EL GAUCHO MARTÍN FIERRO A LAS PUERTAS DEL 2000 
por Silvia Vales

(2002)

 
 

1. La vigencia de una figura


No es una novedad que un clásico deba tener vigencia. De hecho es clásico justamente por eso: porque resiste la prueba del tiempo. Podemos leerlo pasados muchos años de su concepción y nos parece que hubiera sido escrito para lo que sucede en el presente del lector. Quizás sea así. Los grandes de la Historia de la Literatura escribieron "para adelante", no sólo dan respuestas a inquietudes de sus contemporáneos. Son y serán testigos vitalicios de las angustias y problemas eternos de la Humanidad. Sin embargo, no deja de sorprendernos la actualidad de algunas prosas, poesías y dramas, escritos muchas veces hace siglos. Tal vez, la sorpresa surja de que nos cuesta aceptar que, en ciertos temas, la tan mentada evolución de la especie humana no es más que un mito. El mito del eterno retorno. 

Suena desesperanzado pero, hay que reconocer que, en este fin de milenio, contrariamente a lo que pensaban nuestros abuelos, las cosas no fueron - ni en la Argentina ni en el mundo - como las ilusiones positivistas lo prefiguraban. 

La figura del gaucho Martín Fierro de fines del siglo XIX, representante de una clase desheredada que pugna por insertarse en un nuevo sistema social, reaparece y se agiganta con la fuerza que sólo tienen los grandes personajes de los clásicos de todos los tiempos. 

Sucede que este gaucho de fin del siglo XX no usa bombachas ni chiripá, ni anda a caballo por la pampa. No forma parte del contingente de frontera ni vive en las tolderías con los indios. No lo llaman gaucho ni participa con morenos en payadas de contrapunto. Sin embargo, está presente en cada uno de nuestros países latinoamericanos y subdesarrollados. Sigue vigente cada vez que las políticas aplicadas por los gobiernos dejan "fuera del sistema", condenados a la desaparición o a una vida de desdichas a miles de seres humanos. 

En este fin de milenio, Martín Fierro podría volver a encontrarse con sus hijos para que cada uno de ellos contara sus penurias. Aunque creo que no habría pulpería capaz de cobijar a tantos millones de marginados. 
 

2. Gauchos de ayer y de hoy


El libro más importante de la literatura gauchesca y la obra cumbre de la literatura argentina comprende dos partes que fueron publicadas separadamente con un lapso de siete años. El gaucho Martín Fierro en 1872 y La vuelta de Martín Fierro en 1879. 

Las injusticias y arbitrariedades que Hernández denunció en este libro eran una realidad que su autor conocía en profundidad. ¿Cuál era el contexto social del que José Hernández era testigo? ¿A quién representaba el gaucho Martín Fierro?. 

Desde comienzos del siglo XIX se llamaba gaucho al habitante de las llanuras vecinas al Río de la Plata, a las del Litoral y a las del NO argentino. Ya la etimología de la palabra (del quechua huacho, "animal huérfano" o del araucano gachu y guachu, "gente de campo") alude a un tipo social nómada y libre, producto del mestizaje entre español e indio. Este gaucho nómada era "dueño de las pampas" y vivía de las vaquerías o sea, de la venta - generalmente ilegal - de los cueros de ganado vacuno que se conseguían organizando grandes partidas de cazas de ganado cimarrón (toros y vacas salvajes). También de los malones, los famosos latrocinios de estancias. 

Era un tipo hábil con el cuchillo y la lanza, diestro jinete pero desconfiado y ladino. 

Para cuando aparece la primera parte de Martín Fierro, este tipo social, el gaucho nómada, había desaparecido casi por completo. 

La inmigración europea había comenzado a arribar al país y el gaucho se vio obligado a afincarse y a cooperar con el trabajo del inmigrante en tareas agrícolas, lo que lo convirtió en "paisano gaucho" o gaucho sedentario, conchabado en una estancia. Es decir, la evolución económica lo transformó pero no lo convirtió en dueño sino en peón de estancia. 

Pero esta transformación no fue tan simple ni tan ideal como puede desprenderse de esta reseña. 

El llamado período de "Organización Nacional" utilizó al gaucho para la línea de fortines, en la "Conquista del Desierto", en su avanzada contra el mundo indígena. Anteriormente, habían sido utilizados en las luchas por la Independencia y en todas las luchas internas producto de las rivalidades entre caudillos. La Guerra del Paraguay también exigió hombres y el reclutamiento se hizo exclusivamente entre gauchos. 

