota en Vietnam –situando a EEUU a la defensiva estratégica y propiciando distintos cambios en la colocación en la cadena imperialista de importantes áreas geopolíticas (Europa, Oriente Medio,...)– lleva a que en 1971 EEUU trate de resolver sus necesidades financieras imprimiendo dinero, con lo cual el dólar dejó de estar realmente respaldado por las reservas de oro del Gobierno estadounidense.

La hiper-abundancia de dólares plantea dudas acerca de su convertibilidad en oro y el alto déficit exterior de Estados Unidos provoca una devaluación real del dólar, no sólo frente al oro, sino respecto a un conjunto de monedas y mercancías clave del mercado mundial, lo que va a provocar una gran fuga de capitales de EEUU. La respuesta de las burguesías monopolistas europeas es inmediata: ante la perspectiva de una inminente y profunda pérdida de riqueza provocada por la devaluación de las grandes reservas de dólares de sus bancos centrales, intentan convertirlas en oro, creando una situación insostenible para los EEUU. Las burguesías de los Estados petrolíferos, a su vez, empiezan a elevar los precios del petróleo hasta reflejar su cambio real con el dólar. Ante ello, en agosto de 1971 Nixon se ve obligado a suspender unilateralmente la convertibilidad del dólar en oro, devaluándolo en un 10%. Dos años después, el dólar se vuelve a devaluar otro 10 %, hasta que, finalmente, se termina con la convertibilidad del dólar en oro. Desde entonces no hay ninguna referencia objetiva que fije el valor real de la moneda de referencia del sistema monetario internacional, lo que constituye una permanente fuente de inestabilidad para la economía mundial en su conjunto.

La capacidad de EEUU para aumentar la masa circulante de dólares en la economía mundial de acuerdo con sus necesidades de endeudamiento pero muy por encima de su capacidad productiva y su peso en la economía mundial, es un constante factor de inestabilidad para el sistema monetario internacional que tiende a acelerar y agudizar la actual crisis del sistema financiero mundial, pero al mismo tiempo es un factor de primer orden en el predominio norteamericano sobre el comercio, el sistema financiero y la economía mundiales. Por lo que no van a dejarlo caer sin antes poner en tensión todos sus recursos –que son muchos– para mantenerlo vigente a toda costa.

Gracias a él, EEUU posee la gigantesca capacidad de endeudamiento que le permite mantener su hegemonía político-militar mundial. Con el dólar como única divisa de reserva internacional y como moneda de referencia de las principales transacciones comerciales y financieras mundiales, la Reserva Federal y el Tesoro de EEUU disponen de la capacidad de dictar las reglas básicas de la economía mundial, a las que todos deben someterse en mayor o menor medida para no quedar fuera del proceso de circulación de mercancías y de capital a escala global. Gracias al papel del dólar, EEUU es el único país del mundo que tiene su deuda externa denominada en monedas de las que él mismo es el emisor. Actuando sobre los tipos de interés, sobre el valor del dólar o sobre la masa monetaria de dólares circulantes, la oligarquía financiera yanqui dispone de recursos inalcanzables –pese a su pérdida de peso económico relativo en el PB mundial– para cualquier otra burguesía del planeta para intervenir también en el terreno de la economía mundial.

 

  

Crisis del dólar en el mundo: ¿un Pearl Harbor económico?

Autoridades chinas aseguraron que el billete verde está a punto de perder el status de moneda líder mundial y advirtieron que podrían desprenderse de gran parte de sus tenencias. Analistas internacionales siguen con cautela el tema y lo comparan con un ataque sorpresivo a la principal economía. Cayó como una bomba inesperada entre inversores y analistas del mundo cuando el Banco Central de China predijo que el dólar está a punto de perder su status como la moneda líder global y que la entidad iba a comenzar a mirar otros billetes a la hora de atesorar reservas.

Léase: existe la posibilidad de que el Gobierno del gigante asiático se desprenda de multimillonarias cantidades de dólares y eso haga que se desplome a valores inimaginables.

“Favoreceremos a las monedas fuertes sobre las débiles y en consecuencia reajustaremos”, expresó Cheng Siwei, vicepresidente del Congreso Nacional Popular de China, en una conferencia en Pekín. “El dólar está perdiendo su estatus como divisa mundial”, afirmó en el mismo foro Xu Jian, subdirector del Banco Central de ese país.

Para entender la magnitud de semejante declaración cabe destacar que:

Tras un conflicto político, China amenazó con vender de golpe todas las reservas que tiene en bonos del Tesoro norteamericano, una cifra que se acerca a los 900.000 millones de dólares.

Esos papeles de deuda son los que compra el gigante asiático con los dólares que recibe por la venta de sus productos al mercado norteamericano y, a su vez, son los que financian el déficit comercial norteamericano, en alza.

