Porqué me fui de mi país

por Carlos A. Trevisi

Un viejo amigo de Lomas         de Zamora, mi ciudad natal,   con quien mantengo        correspondencia semanal            acerca de las circunstancias    que pueblan a la Argentina,     me hizo llegar la carta de        una joven en la que manifies-   ta las razones por las cuales      no emigra. No figuraba            su nombre, de modo que     no   se la ha podido identificar.

Su trabajo inspiró una respues-   ta que he coordinado con sus  aseveraciones de modo que queden a la vista los contrastes.

 

 

(Mayo de 2002)

Joven: ¿Por qué no me voy de Mi País?

Porque quiero ser el último en apagar la luz de los corruptos y el primero en encenderla para los patriotas.

Trevisi: ¿Por qué me fui de mi país?

Porque me he pasado la vida combatiendo a los corruptos, la ignorancia, la dejadez, la comodidad en la que se refugiaban mis compatriotas. Porque mientras me mataba en las villas miseria intentando rescatarme de tanta miseria con los que creía que efectivamente estarían dispuestos a un cambio, mis amigos comían asaditos los domingos como si no pasara nada. Porque nadie se daba, dio ni dará cuenta que la educación no es enseñar donde queda el Yant-Se-Kian sino ayudar a descubrir al otro, al que estando ahí nos negamos a ver. Porque me echaron de 11 colegios por el único pecado de estar honestamente en los demás, porque tuve nueve hijos por algo más que azar y tenía, tengo y tendré la necesidad de abrirles camino en el mundo y no en un charco donde la impudicia se ha hecho con todos, con la indiferencia de todos. Porque nadie me hospitalizó nunca en mis errores; al contrario, me recordaban que me lo habían advertido; porque me descalificaban a mí, en lugar de descalificar mis ideas, porque viví rodeado de espectros distinguidos, aspirantes a intelectuales, librescos ignorantes, cobardes que nunca se jugaron por nada ni por nadie.

Porque he visto cómo la Argentina se llevó por delante a los Sábato, a los Borges, a los Milstein, a los Bunge , a los Isaacson... para entronizar un segundo pelo de barylkos, y grondonas.

Porque a mi madre la atropelló un coche que se dio a la fuga, dejándola muerta en la calle, y en tribunales el responsable pagó para que desapareciera la causa; porque mi padre murió como una rata en una clínica del PAMI mal operado por un médico argentino; porque a mi primera mujer un médico le dio “por error” un abortivo en lugar de un remedio para retener nuestro hijo; porque me coimearon para hacer el trámite de la cremación de los restos de mis padres, en el mismísimo momento de la cremación, con los cajones ahí, a mi lado, en la furgoneta que los había trasladado hasta el crematorio; porque los militares me sacaron de mi oficina en Lomas, delante de mi hijo mayor y me tuvieron 4 días de “fiesta” de un lado para otro; porque la escolarización de mis hijos fue un desastre irresponsable en manos de maestros, profesores y directores entregados al “¿Y qué quiere que haga?”... En resumidas cuentas me fui de Argentina porque pese a mis luchas contra la promiscuidad, la injusticia, una educación acartonada que no sirve para nada y la falta de compañeros de lucha, nada he logrado. Porque me he dado cuenta que no basta con la voluntad, que el afecto sin inteligencia no va a ningún lado y que la libertad no existe donde nos está vedado elegir. El resultado está a la vista.

J. Porque no quiero sufrir o disfrutar el país, fuera del país.

T. Cuando uno se va de su país de origen por las razones por las que me fui yo ni sufre ni disfruta nada de lo que quedó atrás. Atrás queda el recuerdo, los momentos felices y los otros, pero no un país. Siempre entendí por PATRIA un espacio y un tiempo para la lucha, jamás para el suicidio.

J. Porque dice el Martín Fierro: "no te apartés del rincón donde empezó tu existencia, vaca que cambia querencia se atrasa en la parición"

T. Cuando me toco asistir a la inauguración del monumento a Esteban Echeverría en Plaza San Martín, allí donde termina Florida, oficialmente enviado por el Nacional de Buenos Aires, (tenía entonces 18 años, en 1960) leí una inscripción que me conmovió: “La Patria no es el lugar donde se nace sino el lugar donde uno se realiza” ( o algo por el estilo).