Por eso, Martín Fierro exclama en el Canto II de la Primera Parte: 
"Estaba el gaucho en su pago 
Con toda siguridá, 
Pero aura...¡barbaridá! 
La cosa anda tan fruncida 
Que gasta el pobre la vida 
En juir de la autoridá." 

El presente ("aura") que menciona Martín Fierro es la década del ´60 y el último verso de esta estrofa se refiere al destino que prefirieron elegir algunos: ser gaucho alzado, matrero, fugado, desertor. Era una salida lógica frente a las arbitrariedades del poder, para el que todo gaucho era "vago y mal entretenido" y por lo tanto, pasible de ser reclutado y llevado a la frontera o a la guerra para defender tierras que no le pertenecían y conquistar otras de las que tampoco iba a ser dueño.Para el proyecto de país que imaginaron los hombres llamados posteriormente "La Generación del 80", dentro de su ideología liberal, el gaucho debía asimilarse o desaparecer.


Dice Mansilla en sus Memorias: 

"El gaucho simbólico se va, la aldea desaparece, la locomotora silba en vez de la carreta, en una palabra, nos cambian la lengua...el país. ¿Quiénes? Todos los que pagamos tributo a lo que se llama Progreso." 
Qué curioso. Todavía sigue en pie esa concepción que dice que en pos de la modernización, de la entrada al "Progreso" que hoy es sinónimo de "entrada al Primer Mundo", todo es válido. "Caiga quien caiga" hay que subirse a ese tren. Los cambios hay que hacerlos, no se puede parar "el tren del Progreso", aunque los costos impliquen daños a vidas humanas. Son números, errores, "excesos", inevitables para los pioneros. 
Total, siempre se puede pedir perdón. 

José Hernández levanta su voz para señalar el trato injusto y arbitrario que recibía el gaucho. Lo manifiesta desde el principio en la carta prólogo a su editor y amigo, José Zoilo Miguens, refiriéndose al libro: 

"No le niegue su protección. Ud. que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país". 

La voz de Martín Fierro lo explica mejor: 
"Pues si Usté pisa en su rancho 
Y si el alcalde lo sabe, 
Lo caza lo mesmo que ave 
Aunque su mujer aborte... 
¡No hay tiempo que no se acabe 
ni tiento que no se corte! 

Y al punto dése por muerto 
Si el alcalde lo bolea, 
Pues ahí nomás se le apea 
Con una felpa de palos. 
Y después dicen que es malo 
El gaucho si los pelea. 

Y el lomo le hinchan a golpes, 
Y le rompen la cabeza, 
Y luego con ligereza 
Ansí lastimao y todo, 
Lo amarran codo con codo 
Y pal cepo lo enderiezan." 

Las relaciones con la actualidad se establecen solas, a pesar nuestro. 

Cuando leemos la descripción que hace José Hernández de su personaje, la relación con nuestros marginados actuales es inevitable, sobre todo a los de Latinoamérica. Pensar que Colón cuando llega a las bocas del Orinoco, cree estar en el Paraíso Terrenal... Qué lejos estamos de ese paraíso utópico que era América para los españoles hace 500 años. 
Las imágenes de torturas, de desapariciones de seres humanos en manos de las fuerzas de seguridad, del "gatillo fácil" en pos de una cruzada santa para eliminar a los que sobran, a los marginales, a los que están fuera del sistema, vienen a nuestra mente fácilmente porque son moneda corriente en nuestros países dependientes. 
Y no sólo en ellos. Aún en los países "avanzados" (?) miles de inmigrantes mueren de hambre y frío o son asesinados, no sea cosa que vayan a molestar su vida de necesidades básicas satisfechas. Evidentemente este nuevo milenio nos encuentra muy desmemoriados y bastante menos solidarios. 

Pero volvamos a nuestro gaucho de ayer: 
"El anda siempre juyendo, 
Siempre pobre y perseguido, 
No tiene cueva ni nido 
Como si juera maldito; 
Porque el ser gaucho...barajo! 
El ser gaucho es un delito". 
Vs.1319/1324 
 

Para la asimilación que reclamaba el pensamiento del fin del siglo XIX, había una solución: la educación. Al menos, así lo soñaba el pensamiento liberal de entonces. Y lo señala el mismo José Hernández en la carta citada anteriormente a su editor de la Primera Parte: 

"Me he esforzado, sin presumir el haberlo conseguido, en presentar un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que les es peculiar: dotándolo con todos los juegos de su imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez, inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y los arrebatos, hijos de una naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado". 