China inunda de productos a los EEUU, consiguiendo un superávit comercial bilateral descomunal: 250.000 millones de dólares anuales (unos u$s5.000 millones semanales), según los propios datos de U.S. Census Bureau (Departamento de Censos de EEUU).

 

La amenaza número uno

Para el Gobierno norteamericano su principal temor esta vez no es Gran Bretaña, Alemania, Arabia Saudita, Rusia o Irak. China es la bestia que le respira en la nuca. Y tiene sobradas razones para tener miedo, o al menos estar preocupados: sin la voluntad del gobierno chino para comprar cantidades casi ilimitadas de bonos de Tesorería Norteamericanos, dejaría de existir el milagro del gasto estadounidense y se derrumbaría el crecimiento económico.

Puntos Importantes

Las reservas en divisas de China, estimadas en 1,43 billones (millón de millones) de dólares en septiembre, son las mayores del mundo.  Se estima que están constituidas en un 70% en dólares, principalmente en bonos del Tesoro americano.

En pocos años, el prestamista más grande del mundo (EEUU) se ha transformado en el prestatario número uno del globo.

En otras palabras, sin China, el poderío de los EEUU perdería una gran parte de su influencia económica.

La mayoría de las reservas de divisas de China está invertida en deuda nominada en dólares, tales como los bonos del Tesoro de EE.UU., que son considerados las inversiones más seguras del planeta.

Pero ahora, muchos funcionarios en Washington están más que preocupados por lo que China pueda llegar a hacer con esa tenencia, más aún ante la posibilidad de que algunos países emergentes descontentos con las condiciones de los créditos del Fondo Monetario Internacional, opten por pedir préstamos al gigante asiático. Ello aumentaría aún más la influencia que posee sobre los mercados, en particular los emergentes.

Hasta ahora, Beijing se ha comportado como un comerciante que decide extender el crédito a sus clientes. Los norteamericanos reciben de ese país equipos electrónicos baratos, juguetes, ropa interior y un sinfín de productos. Como contrapartida, los chinos no importan un volumen comparable de mercancía norteamericana.

Los chinos están satisfechos realizando la compra de los Bonos de la tesorería norteamericana, que en parte se llevan a cabo para mantener a su principal cliente a flote.

Los chinos han mirado hacia delante con gran paciencia a medida que su mejor cliente perdía gradualmente su habilidad para proveer mercancías. Pero los hombres en el poder en Beijing no pueden ser indiferentes al declive del dólar.  Esto devalúa las reservas en esa moneda del Banco Central, generada por la máquina de exportaciones chinas.

Para los Estados Unidos, una decisión por parte de los chinos de abandonar el dólar sería equivalente a Pearl Harbor sin la guerra. Representaría un desafío hacia la economía mundial, hasta ahora más grande, por parte de la economía mundial de crecimiento más rápido.

Millones de personas verían el sufrimiento plasmado en su estándar de vida como resultado de esto, y la confianza norteamericana, ya tambaleante, decaería aún más. Los Estados Unidos recibirían un serio golpe en su propio terreno, la economía y el dólar caería a valores inimaginables.

“Los norteamericanos no pueden echar culpa a Beijing por sus problemas. Los chinos no son exactamente kamikazes políticos, armando un plan secreto de ataque sobre el dólar. Al contrario, las preparaciones están llevándose a cabo a plena vista”, señala un analista en The Business Week, que además sostiene: “lo que los chinos educadamente dijeron a los norteamericanos significa simplemente que a menos que algo suceda (haciendo referencia a un cambio), el infierno se va a desatar”.

 

De vendedor a comprador

Con el correr de los años, la economía norteamericana ha sufrido coletazos, que comenzaron con el surgimiento de las economías asiáticas – primero Japón, luego China y ahora India.

Estados Unidos, que en algún momento fuera una orgullosa nación exportadora, se ha transformado en el más grande importador a nivel mundial. En tan sólo 15 años, desde 1992 hasta 2007, el balance de intercambio deficitario de los Estados Unidos de Norteamérica se ha incrementado de 84.000 millones de dólares a una cifra que roza los 800.000 millones de dólares.

En pocos años, el prestamista más grande del mundo (EEUU) se ha transformado en el prestatario número uno del globo.

Analistas internacionales manifiestan que el comentario de la semana pasada realizado por un oficial del Banco Central Chino es interpretado como una advertencia, no una amenaza. De hecho, China no tiene otra opción más que responder, dado el actual debilitamiento del dólar. Por estas razones, un ataque sobre la economía norteamericana es un evento que ya varios economistas consideran como probable.

 

Plano político

Estados Unidos hace tiempo que presiona a China para que ajuste su tipo de cambio y haga menos competitiva su producción, para disminuir así su creciente déficit comercial con el gigante asiático. Después de varias visitas de funcionarios de primer nivel de la administración Bush a Beijing y sin respuestas favorables, Estados Unidos amenazó tiempo atrás con sanciones comerciales. La respuesta china fue fulminante: amenazó con vender de golpe todas las reservas que tiene en bonos del Tesoro estadounidense, por unos u$s 900.000 millones.

