La Argentina: una historia tristemente sencillita

 

La Argentina tiene una historia sencillita.

Este detalle, la sencillez, sin embargo, no la ha privado de sangrientos episodios que, me atrevo a afirmar, en contra de la mayoría de las opiniones y hasta de tratados historiográficos, no han conducido a nada como no sea al sacrificio de miles de hombres.

El resultado está a la vista. Si pudiéramos arrancarla del globo terráqueo ni se notaría; tal su irrelevancia.

Estimo que su problema es haber nacido en los suburbios del mundo, ser rica y no tener identidad. Si agregamos a eso que Buenos Aires se la comió cruda, poco queda por decir: suburbana, atractiva y N.N.: carne fresca para madamas (telúricas) y proxenetas (exóticos).

Me pregunté mil veces cuándo había comenzado este manoseo. Y siempre encontré la misma respuesta: al momento de nacer, allá por el siglo XVI, cuando, dos españoles mediante, uno primero y otro después, se fundó Buenos Aires.

Y cuidadito con imputarles nada a los “gallegos”, eh! porque cuando se fundó Buenos Aires había seis indios que se prestaron para la foto y nada más: era tierra de nadie. Ninguno de los dos, ni Mendoza ni Garay se imaginaron que estaban fundando “la más europea de las ciudades americanas, la ciudad europea por antonomasia, la ciudad que devendría en un foco de cultura que irradiaría a toda América...” No, no, nada de eso. Los “gallegos” querían seguir para el norte y tenían que dejar un enclave que les sirviera para la vuelta y, a la vez, para otros “gallegos” que vinieran en lo sucesivo a hacer “negocios”. Pero siempre al norte, bien al norte (porque el negocio estaba al norte; allí, en la gran pampa, no había más que pasto) Trescientos años pasaron y el tiempo desvirtuó la vía norteña.

Durante esos atemporales años –la temporalidad la da el hombre y por allí todavía no pintaba nadie- el “norte” empezó a bajar por su cuenta. Claro que desde el Alto Perú y no por el Paraná.

Llegado el siglo XIX aparecieron los ingleses en el horizonte de Buenos Aires, aldea promiscua con una catedral que bien podría simbolizar la pobreza de la Iglesia: hay que mirarla fuerte para darse cuenta que es una catedral.

Y ahí se armó.

Cuatro tenderos de la “Gran Aldea”, como la llamaría un historiador poco historiográfico, y alguno que otro abogado –que nunca faltan- despertaron con las invasiones bárbaras (ellos la llamaron “civilización”) del sueño de los listos: la independencia.

Así nació Buenos Aires, civilizada ella, con olor a perfumes europeos y a sobaco de “gallego”;  y así, también, murió el interior del país, bárbaro él, con olor a bosta y a churrasco arrebatado a vacas trashumantes (trashumancia que cesó con la llegado del  inglés Newton , al que hoy día se le tributan honores en un museo -mamarrachada feroz- inventado “ad hoc”, en Chascomús , por haber introducido el alambre para “acorralarlas”. Como vemos, ni el “corralito” ni los “acorralamientos” han estado ausentes en esta historia. La diferencia radique, acaso, en que ahora acorralan seres humanos.

El enfrentamiento era inevitable. Nos matamos durante décadas hasta que la rubia Albión nos dictó la organización nacional. Coincidentemente, las madamas porteñas alistaban a la “niña” y se la lanzaban a los lobos.

Se aprovecharon cuanto quisieron. El gauchaje se moría de hambre pero las madamas paseaban por París. Y el mundo la reconocía (pobre niña) sólo por Buenos Aires, por su exuberante y  pulposo genital, pero no por el sudor de sus axilas, ni por su Martín Fierro, apenas una curiosidad de la literatura, ni por sus pies encallecidos, ni por sus carnavalitos, ni por sus universidades centenarias enriquecidas por siglos de lucha y saber, ni por sus entrañas ya casi estériles...
No, no, nada de eso. La Argentina era la “Reina del Plata” y basta. Allí terminaba; lo demás era gauchaje.
 

Un día los proxenetas se fueron. Las madamas siguieron con el negocio, pero ya no era lo mismo. Devenidas en proxenetas por la fuerza de las circunstancias, no había quien cuidara el burdel y entonces entró el gauchaje. Y entró a caballo, rompiendo todo. Era el desquite de años y años de miserias y dolores. Los gauchos se pusieron corbata, trajes oscuros y vestidos largos. No les lucían, pero no importaba, ya habían llegado. Fue entonces cuando empezamos a comer mierda en vajilla de plata. Cincuenta años comiendo mierda.

Pero ahí no termina.

Muchos gauchos deslumbrados por la Gran Ciudad se pusieron botas y se hicieron amigos de las madamas, que les pidieron que pusieran el burdel en orden. Treinta años más de mierda, pero ahora mierda pura.

Con los gauchos “botudos” se establecieron otros proxenetas a los que no les interesaba la lana, ni el cuero , ni la carne, ni el trigo sino la claudicación definitiva de la “niña del Plata”: los “Filibusteros Miserables Internacionales” que se hicieron con ella gracias al último gran gaucho que ofició de madama como nadie: un indeseable incomparable, un canalla que vino a Buenos Aires desde la patria que habiendo podido ser no fue (el interior del país),  impúdico sinvergüenza que acaba de dar su último golpe sometiendo a los argentinos a la pobreza y a la desesperanza.

Y, colorín colorado, esta historia ha terminado.

Y ya lo creo que ha terminado.

 

Carlos A. Trevisi

 Madrid, 2006