La educación era la llave para entrar al siglo XX y participar del Progreso que llevaría al hombre a la felicidad absoluta. 
En La vuelta de Martín Fierro, José Hernández retoma estas ideas en el Prólogo conocido como "Cuatro palabras de conversación con los lectores": 

"a fin de que el libro se identifique con ellos de una manera tan estrecha e íntima que su lectura no sea sino una continuación natural de su existencia. Sólo así pasan sin violencia del trabajo al libro y sólo así esa lectura puede serles amena, interesante y útil." 

La primera parte se había convertido en un "best seller" para la época, a pesar de que la mayoría de sus lectores eran analfabetos y tuvieron que aprendérselo de memoria. 

Es clara la intención de Hernández en la segunda parte: el gaucho debe aceptar su nueva realidad y adaptarse. El libro y la educación serán los vehículos de la transformación. Quizás habiendo comprobado la llegada de su libro a esos millares de analfabetos se decide a ayudarlos a través de unos seres de ficción con quienes el gaucho se identifica. 
En boca de casi todos los personajes, pondrá José Hernández el fin didáctico que se proponía después del éxito alcanzado con la Ida. Su libro debería ayudar al gaucho a adaptarse, si no, estaba condenado a la desaparición. 

Dice el Hijo Mayor de Fierro en la Segunda Parte, refiriéndose a los días pasados en su prisión injusta: 
"En tan crueles pesadumbres, 
En tan duro padecer, 
Empezaba a encanecer 
Después de muy pocos meses; 
Allí lamenté mil veces 
No haber aprendido a leer." 
vs. 1959/1964 

De una manera u otra, todos los personajes le dicen al gaucho: "educate, aprendé a leer, asimilate al nuevo sistema" 

El hijo segundo, después de la muerte de Vizcacha, su tutor, dice: 
"Decían entonces las viejas, 
Como que eran sabedoras, 
Que los perros cuando lloran 
Es porque ven al demonio; 
Yo creía en el testimonio, 
Como cree siempre el que inora." 
Vs.2703/8 

Y en los famosos consejos finales a sus hijos, Martín Fierro les dice: 
"Yo nunca tuve otra escuela 
Que una vida desdichada: 
No estrañen si en la jugada 
Alguna vez me equivoco; 
Pues debe saber muy poco 
Aquel que no aprendió nada. 

Hay hombres que de su cencia 
Tienen la cabeza llena; 
Hay sabios de todas mentas, 
Mas digo sin ser muy ducho: 
Es mejor que aprender mucho 
el aprender cosas buenas." 
Vs. 4601/4612 

La educación como posibilidad de mejora, como tabla de salvación para esos náufragos del liberalismo de entonces. Y es en este punto donde la figura de los políticos de fin de siglo se agiganta. La tarea que muchos de ellos emprendieron contra el analfabetismo y la barbarie los redime de cualquier crítica negativa. Sarmiento, Avellaneda, Mitre, el mismo Roca. A la distancia, esos hombres tuvieron una cosmovisión de país en la que la instrucción pública debía cumplir un rol fundamental. Puede parecer una cuestión simplemente semántica, pero la elección de las palabras no es fortuita y menos para hombres que además de políticos eran escritores. Sarmiento llama al Ministerio de Educación del que estaba a cargo quien luego será su sucesor, Avellaneda, "Ministerio de Instrucción Pública". Esto dejaba clara la imposibilidad de obviar la responsabilidad del Estado en la instrucción de toda la población porque le permitiría a los marginales del sistema, entrar al mismo y ascender socialmente. En junio de 1884, pocos años después de la publicación de la Segunda parte de Martín Fierro, es promulgada la Ley de Educación Común, conocida como la "Ley 1420" que establecerá en todo el territorio de la Nación Argentina la educación laica, gratuita y obligatoria para los niños entre 6 y 14 años. 

Un censo de un año antes había sido el espaldarazo para que la ley fuera promulgada a pesar de los reparos que ponía el catolicismo de la época. Ese censo, que merece llamarse "Censo de Analfabetismo infantil" porque arrojó un resultado del 71 % de analfabetismo entre la población infantil, hizo que los legisladores apuraran la promulgación de la ley. La Iglesia puso "el grito en el cielo" porque se excluía la enseñanza religiosa de las escuelas públicas. 

Sin embargo, la Ley se promulgó. Todo el peso del Estado a favor de la Instrucción pública. En este fin de siglo, nos encontramos con un Estado que es irredimible porque ha delegado una responsabilidad que le es propia. Ya no interesa "aprender mucho", ni "aprender cosas buenas", como aconsejaba Fierro a sus hijos, simplemente, ya no interesa que aprendan. 