Plano comercial

Cuando la fabrica Mattel sufrió un duro revés por el alto contenido de plomo de sus juguetes, Estados Unidos ordenó retirar del mercado varios millones de juguetes fabricados en China por contener pintura con elevados niveles de esa sustancia al considerarlos peligrosos para los menores de edad. China reaccionó prohibiendo la importación de tres marcas de galletitas Arnott’s, de la estadounidense Campbell Soup, argumentando que unas 3,6 toneladas de ese producto contenían excesivos niveles de aluminio. Estados Unidos frenó el ingreso de alimentos para mascota, pasta dentífrica y fármacos fabricados en el gigante asiático. China respondió destruyendo carne proveniente del gigante americano.

En 1941, un ataque japonés en la flota del Pacífico de los EEUU en Pearl Harbor había sido inimaginable, amén de que la inteligencia de los Estados Unidos hubiera recogido pistas de que sucedería. En aquél momento, Washington estaba convencido de que los japoneses no se atreverían a montar un ataque sobre un blanco que se encontrara a 5.000 millas de distancia, y por otro lado creían que resultaría un fracaso en el evento de que decidieran realizarlo. Las tripulaciones de los barcos norteamericanos estaban durmiendo mientras se acercaban los bombarderos japoneses a Pearl Harbor.

Analistas del mundo temen que por razones políticas, más allá de las económicas producto del debilitamiento del dólar, que un hecho inesperado encuentre dormido a más de un inversor y lo que por ahora resulta una “advertencia” termine ocurriendo con el pasar del tiempo.

 

INFOBAE. Buenos Aires, 18 de Octubre de 2008

 

 

Mucho más que una crisis financiera

 

El destino de los imperios se decide a menudo por la relación entre guerra y deuda. Se puede comprobar si se observa cómo ha disminuido el dominio de EE UU en su propio patio trasero, cuando el presidente venezolano, Hugo Chávez, provoca y ridiculiza a la superpotencia con impunidad. Pero el retroceso de la posición de EE UU en el resto del mundo es todavía más llamativo. Con la nacionalización de partes fundamentales del sistema financiero, el credo estadounidense del libre mercado se ha destruido a sí mismo, mientras que los países que mantienen algún tipo de control de los mercados se han visto reivindicados. Es un cambio de repercusiones tan trascendentales como la caída de la Unión Soviética: se ha derrumbado todo un modelo de gobierno y economía.  Desde el final de la guerra fría, los sucesivos Gobiernos estadounidenses han sermoneado a otros países sobre la necesidad de tener unos sistemas financieros sólidos. Indonesia, Tailandia, Argentina y varios países africanos tuvieron que soportar serios recortes de gastos y profundas recesiones como precio por la ayuda del Fondo Monetario Internacional, que ponía en práctica la ortodoxia norteamericana. China, en particular, sufrió intimidaciones sin fin por la debilidad de su sistema bancario. Pero el éxito de China deriva de su permanente desprecio por los consejos occidentales, y no son los bancos chinos los que hoy están quebrando.

Estados Unidos siempre ha tenido una política económica para sí y otra para el resto del mundo. Durante los años en los que castigaba a los países que se apartaban del equilibrio presupuestario, estaba pidiendo préstamos gigantescos para financiar sus recortes fiscales domésticos y sus compromisos militares.  Pero ahora que las finanzas federales dependen por completo de que sigan entrando grandes remesas de capital extranjero, serán los países que habían rechazado el modelo de capitalismo estadounidense los que influyan en el futuro de su economía.

Los detalles del plan de salvación de las instituciones financieras estadounidenses elaborado por el secretario del Tesoro, Hank Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, son menos importantes que lo que ese rescate supone en sí mismo para la posición de EE UU en el mundo. La indignación por la codicia de los bancos aireada en el Congreso puede distraernos de las verdaderas causas de la crisis. La grave situación de los mercados financieros estadounidenses se debe a que los bancos han trabajado en unas condiciones de libertad absoluta creadas por esos mismos legisladores. La clase política de EE UU es la responsable del caos actual.  En las actuales circunstancias, un fortalecimiento sin precedentes del Gobierno es la única forma de evitar una catástrofe en el mercado. La consecuencia, sin embargo, será que EE UU dependerá todavía más de las potencias emergentes. El Gobierno federal está acumulando préstamos aún mayores, y puede que sus acreedores teman, con justificación, que no van a devolverse jamás. Es muy posible que sienta la tentación de engordar esas deudas con un repentino aumento de la inflación que dejaría a los inversores extranjeros con pérdidas considerables. En esta situación, ¿estarán dispuestos los Gobiernos de países que compran grandes cantidades de bonos estadounidenses, como China, los Estados del Golfo y Rusia, por ejemplo, a seguir apoyando el papel del dólar como divisa de reserva mundial? En cualquier caso, el control de los acontecimientos no está ya en manos de Estados Unidos.

