Carta a mi padre

 

Querido papá

 

Muchos hijos viven a sus padres sin descubrirlos nunca.

Algunos los descubren con melancolía cuando ellos mismos son viejos ya.

Otros cuando, a su vez, son padres.

Pero pocos conquistan a su padre.

Conquistar a un padre es lo más grandioso que puede suceder a un hijo.

Conquistarlo significa hacerlo de uno y atraparlo para siempre; llevarlo con uno, verlo en la tridimención de su amor, su inteligencia y su voluntad, en un todo.

No hace mucho te conquisté para mí y para mis hijos. Te vi por primera vez.

Entonces también descubrí a mamá; y la vi, y los vi y yo mismo me vi.

Habiéndome visto, corresponde, entonces, que me presente a tí como aquel día "cero" de mi nacimiento, aunque cincuenta años después y sin interpósitas personas.

Como bien sabes, (cuánto te dolió!) abandoné la carrera de derecho para dedicarme a la docencia. Recordarás también lo que me dijiste cuando te comuniqué mi decisión:

"Haga lo que le parezca pero yo no lo voy a mantener"

Suavecito, nomás, como para que me diera cuenta que perdía el crédito.

No me fue mal.

Me echaron, aunque no  por  bruto -vaya  esto  para tranquilizarte- de todos los colegios, -bah, de casi todos.

La resistencia que se ofrecía a mis iniciativas me fue alertando acerca de la necesidad de emprenderla por cuenta propia. Paulatinamente fui desarrollando novedosos métodos de aprendizaje que incluían películas, computadoras y mil otros recursos que fueron diferenciando mi alumnado, habiendo llegado al extremo (contra todo lo que aconseja la más pura tradición económica) de seleccionarlos a partir de su capacidad de comprensión de nuestra propuesta. De a poco, y según el emprendimiento  iba rindiendo sus frutos, me fui envalentonando respecto de mis posibilidades de  éxito en la lucha que sostenía contra el sistema. Me lancé tan frontalmente que pronto terminó con mi trabajo "oficial". Me quedé sin cátedras. Fui cesanteado, sumariado y no sé cuántas cosas más, en todos y cada uno de los lugares donde trabajaba. (En algunos casos, en honor a la verdad, yo mismo los mandaba a la mierda).

Como nunca me resultó difícil vivir sin dinero -jamás fue un extremo, eh!- ni vivir sin la parafernalia del juego social (estar en la vitrina) me fui quitando de encima a todos los boludos que se visten de jogging los domingos a la mañana para llevar a sus chicos al club de rugby, del empeño por un auto lindo, del veraneo en Pinamar y de la corbata.

Un proyecto que tenía que ver con mi trabajo me llevó a Europa en tres ocasiones. Esos viajes me dieron la pauta de que la Argentina es, en efecto, una miseria. Lo que es peor, me ha permitido ratificar lo que alguna vez publiqué -gracias a mis locos amigos antes que a mis méritos- en el sentido de que nuestro país no tiene salida o, como decías vos: "acá no pasa ni va a pasar nada".

En fin, como ves, aunque sé que no apruebas nada de lo que he hecho -lo cual se te puede imputar: hiciste lo posible para que fuera yo mismo- soy todo lo libre que mis rezagos de conciencia me permiten, lo que no esté del todo mal: no arrastro chatarra.

Casi olvidaba decirte  que tienes una nueva nieta, Mapu, que junto a Cricket,  constituyen la línea femenina de la segunda generación de trevisitos.

Saben de vos y de la abuela Margarita, de la tía Emilia y, por supuesto, del tío Alberto, que nos visita regularmente trayendo ternura y caramelos que hacen a su delicia.

Tampoco quisiera omitir que muy pronto nos vamos a radicar en Europa, en España, precisamente, desde donde continuará esta historia.

Me pregunto, a veces, cómo se me ha ocurrido escribirte estas líneas, tan personales, que poco pueden importar a nadie como no sea a nosotros dos. No será por darme corte, como sucede con la mayoría de los que escriben estas cosas, ni porque tuvieras una vida intrépida, ni por tus escritos, ni porque hubieras sido campeón de algo...

No.

Simplemente porque te he querido mucho

Gracias papá , porque me hiciste fuerte; porque me educaste para ser libre, honesto y trabajador; porque me inculcaste el amor; porque nunca me pediste nada, porque  en cada encuentro que hemos sostenido en los años de tu vejez, fuiste  capaz de una sonrisa que, aunque cansada y melancólica, no fue de súplica.

Gracias de nuevo.