La querencia es el lugar donde uno se realiza y no donde uno se deja estar fatalmente, condenado por las circunstancias. Se lucha por un lugar, se usa un lugar, se recuerda un lugar, se añora un lugar y lo que se ama son las circunstancias de nuestra vida que transcurren en ese lugar, pero no el lugar. El lugar es efimeral: “mi” calle Gorriti de la infancia no existe más, no quedó nada de la casa, ni los árboles ni las mariposas que bailoteaban por el pavimento. Pero quedé yo, y quedó un Carlitos; un Chochó y un Coco (dos a los que el tiempo también se llevó).

En la parición sí hay fatalidad; en la parición hay amor porque parir significa DAR A LUZ y para dar a luz es menester un espacio para el crecimiento, un lugar donde uno pueda intentar ser uno mismo en el otro sin importar “de donde viene” sino “hacia donde vamos”.

J. y dice en la Biblia que cada cual busque entre los suyos.

T. Los míos son todos en cualquier lado. Allí donde haya un tipo capaz de ponerse en común, un tipo que sufra y asuma su sufrimiento, ese tipo es de los míos. En España he podido ponerme en común. En Argentina, nunca.

J.No me iría por los amigos y mucho menos por los enemigos. No me iría porque este País es mío, de mis padres y mis hijos y ¿cómo podría dejar lo que es mío y me pertenece?

T. Yo no me he ido por mis amigos ni por mis enemigos. Me fui por mí mismo. No podría amar a nadie si no me amara a mí mismo. Y si estoy en los demás es porque reconozco en ellos “al otro” que necesito para crecer; porque me doy cuenta que mi aporte y el suyo “nos” hará crecer. Me fui porque no encontré al “otro”.  No entiendo lo de la pertenencia. Nada ni nadie nos pertenece. Ni mis hijos son míos.



J. Cada uno, al irse, deja lo mejor.

T. No lo entiendo, será por eso que no lo creo. Lo mejor y lo peor de mí vino conmigo. Allá quedó la Argentina. Yo ya estoy en otro lado. En el mundo. Ni siquiera sé si España es mi destino final. Acaso, en este transcurrir, muera en otra parte. De lo que estoy seguro es de que no voy a morir en mis seres queridos.

J. Porque todavía le falta mucho al sauce que planté en el patio, mi hijo no conoce Buenos Aires o la nieve y...

T. Yo no planté sauces para verlos crecer. Los planté para sentirme parte de la creación y no un mero testigo; para dar vida, en agradecimiento por el disfrute de una creación que me está vedada en otros ámbitos, para que otros pudieran gozar de su sombra.
Mientras no me servían, de pequeños, los cuidé amorosamente. Ahora, seguramente ya grandes, otras brisas acariciarán sus copas y otros amores crecerán a su sombra. Eso me hace bien porque cierra mi idea de la vida.

J. ... tengo que conversar con unos quinientos poetas de la palabra argentina y sentir su amor, su maravilla.

T. Esta es una licencia poética que muestra su juventud y la esperanza que anida en ella.

J. O a lo mejor sí, me iría del país, pero llevándome mis llanuras, mis cordilleras, mis ríos, mi mar y el fondo de mi mar, y mis desiertos y mis inundados y todas mis latas, todo nuestro silencio inmenso de pájaros, entonces sí, me iría con 37.000.000 de argentinos, con ellos sobre todo, me iría a cualquier lado pero... mejor viajemos hacia a la esperanza.