El destino de los imperios, a menudo, se decide por la relación entre guerra y deuda. Ocurrió con el Imperio Británico, cuyas finanzas se deterioraron a partir de la Primera Guerra Mundial, y con la URSS. La derrota en Afganistán y la carga económica que supuso tratar de responder al programa de la guerra de las galaxias de Reagan fueron factores cruciales que contribuyeron al desmoronamiento soviético. A pesar de su insistencia en su excepcionalidad, EE UU no es distinto. La guerra de Irak y la burbuja crediticia han herido de muerte su hegemonía económica. EE UU seguirá siendo la mayor economía del mundo durante un tiempo, pero serán las potencias emergentes las que, una vez que la crisis haya pasado, comprarán lo que haya quedado intacto entre las ruinas del sistema financiero estadounidense.

En las últimas semanas se ha hablado mucho sobre un apocalipsis económico. En realidad, no estamos, ni mucho menos, ante el fin del capitalismo. El frenesí que se observa en Washington no es más que la muerte de un tipo de capitalismo, la variedad que ha existido en EE UU durante los últimos 20 años. Este experimento de laissez-faire financiero ha fracasado. Aunque el impacto de la caída se hará sentir en todas partes, las economías de mercado que se resistieron a la desregulación de estilo estadounidense capearán mejor el temporal. Es probable que el Reino Unido, que se ha convertido en un fondo de protección gigantesco, pero un fondo que carece de la capacidad de beneficiarse de un empeoramiento de la situación, acuse especialmente el golpe. 

Lo irónico del periodo posterior a la guerra fría es que la caída del comunismo fue seguida del ascenso de otra ideología utópica. En EE UU, Reino Unido y, en menor medida, otros países occidentales, la filosofía reinante pasó a ser un tipo concreto de fundamentalismo de mercado. El derrumbe actual del poder estadounidense es la consecuencia previsible. Como el desmoronamiento soviético, tendrá amplias repercusiones geopolíticas. Una economía debilitada no puede seguir sosteniendo mucho tiempo los excesivos compromisos militares de EE UU. Es inevitable que haya una reducción de gastos que, seguramente, no será gradual ni bien planificada.

Los procesos de crisis como el que estamos presenciando no se desarrollan a cámara lenta. Son rápidos y caóticos, y tienen efectos secundarios que se extienden a toda velocidad. Pensemos en Irak. El éxito del refuerzo, que se ha conseguido a base de sobornar a los suníes y, al mismo tiempo, consentir la limpieza étnica que se está llevando a cabo, ha generado una situación de paz relativa en algunas partes del país. ¿Cuánto tiempo durará, si el nivel actual de gasto de EE UU en la guerra no puede mantenerse más?  Si EE UU se retira de Irak, Irán quedará como vencedor regional. ¿Cómo reaccionará Arabia Saudí? ¿Habrá más o menos probabilidades de una acción militar para impedir que Irán adquiera armas nucleares?  Los gobernantes chinos, hasta ahora, han permanecido callados ante la crisis. 

¿Les animará la debilidad estadounidense a reafirmar el poder de China, o continuarán su política precavida de “ascenso pacífico”? Por ahora, no se puede contestar ninguna de estas preguntas con seguridad. Lo que es evidente es que EE UU está perdiendo poder a enorme velocidad. Georgia nos mostró a Rusia rediseñando el mapa geopolítico, sin que EE UU pudiera ser nada más que un espectador impotente.

Fuera de EE UU, la mayoría de la gente ha aceptado, hace mucho tiempo, que el desarrollo de nuevas economías que acompaña a la globalización disminuirá la importancia de la posición estadounidense en el mundo. Casi todos se imaginaban que se trataría de un cambio en su situación relativa, un giro que iba a producirse de forma gradual, a lo largo de varios decenios y generaciones. Hoy, esa hipótesis parece cada vez menos realista.

Después de haber creado las condiciones que engendraron la mayor burbuja de la historia, los dirigentes políticos de EE UU parecen incapaces de comprender la magnitud de los peligros que afronta ahora su país. Envueltos en encarnizadas guerras culturales y peleados unos con otros, parecen no darse cuenta de que su liderazgo mundial está desvaneciéndose a toda velocidad. Está naciendo un nuevo mundo casi sin que se note y, en él, EE UU no es más que una más entre varias grandes potencias, y se enfrenta a un futuro incierto en el que ya no puede influir.

John Gray.

