¿Una Argentina vital?

por Carlos A. Trevisi

 
 

La democracia hacia principios de siglo -digamos hasta los años 30- no estaba sometida a los avatares de la economía mundial. Las economías hasta entonces eran nacionales y se supeditaban al poder político de los países donde operaban. Era un mundo que tenía tiempo, disfrutaba del diálogo y el debate era productivo. Era el mundo de nuestros padres y el de nuestra infancia: comarcal, atomizado, donde el cura era cura, los políticos se morían pobres y los sindicalistas, anarquistas tira bombas, se jugaban a cada paso.

Esto fue así hasta la década del 50, unos pocos años después de terminada la Segunda Guerra Mundial.

Comienza a producirse entonces un cambio vertiginoso. La guerra trajo consigo el desarrollo de nuevas tecnologías -en el campo de las comunicaciones, por ejemplo- que a partir de ahora se utilizarían con otros fines y comenzó a acentuarse la concentración de capitales, su expansión por el mundo, el gran desarrollo del medio mundo “posible” y la intrusión de la economía mundial en las políticas nacionales.

Fue un primer golpe a la democracia y a las instituciones que la sostenían. En Hispanoamérica aparecieron dictaduras por doquier. No podía ser de otra manera, es mucho más fácil negociar con una banda de delincuentes -sólo habla el jefe- que con un cuerpo orgánico donde todo el mundo tiene derecho a la palabra. Ya no todos los países eran interlocutores válidos de las grandes potencias; muchos quedaron en el abandono. Otros, con mejores recursos fueron sobreviviendo: Argentina, Brasil, Venezuela, Chile...

Así, los políticos, para poder gobernar, tuvieron que acatar a su mandante: el poder económico. En la Argentina, Frondizi llevó adelante su plan de desarrollo para poner al país en órbita, es decir para poder dialogar con los grandes. Tenía muy claro lo que pasaría en el mundo a algunos años vista. Su proyecto de integración social autorizó el acuerdo al que llegó con los peronistas. Fue un pragmático que aspiró a resolver el problema del subdesarrollo argentino apartando su derrotero de las ideologías que habían marcado la historia argentina; vio, como ningún otro antes, el desastre que se avecinaba. y se dio a una lucha que, aún a sabiendas de que podía ser estéril, sostuvo hasta el final.

Un día, hablando con él en su piso de la calle Berutti, y estando a solas conmigo me dijo, poco más o menos: la Argentina está perdida. Quedan poco menos de 20 años para que termine el siglo y el problema no es su economía, ni sus instituciones, ni su ejército, ni sus obreros... el problema de la Argentina son los argentinos que no alcanzan a ver que nos separan años luz de un mundo que se despega cada vez más de sus viejos postulados. La democracia, que se va a refugiar en esos países, será el brazo político del capital. Los países desintegrados socialmente y sin desarrollo económico no tendrán democracia. En países como el nuestro, la partidocracia se hará con las instituciones y negociará su supervivencia (la del país y la suya propia) con el poder económico.

Creo que se ha cumplido lo que me anticipó.

Estoy convencido de que el problema de la Argentina no es simplemente operativo, no es instrumental. Es de fondo, es estructural. El asunto no es sólo "una buena administración". Los tipos que piensan, en Argentina, no tienen nada que ver con la política. Son por lo general de izquierdas (progresistas, como se dice ahora) pero ajenos totalmente al hecho político (caso Sábato, por ejemplo). En cambio los políticos, los que hacen política, son incapaces, mendaces y ladrones; oportunistas de comité. Y es que no puede ser de otro modo. ¿Quién que "vea" el mundo puede en un país como el nuestro, en el que el desencanto ha terminado con la esperanza, hacer política? ¿Quién podría en este años de 2003, a la vista de las luchas internas de los partidos políticos, asomarse a un comité a decir lo suyo? ¿A gritarles simplemente a la cara a los menems, duhaldes, moreaus, alfonsines que son todos unos miserables?

Y ahí está el grande y único problema: La relación que mantienen los pueblos con sus gobernantes, en democracia, claro está, varía según sus idiosincrasias pero, además, según que los políticos logren plasmar en actos concretos de gobierno lo que los pueblos quieren.

La Argentina de fines del siglo IXX y principios del XX tuvo una pléyade de políticos que podían estar equivocados -Roca- o no -Carlos Pellegrini, los hermanos Cané, Nicolás Avellaneda, ilustres entre ilustres (y varios otros más que hemos olvidado y ya no podremos recrear) pero no eran ignorantes ni necesitaban mentir.

La pregunta que me formulo últimamente, sobre todo desde que vivo en Europa es si verdaderamente no estará sucumbiendo también la democracia , como han sucumbido los principios. A un Carlos Pellegrini, a un Irigoyen -por poner la contracara del estadista-. se les pedía adhesión a los principios. A un político actual, que vive sometido al poder económico y a la gente, que vive sometida al poder de los medios, ¿qué se le puede pedir más que "responsabilidades"?. Ahí veo el derrumbe. Siempre pensé que la democracia, antes que una forma de gobierno era una forma de vida. ¿Cuál es la forma de vida actual? Ponte a la intemperie y contéstame, amigo. ¿Cómo puedes conciliarla con la democracia? ¿Queda una Argentina vital? ¿La de los yuppies? ¿Cuál?