T. Yo me traje todo eso. Allí dejé a los argentinos.

J. Porque me niego a temer el hambre y la impotencia hasta el punto de abandonarla en otros y negarme en la historia.

T. La historia en este siglo XXI recién comenzado, en el que un presidente de EEUU  se permite ir a advertirle al Papa que la Iglesia Católica anda de picos pardo por USA, no incluye (desgraciadamente) morir de amor al más puro estilo becqueriano. Yo serviré hasta el último suspiro a mis hermanos con esperanza. Soy optimista por naturaleza pero intelectualmente escéptico. Estamos metidos en la mierda hasta las rodillas como para admitir la irrealidad de que somos una maravilla. Así nunca lo seremos. La primera condición es asumirse tal cual es uno para después insertarse en el mundo.


J. A creer que no fuimos, no somos ni seremos. Porque todas las mentiras, los robos o la frivolidad no son ni una brisa en el rostro de nuestros héroes de bronce y carne.

T. No reconozco héroes, pero si los hay, San Martín murió en Europa, en el exilio. Es curioso pero en España –en Europa- no hay héroes. ¿No será que nos hemos inventado héroes y mártires en satisfacción de nuestro propio ego, para ver reflejada nuestra grandiosidad en ellos? ¿No estaremos haciendo lo mismo con la Argentina? Jamás me podré olvidar cuando un ilustre pedazo de estiércol como Bitel* dijo que no había que enviar ninguna delegación al entierro de Borges en Ginebra porque el escritor había traicionado a la patria eligiendo Suiza para su eterno descanso. ¿Habráse visto alimaña de tal calibre? ¿Es que sabría leer y escribir?

Porque el futuro de los hijos no es una coartada, ni la inteligencia o las carreras profesionales que se pagaron con el sudor del pobrerío o de la usura, ni esta inextinguible fantasía de la clase media (material o simbólica) por comprarse la sensación de vivir en una propaganda televisiva.

La sociedad argentina – no sólo la clase media- fue la manifestación más penosa de egoísmo, comodidad, lucro, especulación, mentira, apariencia, quejas y reproches que uno pueda imaginarse. De simbólica no tiene nada. Las señoras del barrio de Belgrano salieron a la calle a golpear las ollas cuando les tocaron el bolsillo, pero las guardaron cuando fue menester una definición que pudiera comprometerlas.

Cuando en el Cuartel Noveno de Lomas de Zamora montamos un programa de radio en una FM clandestina para denunciar al peronismo, la gente dejaba de venir a la “emisora” cuando el intendente les mandaba un camión con comida “para que se dejaran de joder desde esa radio” Y no eran clase media. “Actuaban” de clase media: los derechos a los que aspiraban no conllevaban ninguna obligación, como sucedió con las señoras del barrio de Belgrano: nosotras denunciamos el latrocinio, los demás que pongan el cuerpo.

J. En todo caso prefiero ser un ser humano entre las ruinas a un fantasma en prometidos paraísos.

T. Este juicio menoscaba lo que conlleva el exilio. Debería saber esta niña que es mucho más difícil salir del país que permanecer en él. En el primer caso hay que tener motivos valederos, elaborar una estrategia, correr riesgos y no adherir a una simple actitud de conjunto (“nos vamos porque esto es una mierda”) que no es más que pura diletancia: de esos que así hablan no se va nadie. En el segundo basta con permanecer y echarle la culpa a los políticos, como ha quedado visto en estos últimos meses. Todos fueron a martillar bancos pero nadie fue a desalojar a los políticos de sus madrigueras en las unidades básicas ni en los comités radicales. Otra vez el espectáculo, la puesta en escena: martillazos por doquier, pegarle a Alemann** por la calle, acorralar a los diputados en el congreso... Se carece de la concentración que exigen el rigor del pensamiento y la precisión en la acción: sólo hay impulsos, irreflexión; teatro, nada más que teatro.

J. Porque dediqué toda mi vida a la belleza y sus palabras y no encontraría jamás el término exacto para describir el resplandor de estos cielos del sur a aquellos que no tuvieron ni estos padecimientos ni esta luz. Porque ser ARGENTINOS es un PRINCIPIO que no sella pasaportes.

T. No entiendo eso de que ser argentino sea un principio. Sinceramente no lo entiendo más allá de una licencia poética. Ser argentino, en estos términos, coarta la vida.

Notas* Bitel: político argentino; peronista
** Economista liberal argentino.