EL PAÍS. 11-10-2008

 

 

Bretton Woods y el triunfo de la hegemonía de Estados Unidos.

por T. Rajamoorthy*

En julio de 1944, 44 países se reunieron en la ciudad estadounidense de Bretton Woods, New Hampshire, para establecer el sistema monetario internacional de posguerra. Aunque aparentemente era una conferencia de las Naciones Unidas, estuvo estrictamente controlada y dirigida por Estados Unidos. Esta reunión histórica que dio origen al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial marcó el comienzo del dominio de Estados Unidos sobre el decadente poder imperial de Gran Bretaña.

En la conferencia inaugural del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, un año y medio después de Bretton Woods, John Maynard Keynes comparó la ocasión con un bautismo. Tomando una metáfora de La bella durmiente de Tchaikovsky, Keynes deseó en esa reunión celebrada en Savannah, Estados Unidos, que ninguna “hada mala” maldijera a ambas instituciones gemelas. En cambio, su deseo era que un hada buena les regalara “un vestido multicolor” como señal perpetua de que las dos instituciones “pertenecen a todo el mundo y sólo están comprometidas con el bien general, sin temor ni favor hacia ningún interés”. Sesenta años después de su nacimiento, “las gemelas de Bretton Woods” sí son objeto de maldiciones, pero no de un hada mala, sino de millones de personas perjudicadas por sus políticas.

Pese a lo críptico de su lenguaje, es claro que Keynes, uno de los padres fundadores del FMI y el Banco Mundial, se refería a la amenaza de Estados Unidos. Savannah fue el escenario de la última batalla de Keynes por impedir que ambas instituciones quedaran bajo el control total de Washington. Fue el acto final de una obra que empezó a representarse en los preparativos de la conferencia de Bretton Woods, que estableció las dos instituciones el 22 de julio de 1944.

Sin embargo, sería un gran error considerar que la lucha de Keynes fue precursora o parte de la lucha que actualmente libran millones de personas contra las gemelas. Su campaña debe entenderse como parte de la rivalidad anglo-estadounidense por la dominación mundial de posguerra. Bretton Woods marcó el triunfo de la hegemonía de Estados Unidos.

 

Juego de poderes en la posguerra

Para comprender el por qué de ese triunfo, es necesario entender primero la peligrosa situación económica que atravesaba Gran Bretaña como consecuencia de la guerra contra la Alemania nazi. Para Keynes, estaba claro que Gran Bretaña saldría de la guerra en bancarrota económica y financiera. Por tanto, tendría que acudir a Estados Unidos, que se había convertido en la superpotencia dominante, para obtener ayuda económica, como ya lo había hecho durante la guerra.  Por su parte, Washington había dejado en claro que el precio de esa ayuda sería muy alto.

Cuando se negociaron los términos de la ayuda económica para la guerra, Estados Unidos impuso condiciones extremadamente duras a Londres. En lugar de ofrecerle facilidades, le exigió pagos adelantados, previendo que en poco tiempo Gran Bretaña estaría arruinada. Si el gobierno británico alegaba dificultades, Washington insistía en que vendiera sus activos en el exterior, en particular los de Estados Unidos y Argentina.

El presidente Franklin D.  Roosevelt llegó a insistir en que Gran Bretaña enviara a Washington el oro que tenía en Sudáfrica, por valor de 42 millones de libras esterlinas. Pronto, Londres empezó a temer que el gobierno estadounidense quisiera adquirir una parte de las inversiones británicas en estaño y caucho en Malasia.  Mientras la situación financiera de Gran Bretaña se agravaba, apareció cierto alivio en el horizonte. En 1941, Estados Unidos le ofreció un programa de “Préstamo y Arriendo” por el cual le “prestaría” o “arrendaría” materiales de guerra, eliminando así la necesidad de que Londres los comprara con sus menguantes recursos.  La contrapartida de este acuerdo eran ciertos beneficios no especificados que Gran Bretaña debería otorgar a Estados Unidos: pagos o reembolsos en especies o bienes raíces, “o cualquier otro beneficio directo o indirecto que el presidente (de Estados Unidos) considere satisfactorio”.

La naturaleza exacta de la “contraprestación” de la ayuda se definiría en el artículo 7 del Acuerdo de Ayuda Mutua entre ambos países.  Pese a esta aparente generosidad, las exigencias de Estados Unidos no cesaban. Cada día, representantes del Tesoro británico debían presentar a sus homólogos del Tesoro estadounidense sus libros de finanzas, para que determinaran la real situación financiera de Gran Bretaña. Como si fuera un país del Tercer Mundo bajo tutela del FMI y el Banco Mundial, Gran Bretaña debía padecer la ignominia de que Estados Unidos verificara y supervisara su situación financiera.

