Acerca de los derechos que nos asisten a los argentinos

por Carlos A. Trevisi (1999)

 
 

La vigencia de un derecho está íntimamente ligada a la posibilidad de su ejercicio. Un derecho que no se puede ejercer deja de ser tal. Las circunstancias que encierran el ejercicio de un derecho pesan más que el derecho mismo. Pretender que a un marginal le asiste el derecho de tener un teléfono es una ironía cuando no una burla. ¿ A quién puede llamar un pobre tipo que vive en un asentamiento ¿ al médico, a la policía, a la suegra para que le cuide a los chicos mientras el matrimonio va al teatro ?

Tales derechos son puramente declamatorios y, en consecuencia, la posibilidad de su ejercicio sólo puede ocurrírsele a los idiotas útiles que habitan criptas intelectualosas donde se descarna al hombre para poder seguir viviendo al margen de la realidad, o a los políticos, que instalan el teléfono a cambio de votos.

El "pobre-tipo-también-tiene-derecho" que aprendió que los tiene , aunque no sepa cuáles, va a aceptar el teléfono que le acaban de instalar en la "cabecera del asfalto", entre otras cosas porque se hace con todo lo que le viene de arriba (aunque no le sirva para nada); al mismo tiempo, como no es imbécil, por un mecanismo especulativo al que nadie es ajeno -"ya que están dando, voy a pedir"- a los dos días corta la ruta con una barricada de cubiertas en llamas para pedir un puente para que los autos no le aplasten al pibe cuando la cruza para ir al colegio. La complacencia que nos animaba respecto del "pobre-tipo...", repentinamente se torna en brutal desprecio y el infeliz pasa a ser un "negro-hijodeputa-que-no-se-conformaN-con-nada", con el que hay que acabar porque "no respeta los derechos de los demás"... y, vaya preso o no, ya está condenado.

Un escalón más arriba, el "pobre-tipo-también-se-compró-un-autito", que sabe de su derecho a disfrutarlo pero que no puede asumir las obligaciones que conlleva su tenencia, se lleva por delante una vieja y se transforma en un "negro-hijodeputa-no-se-para-qué-quiereN-auto", que va preso (o no), igual que el otro, porque circulaba sin seguro, sin registro, sin luces y sin frenos.

Los derechos que nos asisten como seres humanos, su legitimidad y discurso quedan reservados a lo social o a lo puramente antropológico; desde el punto de vista del hombre concreto, los factores de poder económico en connivencia con los políticos resuelven, en nombre de los "sagrados intereses de la patria", solapadamente, con maniobras que escapan enteramente al control de la gente, qué derechos sí y para quién, y qué derechos no. Refuerzan el esquema los que se masturban teorizando -los de la cripta- que en nombre de todos los infelices que somos, claman al cielo por nuestros derechos, haciéndolos llover sobre la gente desde la cátedra o desde publicaciones "progre".

Así, declamando el derecho a una educación para todos, los políticos reglamentan su gratuidad, los masturbetas la apoyan (con reservas, por supuesto) y los dueños del poder se mueren de risa porque saben que la escuela pública no sirve para nada y está en sus proyectos dejar que la maten los mismos maestros. Mientras tanto, los padres pierden sus empleos, no pueden mantener a la familia , los chicos salen a la calle a abrir las puertas de los taxis en la estación Constitución y la deserción escolar en los grandes centros urbanos llega al cincuenta por ciento; eso sí, el derecho existe.

Así, también nos hacen votar -por aquello del derecho que asiste al pueblo de elegir a sus autoridades, la Constitución y no sé qué más- y cuando se les antoja, con tanques o con corridas financieras, derrocan a los que nos hicieron elegir.

Ni hablar del derecho a la justicia: en manos de los poderosos de turno, sirve a sus intereses, postergando aquellos de los ciudadanos que ven frustrados justos reclamos entre los meandros de una burocracia lenta y prepotente; denunciada por todos, la justicia no ha asumido que el ejercicio de un derecho será una ilusión mientras no exista la obligatoriedad de su contrapartida: ¿ qué significa el "derecho al trabajo" si nadie tiene la obligación de dar trabajo... si a nadie se puede ejecutar por no dar trabajo ? ¿ Y aquel otro de una "vivienda digna"... o el de la "ancianidad"? Sólo los derechos contractuales, los que las partes firman, ofrecen garantías; los otros, lo que tienen que ver con las personas...

¿Y la seguridad? En manos de gente reclutada de entre lo más bajo de la sociedad; delincuentes con uniforme...

La salud y la prevención de las enfermedades ha caído a límites insospechados: cólera, tuberculosis...

Planteadas así las cosas, siendo que las circunstancias condicionan el ejercicio de los derechos que nos asisten, y no pudiéndose con la trabazón que impone una clase dirigente inmoral que se reserva para sí el manejo de todas las variables, su ejercicio es una mera ilusión.