La familia y su peso en la escuela
por Carlos A. Trevisi (1999)

La realidad de la familia es cruel porque abandona al niño

Si afectivamente, porque no somos capaces de hacerlo sentir que es parte de nosotros mismos, siendo otro y distinto; porque no le sonreímos, ni vivimos en él, ni lo respetamos, ni le exigimos. Si intelectualmente, porque no pensamos con él lo que él quiere y necesita pensar; porque somos incapaces de crearle situaciones nuevas para que resuelva; porque lo comprometemos en una vida que sólo ofrece modelos estereotipados. Si volitivamente, porque, al no respetar lo que quiere, lo desmotivamos en su heroicidad, algo tan propio de su edad, y porque en lugar de responder a sus interrogantes, nos apuramos a resolver sus problemas atropellando sus propias capacidades. Si desde la libertad que tendrá que ganarse, porque no lo independizamos; no le permitimos que corra riegos; lo hacemos desconfiado; le impedimos que descubra otros espacios; no lo dejamos elegir qué hacer ni como hacerlo ni con quién hacerlo. Así, lanzamos al mundo hijos convencionales, inflexibles, autoritarios, monológicos, egoístas, serviles..

La SGAE ratifica con estadísticas las causas que pueden provocar ese abandono en un informe sobre "Hábitos de consumo cultural". La mitad de los españoles no ha leído un libro ni tiene intenciones de hacerlo; en 1998, el 53 % de los hombres eran analfabetos funcionales; el 64 % de la población que lee, tiene en su casa menos de 100 libros ( "lo cual indica no sólo lo esmirriado del parque lector, sino la ausencia de herencia" (Félix de Azúa, en El País). ( Félix de Azúa: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1425 ) Ante la pregunta "¿cuándo compró un libro por última vez?", el 61% de la población manifestó llevar más de un año sin comprar uno. Continúa Azúa "Ese es el modelo de ciudadano que ha decidido crear la administración, algo así como una bombilla con patas [...] un bicho que se enciende y apaga dándole a un interruptor”. Si agregamos que los vacuos programas de televisión sientan a nuestros niños entre tres y cuatro horas diarias frente al aparato y los padres facilitamos la embrutecedora tarea poniéndoles un televisor en el dormitorio (2 de cada tres niños españoles disfrutan de ese "privilegio"), poco queda por agregar.


Surge así que la interacción de la familia con la escuela es prácticamente -por no decir inevitablemente- nula, y su peso en ese ámbito, no obstante ser, por definición, la primera educadora del niño, ninguno.

Los conflictos entre padres y maestros son permanentes. Lo menos que se escucha decir a las partes es que "los padres depositan a los chicos en la escuela y se desentienden de ellos"; los padres a su vez, insisten en que los maestros "son meros funcionarios que cumplen con sus horarios de clase y basta".

Me permito decir que todos tienen razón. Y como dice nuestro ingenioso hidalgo, que todos tengan razón "no es sino la razón de la sinrazón que a esta razón hace".

Si en lugar de agredirnos y aplastarnos entre nosotros, nos pusiéramos en común, todo sería más simple. Claro que los padres tendríamos que asumir las obligaciones que conlleva que nuestros hijos sean lo mejor que tenemos, y los maestros, que el camino que han emprendido al obligarse con la carrera docente, está lleno de entrega, de esfuerzo, de sinsabores, de paciencia, y, al mismo tiempo, vacío de reconocimiento social, de prestigio y de comodidad, por sólo citar algunos de sus "contratiempos".

Sin embargo, hay algo en común entre padres y maestros que favorecería muchos acuerdos: el disfrute que brindan la alegría y la frescura de los niños. Si un padre fuera al colegio a preguntar al maestro si su hijo se sonríe, si es solidario, si es dialogal, si es feliz, en lugar de increparlo porque no sale de excursión con sus alumnos, el maestro se sorprendería agradablemente y, con toda seguridad, no actuaría como un funcionario a la espera de la hora de salida.

Si bien este mundo no autoriza esa clase de idilios, ofrece, sí, otro tipo de soluciones. En lo que nos atañe podría ser una puesta en común institucional, un igual a igual, en el que participarían la escuela, el AMPA, los ayuntamientos, los consejos escolares y sus respectivas alzadas: la Subdirección Territorial y la Fapa, cada cual en lo suyo pero con un objetivo: los chicos, y una única meta: su educación. 

(Ver Allá vamos, chicos! El libro para los padres y el maestro)

(Ver ¿Qué es un AMPA y para qué sirve? Asociación e Madres y Padres de Alumnos ¿En crisis?)

(Ver Los padres hacen novillos)

 

 

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Así, si algún  profesor quisiera averiguar  qué nivel tiene usted para "ubicarlo" en algún "curso" y  lo interrogara acerca del presente simple o de la voz pasiva, deténgase ahí:  se habrán encendido todas las luces  de peligro.

 

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              Directora académica: Patricia Lannoó 

           (ingles@fundacionemiliamariatrevisi.com) 

 

17/10/07

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