Y cuando llegó el momento de definir la “contraprestación” del Artículo 7, quedó claro que lo que Estados Unidos pretendía era nada menos que el desmantelamiento del sistema de Preferencias Imperiales y del Área Esterlina. (El sistema de Preferencias Imperiales, formalizado en la Conferencia de Ottawa en 1932, otorgaba prioridad a los dominios para que vendieran sus productos básicos a Gran Bretaña a cambio de preferencia para los fabricantes británicos en sus respectivos mercados. El Área Esterlina, creada en 1937, era un grupo de colonias y dominios británicos que ataron sus monedas a la libra esterlina y mantenían todas o gran parte de sus reservas en la moneda británica).

Era claro que Estados Unidos se había propuesto desangrar a Gran Bretaña hasta la última gota y convertirla en una fuerza mundial agotada después de la guerra.  Keynes era consciente de todo esto. Como figura clave en la conducción de las negociaciones financieras con Washington, le disgustaban los intentos de Estados Unidos de usar el acuerdo de Préstamo y Arriendo como apisonadora. El objetivo de la resistencia de Keynes a estos esfuerzos era, según sus propias palabras, “la retención de suficientes activos para conservar la capacidad de acción independiente”.

Es en este contexto que se deben apreciar los esfuerzos de Keynes por diseñar un nuevo orden financiero internacional para la posguerra. Para que Gran Bretaña pudiera retener algún grado de poder o influencia después de la guerra, debía diseñar una arquitectura financiera internacional que protegiera sus intereses y su recuperación económica. En contraste, si se dejaba que Estados Unidos hiciera esa tarea por su cuenta, el sistema resultante favorecería a sus propios intereses a expensas de Gran Bretaña.

 

El Plan Keynes

El plan de Keynes para la posguerra preveía un banco internacional -“Unión Internacional de Compensaciones”, se llamaba su propuesta- capaz de proveer adelantos en cuenta corriente para corregir los desequilibrios de las balanzas de pagos de los países miembros, hasta 75 por ciento del valor promedio de sus importaciones y exportaciones entre 1936 y 1939. Tales créditos se expresarían en una nueva unidad monetaria llamada bancor -que se fijaría al oro- y todas las monedas nacionales también se fijarían en relación a esa unidad.

La relación entre los bancos centrales de los países miembros y la Unión sería la misma que entre los bancos nacionales y sus respectivos bancos centrales. Todos los bancos centrales compensarían entonces sus desequilibrios comerciales a través de sus cuentas en la Unión, sin necesidad de saldarlas en oro.  Keynes lo resumió así: “La idea subyacente a dicha Unión es sencilla: generalizar el principio esencial de la banca, como en cualquier sistema cerrado. Este principio es la necesaria igualdad entre créditos y débitos. Si ningún crédito puede excluirse del sistema de compensaciones, sino sólo transferirse dentro de él, la Unión nunca tendrá dificultades para pagar los cheques que se emitan a su nombre. Podrá pagar los adelantos que desee a cualquiera de sus miembros con la seguridad de que los beneficios sólo podrán transferirse a la cuenta de compensación de otro miembro. Su única tarea es vigilar que los miembros respeten las reglas y que los adelantos realizados a cada uno de ellos sean prudentes y aconsejables para la Unión en su conjunto”. 

Como señaló M.A.G. van Meerhaeghe, “este proyecto era ventajoso para Gran Bretaña, que con su considerable comercio exterior habría obtenido una alta cuota en bancors (5.400 millones, frente a 4.100 millones de Estados Unidos), y que mediante compras en América del Norte, sin restricciones sobre el consumo para su propia población, habría podido acelerar su recuperación industrial”.  Como era previsible, Estados Unidos rechazó la propuesta de Keynes. Como potencia dominante, no podía aceptar el papel de segundo violín de Gran Bretaña. También se opuso porque la propuesta hubiera permitido a Gran Bretaña salir de su crisis económica sin realizar ningún ajuste económico real ni desmantelar sus arreglos económicos imperiales.

 

El Plan White

El homólogo estadounidense de Keynes era Harry Dexter White, quien había elaborado sus propias propuestas. El plan de White preveía la creación de dos instituciones: un Fondo Internacional de Estabilización (posteriormente denominado Fondo Monetario Internacional) y un Banco para la Reconstrucción de las Naciones Unidas y Asociadas (después denominado Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, y llamado popularmente Banco Mundial).  Mientras el Banco proveería el capital para la reconstrucción de posguerra, el Fondo se ocuparía de los problemas de los países miembros que enfrentaban crisis de divisas y balanza de pagos.  A diferencia de la Unión Internacional de Compensaciones, semejante a un banco que ofrecería sobregiros a los países en dificultades, el Fondo propuesto por White exigiría a los miembros aportes en oro, monedas nacionales y títulos valores generadores de intereses, de acuerdo con cuotas asignadas. El Fondo sólo prestaría divisas a miembros con problemas de balanza de pagos en proporción a sus contribuciones o cuotas. La unidad monetaria del Fondo sería la unitas (equivalente a 10 dólares estadounidenses), y las cuentas se llevarían y publicarían en esa unidad.