Es tal la brecha que se ha establecido entre las clases sociales que esa ilusión de fines del siglo XIX de las clases bajas de ascender y progresar socialmente mediante la educación se ha convertido en un sueño imposible de concretar, porque ... ni siquiera hay trabajo para mantener a la familia. Y la preparación que se exige para conseguir empleo sólo puede ser comprendida por la abundancia de oferta pero es inadmisible sin la participación del Estado. Es un círculo perverso : no estás capacitado para conseguir el empleo que la Multinacional necesita pero la Capacitación debe correr por tu cuenta. Cómo acceder a ella si ni siquiera tengo un empleo para dar de comer a mis hijos o para viajar. 

En tanto, el modelo educativo actual esgrime sádicamente: "Falta capacitación, ni siquiera saben manejar una PC". Cómo si no tuvieran responsabilidad en haber llegado a ese estado. 

Y aún peor. Esos seres, sin sueños y sin esperanzas ni siquiera sirven como hace unos años como mano de obra barata. Deben ser brutalizados y si molestan mucho, recluyámoslos donde no molesten y si no se conforman con "las torres del olvido" como se titula la famosa novela del australiano George Turner, deben ser víctima de la exterminación por parte del Estado. 

Sigamos con nuestros gauchos de ayer: 

Dice Picardía, el hijo de Cruz en la Segunda Parte, refiriéndose a los que son enrolados por la fuerza en la línea de fronteras con el indio: 
"Siempre el mismo trabajar 
siempre el mismo sacrificio, 
es siempre el mismo servicio 
y el mismo nunca pagar. 

Siempre cubiertos de harapos 
Siempre desnudos y pobres; 
Nunca le pagan un cobre 
ni le dan jamás un trapo. 

Sin sueldo y sin uniforme 
Lo pasa uno aunque sucumba; 
Confórmese con la tumba 
Y sino...no se conforme." 
Vs. 3605/3616

Conformarse. Bajar la cabeza y seguir. 

El índice de desempleo actual, rondando el 20% no permite demasiada rebelión. Es un círculo perverso perfecto. 

Veamos. El cóctel es fatal: alto índice de desempleo, falta de capacitación, abandono total de la responsabilidad educativa por parte del Estado (en la provincia de Corrientes, por ejemplo, no sólo no hubo clases en todo el año porque a los maestros se les adeudaban los salarios, sino que en los últimos días la solución fue decidir por decreto que... todos pasan al grado superior!), miles de jóvenes entre 18 y 24 años que no hacen nada, no tienen espacio en el sistema, ni un proyecto de vida. Mientras, el alcoholismo y la drogadicción y también la delincuencia se ofrecen como salidas sin retorno. Claro, para el capitalismo salvaje de fin de siglo sólo interesan los consumidores. A ellos sí que hay que cuidarlos... El resto queda afuera del círculo dorado, no tiene “el privilegio de pertenecer”. No necesita ser atendido, no tiene tarjeta de crédito ni cuenta bancaria. No consume, ergo...no existe. 

“Y digo aunque no me cuadre, 
decir lo que naides dijo: 
la Provincia es una madre 
que no defiende a sus hijos. 

Mueren en alguna loma 
En defensa de la ley, 
O andan lo mesmo que el güey, 
arando para que otros coman. 

Y he de decir ansimismo 
Porque de adentro me brota, 
Que no tiene patriotismo 
Quien no cuida al compatriota.” 
vs. 3713/3724

3. Necesitamos una payada de contrapunto 

El episodio más conocido de la Segunda Parte de Martín Fierro, después del personaje de Vizcacha, es la payada de contrapunto con el Moreno. Se llama “Payada de Contrapunto” a aquélla en que un payador canta pero con la intención de desafiar a un contrincante que debe dar respuesta a lo preguntado por el que empieza. Después que responde el segundo payador, propone otra cuestión y así se van alternando. Es una competencia, siempre hay un ganador y un perdedor. 
En el final de la Segunda Parte, Martín Fierro propone una Payada de Contrapunto a un Moreno que está presente. Se suceden las distintas cuestiones y finalmente se descubre que este Moreno buscaba en realidad otro tipo de pelea. Quería vengarse por la muerte de su hermano en manos de un Martín Fierro borracho, episodio que aparece en la Primera Parte. 

Martín Fierro rechaza la pelea y reconoce el valor del moreno cantor. Pide disculpas por la muerte, de la cual está sinceramente arrepentido y comienza con los consejos a sus hijos antes de partir cada uno para su lado. Toda la payada es de un alto valor filosófico, moral y literario y tiene coplas memorables. Recordemos algunas. Dice el Moreno: 

Yo no soy cantor ladino 
y mi habilidá es muy poca: 
mas cuando cantar me toca 
me defiendo en el combate,
porque soy como los mates: 
sirvo si me abren la boca. 

