EN PELO Y SIN HACER RUIDO
Por Jorge Luis Ubertalli
                                                                                                        Atahualpa Yupanqui

Ese viento que, como decía el Viejo, era canto y camino, trajo la noticia. Del otro lado del mar, luego de pedir un vaso de leche en un hotel francés de Nimes, se había derrumbado don Atahualpa Yupanqui. Fue la noche del 23 de mayo de 1992 que el Viejo, sin despedirse, en pelo y sin hacer ruido galopeó hacia el silencio y se perdió. Pero quedó en todos nosotros, sus hijos y discípulos, en relación con la cultura de resistencia que supo blandir hasta el último momento de su vida.
Poeta mayor del pueblo, cantor, maestro mayor de la guitarra, compositor, paisano entre paisanos, enemigo de dictaduras y patrones, volvió hecho leyenda para ser sembrado bajo un viejo algarrobo del Cerro Colorado cordobés, donde cuando podía asentaba sus reales. Caminador, aguantador de pamperos “apretándose contra los yuyos”, nos dejó su ejemplo y su consecuencia de artista testimonial y hombre de la tierra.

En la huella
Un 22 de enero de 1908, en el partido bonaerense de Pergamino, nació Héctor Roberto Chavero Aramburo, mas conocido como Atahualpa Yupanqui – ‘el que viene de lejos a contar algo’-de padre santiagueño y ferroviario y madre vasca. Desde chico, y luego de un intento fallido de aprendizaje del violín, le hizo a la guitarra, fiel compañera de su vida. Su raíz popular y su vasta cultura musical, artística y filosófica, lo convirtieron en un ícono de la argentinidad rebelde y sin capangas, y debió pagar por ello. Cada lugar del país y del extranjero que visitó- en 1932 debió partir al exilio uruguayo luego de participar en la frustrada rebelión de los entrerrianos hermanos Kennedy contra la dictadura del general Uriburu-le inspiró una copla, que en forma de zamba, chacarera, milonga, vidala o baguala, según se trate, llegó al corazón del pueblo humilde, que la hizo suya.
“Así, en infinitas tardes, fui penetrando en el canto de la llanura, gracias a esos paisanos. Ellos fueron mis maestros. Ellos, y luego multitud de paisanos que la vida me fue arrimando con el tiempo”- escribirá en su libro “El canto del viento”, uno de los siete publicados en su vida. De Buenos Aires, cuando era todavía un pibe, fue a Tucumán, de Tucumán a Jujuy, Bolivia y los Valles Calchaquíes, de allí a Rosario de Tala, de allí al Uruguay a salto de mata…Al regresar de tierra oriental y brasilera se largó a Rosario y luego a Tucumán “nuevamente a padecer” hasta que Buenos Aires, “ciudad gringa”, lo encontró “saltando de radio en radio” en 1935 a este aindiado cultor de artes olvidadas… y despreciadas por el gran mundo a la europea de aquellos tiempos. Regresó al norte: los salitrales, desiertos, selvas, cerros y montañas de La Rioja, Santiago del Estero, Tucumán- donde se casó por primera vez- y Córdoba, donde
conoció a su inseparable compañera  Paule Pepin Fitzpatrick  “Nenette”, lo vieron llegar con su alforja de canciones y poemas. Y también marcharse y empenarse. “Cuando se abandona el pago/ y se empieza a repechar/ tira el caballo adelante/ y el alma tira p’ atrás”.- suspiró en “La Añera”, zamba escrita en 1946 al abandonar tierra tucumana.

Un amigo querido
Desde 1945 hasta 1952, cuando formó parte del Partido Comunista, Atahualpa estuvo prohibido, perseguido y aún encarcelado. Cuatro años más tarde y alejado del PC, al producirse el golpe militar gorila conocido como Revolución Libertadora, volvió a ser perseguido. Ya había estado en París y compartido con Edith Piaf un escenario, pero acá eso no importaba. Errante, enamorado de su tierra, Atahualpa volvió a andar y andar, siendo reconocido en varios lugares de Europa y Asia, aunque en su país “caldo no salía”. “Tuve un amigo querido/que murió en Ñacahuazú/ su tumba no la encontraron/porque no le han puesto cruz”- cantó ante la muerte del Che en su tema “Mi amigo de Ñacahuazú”. Y luego en “Nada Más”, volvió a nombrar sin nombrarlo al Guerrillero Heróico: “Algunos hombres se mueren/para volver a nacer/ y el que tenga alguna duda/ tiene mucho que aprender”- verseó el libertario don Ata. Pero estos homenajes a la
rebeldía no fueron los únicos. Mineros, campesinos explotados, indígenas oprimidos, mujeres duras y tiernas de las llanuras, selvas y cerros y todo aquel o aquella que sufriera una injusticia del sistema capitalista tuvieron en el callado, serio y nada demagógico Atahualpa a un compañero que, a través de su voz y su guitarra, hacía escuchar la de ellos y ellas. En 1972 editó “El Payador Perseguido”, donde narró las desventuras de sus hermanos, las suyas propias. “Mas no fue tiempo perdido/asigún lo ví después/ porque supe bien como es/ la vida de mis paisanos./ De todos me sentí hermano/ del derecho y del revés”- glosó allí, acompañado de su guitarra en aquel “relato por milonga”. “ Yo soy del norte y del sur/ del llano y el litoral/ y naides lo tome a mal/ si hay mil gramos en el kilo./ Ande quiera estoy tranquilo/ pero ensillao soy bagual”- aclaró. Y para que no quedasen dudas sobre su estrella, verseó: “ Yo no soy
un criollo malo/ defiendo la honestidad/ una sola es mi maldad/ y se las voy a decir:/ Con todito mi sentir/ me gusta la libertad”./ “Me gusta cinchar parejo/ cuesta arriba o ande sea/ si mucho se traquetea/ por eso no me acucarro. / Pero no aguanto panzones/ que viajen adentro el carro…”. Y en otro pasaje volvió a aclarar: “ Aunque canto en todo rumbo/ tengo un rumbo preferido./ Siempre canté estremecido/ las penas del paisanaje./ La explotación y el ultraje/ de mis hermanos queridos…”

Epílogo
Aquel 23 de mayo arropé mi gripe, dejé mi tos sobre la cama, exorcicé mi fiebre invernal y me fui al Congreso de la Nación. El Viejo, amortajado con un poncho azul y blanco, descansaba allí dentro de una caja de madera que, estoy seguro, no pudo contenerlo. Recordé sus enseñanzas, su consecuencia artística y existencial, su humildad, propia de un “criollo de antes”. Y aunque me embargó la tristeza, imaginé el momento de su último galope hacia la soledad y el no se que, en pelo y sin hacer ruido. Seguramente en un caballo argentino, como el “Alazán”, al que amó tanto. O aquel otro que defendió a poncho y facón cuando, ya viejo, lo querían llevar al frigorífico.
Hoy, en esa misma fecha, desempolvo la guitarra pampa y murmullo, casi en un rezo y en su homenaje, aquella milonga yupanquiana que termina: “Si muero en mi madriguera/ mirando los horizontes/ no quiero cruces ni aprontes/ ni encargos para el Eterno./Tal vez pasando el invierno/ me dé sus flores el monte”.