Además, el Fondo fijaría el valor de la moneda de cada miembro en función del oro o la unitas, y dicho valor no podría alterarse sin la aprobación de cuatro quintos de los votos de los miembros. Estados Unidos promovió incansablemente la aceptación de estas propuestas y demostró escasa o ninguna disposición a considerar alternativas.  Cuando quedó claro que no estaban logrando ningún progreso, los británicos pidieron desesperadamente que antes de la publicación de ambos planes y de las consultas con otros países, Estados Unidos y Gran Bretaña realizaran sus propias consultas para resolver sus diferencias.

Pero Washington rechazó este pedido y prosiguió con sus planes de discutir el proyecto de posguerra con todos los miembros de la conferencia propuesta. Este desaire fue quizá el más claro indicador del futuro de la geopolítica mundial. Lo que Gran Bretaña proponía era una “pax anglosajona”, pero Estados Unidos estaba decidido a imponer la “pax americana”.

Al darse cuenta de que no podría vencer la intransigencia de Washington, Keynes abandonó su propio plan y dirigió sus esfuerzos a la obtención de ciertas modificaciones en el Plan White. También en esto tuvo un éxito limitado debido a la obstinada resistencia de White. Así, la historia del proceso preparatorio de Bretton Woods es la historia del rechazo de casi todas las iniciativas de Keynes para modificar de manera fundamental el plan estadounidense. Al final, lo que se adoptó en Bretton Woods fue en esencia el Plan White, con algunas modificaciones. Después de su adopción, toda resistencia remanente al plan fue vencida, porque su aceptación por Gran Bretaña era la condición para que recibiera el crédito de posguerra que necesitaba desesperadamente.

 

La conferencia

Para cuando 44 países se reunieron en Bretton Woods, Estados Unidos ya se había asegurado el resultado de la conferencia. Aunque ésta se llamó “Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas”, fue Estados Unidos el que la dirigió.

Para que no hubiera voces disidentes, Estados Unidos controló estrictamente todos los procedimientos, designando como relatores y secretarios a funcionarios del Tesoro que había entrenado para ese fin. Como la mayoría de los delegados no entendían inglés –el idioma principal de la conferencia–, tal control no era difícil. Sin embargo, había una apariencia de participación, siempre que ésta no se enfrentara con el objetivo general de la conferencia. Goldenweiser, un delegado del Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, resumió así el enfoque estadounidense: “Todos pueden opinar, siempre que sean complacientes o no digan nada”.

Para neutralizar a la única fuente potencial de disidencia, Harry Dexter White designó a Keynes como presidente de una de las tres comisiones en que se dividió el trabajo de la conferencia. Se trataba de la Comisión 2, que se ocupaba de la propuesta del Banco (el futuro Banco Mundial). Aunque Keynes pudo, gracias a esta posición, influir en la determinación del marco de esta institución, no logró influir en la del FMI, dado que el propio White encabezaba la comisión respectiva.

El grado de manejo de la Conferencia por Estados Unidos quedó claro en la determinación de las cuotas de los países miembros del Fondo.  Este asunto ha sido y es central para el gobierno del Fondo, porque la cuota determina el poder de votación y control. Sin embargo, esta cuestión crítica fue decidida de modo unilateral por Estados Unidos. 

Así lo explicó Raymond Mikesell, funcionario del Tesoro bajo la secretaría de White, a quien encomendaron la elaboración de una fórmula que diera una apariencia de legitimidad a las asignaciones ya determinadas por Estados Unidos: “A mediados de abril de 1943 (...) White me llamó a su oficina y me pidió que preparara una fórmula para las cuotas (...) basada en las tenencias de oro y dólares de los miembros, sus ingresos nacionales y su comercio exterior (...) Yo debía asignar a Estados Unidos una cuota aproximada de 2.900 millones de dólares, al Reino Unido y sus colonias, cerca de la mitad de esa cantidad, a la Unión Soviética, la mitad que al Reino Unido, y a China algo menos. La principal preocupación de White era que nuestros aliados militares (los Cuatro Grandes) tuvieran las mayores cuotas, de acuerdo con una lista acordada entre el presidente y el secretario de Estado (...) Admito que me tomé ciertas libertades al hacer las estimaciones para predeterminar las cuotas. Hice decenas de pruebas, con diferentes criterios y combinaciones de datos comerciales, antes de alcanzar una fórmula que satisficiera la mayoría de los objetivos de White.  La fórmula final para determinar las cuotas fue dos por ciento del ingreso nacional, cinco por ciento de las tenencias de oro y dólares, 10 por ciento del promedio de las importaciones, 10 por ciento de la variación máxima de exportaciones. Estos tres últimos porcentajes aumentaban de acuerdo con la relación entre el promedio de exportaciones y el ingreso nacional. Después, en la conferencia, cuando se me pidió que explicara los criterios para la estimación de las cuotas, ofrecí un seminario de 20 minutos sobre los factores tomados en cuenta para el cálculo, pero sin revelar la fórmula.  Traté de que el proceso pareciera lo más científico posible, pero los delegados eran lo suficientemente inteligentes para saber que el proceso era más político que científico”.

