Esclavos  de la globalización, que no siervos

por Carlos A. Trevisi (2004)

 

Por más que nos pese, hay que aceptar la realidad. Y ésta nos dice que la globalización y sus principales mentores han precipitado al mundo en una escalofriante sensación de culpabilidad por no haber sabido hacer las cosas, amén de haberlo sumergido en no menos tétrica miseria.

El “fundamentalismo”, lo ejerza quien lo ejerciere, es la imposición de la ideología sobre la realidad. Si en los hechos la doctrina no funciona es porque no se la entiende, o no se sabe implementar, o lo que fuere, pero jamás porque ésta esté equivocada: la que se equivoca es la realidad.

Este es el pensamiento (fundamentalismo de mercado) , la palabra (haz lo que te digo) y la obra (miseria generalizada) del FMI.

Así como en la década del setenta, en América Latina, por ejemplo, para abonar el terreno que conduciría a la globalización se impulsaron las dictaduras militares, en la actualidad, y desde que se disparó el fundamentalismo de mercado y la necesidad de implementarlo orgánicamente, con la Thatcher y con Reagan , se impuso la democracia como condición “sine qua non” para poder participar de sus “ventajas”.

Claro que la democracia no es un simple juego de instituciones que advenedizos como Menem o Fujimori no tienen en cuenta, o malinterpretan los que la endiosan, poniéndola en los altares y queriendo hacernos creer que con ella se come, se cura y se educa: ni se come (por eso un cura español manda comida a la argentina); ni se cura (por eso en la Argentina no hay insulina) ni  se educa, (por eso la postración de la escuela pública argentina y de los chicos).

La democracia es una forma de vida que no puede inventarse de un día para otro. La democracia exige constancia y costumbre, respeto y esfuerzo, derechos y obligaciones, normas e imaginación, justicia y paz, seriedad y modelos, astucia y formas, participación, diálogo, crítica, sabiduría -más que conocimiento-, dolor para crecer y alegría para recrear permanentemente, libertad para ser y sosiego para estar.

La Argentina, como otros tantos países latinoamericanos, no puede sostener instituciones democráticas porque su forma de vida no es democrática. La argentina es espectacular, es una puesta en escena, llena de actores, iluminadores, libretistas, platea (complaciente) y taquilleros (ávidos).

Y si bien la gran responsable de la catástrofe que padece es la misma Argentina, cabe al FMI haber socavado la recreación permanente de su democracia al haber impuesto políticas que no atienden a los procesos de cambio y de crecimiento del país.

El FMI  ha traicionado su cometido al transformarse en el adalid  de la defensa de los intereses del capital transnacionalizado, en lugar de conservar aquél para el que fuera creado: la estabilidad económica global. El FMI, decíamos, es el principal responsable de la catástrofe al haber impulsado a los países pobres, necesitados de sus ayudas, a caer presa de desaprensivos alfonsines, menems, de la rúas y duhaldes,  por sinvergüenzas,  por imbéciles,  por ignorantes o por lo que sea que, como  ha quedado demostrado no han servido a los intereses del país.

¿Es acaso una mera casualidad “que se urgieran las privatizaciones y la liberalización sin haber creado el ámbito jurídico necesario –las reglas de juego- ni el marco cultural adecuado? El resultado ha sido la corrupción y el capitalismo mafioso, sostenido además con dinero internacional. ¿Cómo privatizar sin ley y sin tribunales para dirimir los abusos, sin gente preparada para ejercer como empresarios en un marco de competencia, sin las condiciones de libertad necesarias para que se pueda hablar realmente de economía de mercado?

Reflexión muy aplicable a la Argentina, aunque Josep Ramoneda, en su comentario sobre el reciente libro “El malestar de la globalizaciónde Stiglitz, premio Nobel de Economía en el 2001, se refiera a Rusia.

Pues habrá que echar a la calle a la farándula, cerrar el teatro y comenzar a transitar la sobriedad de una senda que en Argentina se desconoce y las sucesivas cumbres no esclarecen