Acerca de los argentinos (¿o de los porteños?)
por Carlos A. Trevisi (2002)

 
  La inserción de una nación en el mundo exige la contrapartida del reconocimiento que éste ha de otorgar.

Si uno se ve a sí mismo pero no reconoce al mundo se hace fascista o liberal, que, como quedó dicho, en estas latitudes latinoamericanas, es lo mismo. Esto es más o menos lo que le ha pasado a la Argentina. En lo personal, habiendo visto el mundo y habiéndome visto a mí mismo, tuve que asumir, sin necedades, de dónde provenía, cual era mi estirpe. Mi experiencia me permitió llegar a la conclusión que la Argentina y mi mundo primero, los  malcriados porteños, contradecimos todas las instancias del crecimiento: no sabemos elegir; en consecuencia no podemos cambiar y de resultas no crecemos. Y eso es porque no vemos más allá de lo que percibimos. No ordenamos la información que nos llega; confundimos los datos que nos ofrece la realidad y en consecuencia no sabemos crear una estrategia que nos permita llegar al conocimiento de lo que tenemos que hacer para satisfacer nuestras necesidades.

¿Tendrá idea un porteño de las diferencias que lo  abisman del hombre del interior?

Somos antes bien criticones que críticos, es decir superficiales antes que profundos: nada nos viene bien; ni lo que está bien.

Somos convencionales: vamos con la moda; teléfonos celulares, helados de Freddo...

Somos individualistas: hemos perdido el "tú" ( y no porque lo hayamos cambiado por el "vos"): no vemos a los demás..

Somos egoístas: la escasez nos ha hecho perder de vista al otro. Confundimos reconocimiento con halago y le cortamos la cabeza a los tipos que son diferentes, especialmente si son inteligentes.

Somos estrechos: no tenemos capacidad inclusiva: el pobre, el negro, el feo, el homosexual, el gordo... Los diferentes, van muertos.

Somos cerrados: tenemos capacidad exclusiva: el rico, el rubio, el lindo, el...

Somos dependientes: carecemos de iniciativa; obedecemos afuera y rezongamos adentro; concebidos para la servidumbre

Somos tibios: más vale no correr riesgos.

Somos inconsecuentes: no apostamos al largo plazo porque no lo sabemos sostener; todo es aquí y ahora.

Somos monológicos: ego, me, mei. No hay alteridad. El diálogo nos desestabiliza.

Somos autoritarios: tememos al cambio; sin cambio no hay crecimiento y sin crecimiento uno se aferra a valores anacrónicos. Para sobrevivir en estas circunstancias nos ponemos autoritarios.

Somos ociosos: ajenos al ocio creativo, propendemos a dejarnos estar; la “fiaca”, que le dicen

Somos intolerantes: porque vivimos una dimensión autista.

Somos cobardes: no corremos el mínimo riesgo.

Somos librescos: sabemos de todo y no sabemos de nada. Por eso elaboramos estrategias superficiales, de supervivencia.

Somos impulsivos: nuestro transitar es a los saltos, jamás fluido.

Somos algo así como unos meros buscadores de fortuna, o de prestigio. Intrascendentes, en síntesis. Tipos como Borges, Sábato, Cortázar, Milstein. o Fangio no se cotizan en el mercado interno (el tango comenzó a escucharse en Buenos Aires sólo después de triunfar en París).

En fin, algo hemos hecho, sin embargo: inventamos el "colectivo" y el dulce de leche.


Pese a todo,  en el hombre común, en el tipo que patea la calle para ganarse el mango, un algo que lo distingue de otros hombres de otras partes del mundo: su imaginación. Claro que no alcanza: siendo necesaria, no es, sin embargo, suficiente.

Sin embargo...
 

Una de cal y una de arena


Richard Ford, escritor estadounidense, ha sido el encargado de seleccionar los relatos de la “Antología del cuento norteamericano”.

Preguntado acerca del criterio que siguió para hacer la selección dada la gran cantidad de cuentos de calidad que hay en la literatura norteamericana contesta:

[...] debo precisar que las actitudes experimentales a la hora de escribir no son originalmente estadounidenses, proceden de la Argentina, de los años 20 y 30 o del Grupo 63 italiano de los 50. Jorge Luís Borges e Ítalo Calvino me resultan familiares y me gustan y, finalmente, valía la pena introducir obras norteamericanas que tenían intereses estilísticos e intelectuales similares a los de ellos.