Para los países del Tercer Mundo, sobre los cuales esta decisión caería con todo su peso, la conferencia de Bretton Woods no significó una oportunidad para hacer sentir su presencia. Para empezar, muy pocos de ellos tenían representación, porque la mayoría estaban todavía bajo el dominio colonial.

La mayoría de los representados eran de América Latina, y los regímenes que representaban eran, salvo México, permeables a la influencia y el control de Washington. En ese momento histórico, China estaba representada por el corrupto régimen del Kuomintang, cercano a Estados Unidos. India todavía no había alcanzado la independencia plena y viajó a Bretton Woods como parte de la delegación británica.  Fue un delegado de India el que realizó la declaración más perspicaz de la conferencia sobre la situación de los países en desarrollo.  “Nuestra experiencia nos ha demostrado que las organizaciones internacionales tienden a enfocar todos los problemas desde el punto de vista de los países avanzados de Occidente”, dijo Shanmukham Chetty a la Comisión 1. Aunque concordó plenamente con el objetivo declarado en el Artículo 1 del Convenio Constitutivo del Fondo, de alcanzar un crecimiento “equilibrado” del comercio internacional, observó lo siguiente: “El término ‘crecimiento equilibrado’ se entiende en general como un incremento en el volumen comercial aproximadamente igual en las importaciones y las exportaciones, para evitar desequilibrios en la balanza de pagos internacional. Aunque éste es un aspecto importante del crecimiento equilibrado, (...) nosotros asignamos gran importancia también al equilibrio y la composición del comercio internacional. Un flujo predominante de materia prima y comestibles en una dirección y de productos altamente manufacturados en la otra no constituye un comercio internacional realmente equilibrado. Sólo prestando más atención a las necesidades industriales de países como India se puede alcanzar un equilibrio real y racional”.

Para resolver esta deficiencia, Chetty propuso modificar el Artículo 1 del Convenio Constitutivo para “incluir una referencia específica a las necesidades de los países económicamente atrasados”, pero fracasó.

Tres décadas después, una vez que el sistema de Bretton Woods se había derrumbado, el Banco Mundial y el FMI se decidieron a prestar atención a las necesidades de esos países. Lamentablemente, el desastre ya era demasiado grande.

 

El acta final

Una vez que Estados Unidos se aseguró el control de las gemelas fijando las cuotas, no le fue difícil argumentar que ambas instituciones debían tener sede en el país que realizaba la mayor contribución financiera. Gran Bretaña pidió que al menos una de ellas se estableciera en Europa, pero no tuvo éxito. A Estados Unidos sólo le faltaba atar algunos cabos sueltos, y lo logró durante la primera reunión del FMI y el Banco Mundial en Savannah, en marzo de 1946.

Keynes realizó en Savannah su último esfuerzo por limitar la influencia y el control de Estados Unidos sobre las gemelas. Keynes volvió a plantear la cuestión de la sede y sugirió que ambas instituciones se establecieran en Nueva York y no en Washington. Su argumento, que no parece muy persuasivo hoy en día, era que de esa forma estarían a salvo de la influencia política de Washington. En cuanto a la designación y remuneración de los directores ejecutivos del Fondo, propuso que fueran funcionarios de tiempo parcial subordinados a bancos centrales nacionales, para asegurar cierto grado de influencia y participación de ciudadanos no estadounidenses.

Estados Unidos rechazó bruscamente ambas iniciativas. Reiteró su decisión de situar ambas instituciones en Washington y logró un voto mayoritario para su propuesta de que los directores ejecutivos fueran funcionarios de las instituciones, asalariados y de tiempo completo.

Gran Bretaña había sido humillada una vez más, pero eso no le impidió recoger una migaja que Estados Unidos dejó caer. En Savannah, Estados Unidos anunció que, dado que designaría a un estadounidense como presidente del Banco Mundial, Europa podría designar a un europeo como director gerente del Fondo. Keynes, tan contrariado que había considerado recomendar a su gobierno que no ratificara el acuerdo de creación del Fondo y el Banco, persuadió al ministro belga Camille Gutt de que aceptara el cargo. Así se estableció el desgraciado precedente de que los cargos de poder en las instituciones de Bretton Woods se reparten entre Estados Unidos y Europa. La reciente designación del español Rodrigo Rato como director gerente del FMI, pese a las protestas, reafirmó esta deshonrosa tradición.

 

*T. Rajamoorthy es editor de Third World Resurgence.

REVISTA DEL SUR. Septiembre 2004