Dende que elige a su gusto, 
Lo más espinoso elige; 
Pero esto poco me aflige, 
Y le contesto a mi modo: 
La ley se hace para todos, 
Mas sólo al pobre le rige. 

La ley es tela de araña, 
En mi inorancia le esplico: 
No la tema el hombre rico, 
nunca le tema el que mande 
pues la ruempe el bicho grande 
y sólo enrieda a los chicos.” 
Vs.4229/4241 

Qué lamentable vigencia... Volviendo a “la payada de contrapunto”. 

Nunca tuvimos una payada de contrapunto acerca del tema educativo. Nunca se hizo una disputa en serio, desafiante, competitiva, riesgosa sobre la educación en la Argentina. Por lo menos, después de la discusión laica-religiosa. ¿Por qué? Porque debatir sobre la educación es debatir sobre qué tipo de país se quiere y asumir las consecuencias de ello. ¿Qué país queremos para el siglo XXI? Equivocados o no, los hombres contemporáneos de Hernández sí tuvieron esa “payada". Acá hubo mucho ”verso”, muchos “payadores”, “mucha guitarra” pero ningún debate en serio con todos los protagonistas, acerca de qué modelo educativo se necesita, qué competencias necesitamos desarrollar o favorecer para el país que queremos tener dentro de unos años. Se aplicaron fórmulas, parches, pequeños e intrascendentes cambios “para que nada cambiara”. Mientras, los marginados aumentaban y la escuela privada crecía para regocijo de muchos bolsillos inescrupulosos y de algunos responsables. El pueblo veía azorado cómo el Estado hacía la “vista gorda”, acentuando a sabiendas las diferencias entre los argentinos más ricos y los más pobres. El modelo educativo vigente en los últimos años no fue casual, sino un deliberado plan al servicio de la desigualdad y la dependencia. Fue lamentable y deprimente a lo largo de estos últimos años, la imagen de los pobres maestros ayunando frente al Congreso y lo que, en un principio fue una forma novedosa de protesta, pronto se convirtió – gracias a una gran habilidad del gobierno – algo más del paisaje cotidiano. La habilidad del gobierno consistió en la siguiente premisa: 

“Ignorar las protestas, ignorar las críticas, en algún momento se acallarán y si no es así, nos acostumbraremos todos a convivir con ellas.” 

El acostumbramiento finalmente conduce a la indiferencia. La indiferencia es igual a la desaparición del conflicto. 
Hay que reconocerles además un cinismo y una insensibilidad a toda prueba.

 

En todos los temas se aplicó la misma técnica: indulto a los militares, pérdida de conquistas sociales, desempleo, inseguridad, aumento del analfabetismo, aumento de la mortalidad infantil, aumento de los índices de pobreza. 

Y se logró el objetivo: “¿Para qué protestar si no nos escuchan y encima podemos perder el empleo?” 

“Para él son los calabozos, 
para él, las duras prisiones; 
en su boca no hay razones 
aunque la razón le sobre; 
que son campanas de palo 
las razones de los pobres” 
Vs. 1373/1378, I

Estamos en presencia de una nueva forma de esclavitud en la que los esclavos no tienen cadenas ni grillos, no están encerrados en oscuras y húmedas mazmorras. Sin embargo, están resignados a una suerte incierta, a trabajar por un sueldo miserable en el mejor de los casos y a presenciar de lejos, la Fiesta de unos pocos y de la que nunca podrán participar. 

“Más Dios ha de permitir 
que esto llegue a mejorar, 
pero se ha de recordar 
para hacer bien el trabajo, 
que el fuego, pa´calentar, 
debe ir siempre por abajo.” 
Vs. 4835/4840, II 

No hay tiempo para más “parches”. Martín Fierro, símbolo de todos los desheredados, golpea a las puertas del 2000 con el mismo pedido que a fines de 1800: 

“El fuego pa´calentar, debe ir siempre por abajo”. 

Si las políticas de los gobiernos son aplicadas para beneficio de unos pocos, si el modelo educativo no es el resultado de un debate serio y no simplemente un cambio circunstancial, si se aplican a la Educación “las teorías del Mercado” donde todo se analiza como Costo/Beneficio, la educación – en lugar de una inversión, la más importante – va a seguir siendo una pérdida, pero lo que se va a perder es ni más ni menos que un país.