España y su relación con la Argentina

por Carlos A. Trevisi (2001)


Al margen de la acogida que diera la Argentina a todos los "gallegos" que llegaron a sus costas en busca de un bienestar que las circunstancias les negaban en su tierra - desde inmigrantes de escasísimos recursos hasta ilustres escritores y pensadores que animaron la vida cultural de Buenos Aires- España poco ha tenido que ver con la Argentina.

La oligarquía vernácula argentina, desde muy temprano, digamos desde mediados del siglo XIX, se aficionó más a Inglaterra, con la que articulaba maravillosamente bien sus intereses económicos, que a España. España misma, tiene, hoy día, reflejos que anidan cultural y afectivamente mucho más en Cuba, México, Colombia y Centro América que en Argentina. Se deberá, seguramente, a que cuando España incursionó por el Río de la Plata en el siglo XVI, aquello era tierra de nadie. No siendo hacia el norte donde estribaban coletazos del imperio Inca, el Río de La Plata fue, en la ciudad de Buenos Aires, un enclave económico que hacia 1810 tenía escasos 40.000 habitantes; de ellos alrededor de 15.000 eran negros y el resto españoles o criollos. No existía por esos lares una cultura preexistente que opusiera reparos a los españoles y se enriqueciera en el desencuentro, en el esfuerzo de una imprescindible puesta en común. Así, el afán independentista del Río de la Plata, muy alejado del proyecto integrador bolivariano, no contemplaba sino la necesidad de romper con el monopolio comercial que imponía España. Inglaterra favoreció el juego y la Argentina quedó envuelta en los intereses británicos. Tal vez el desapego que existe entre Argentina y España se deba a las distancias que imponía un proyecto meramente civilizador, acultural, como aquél por el que optó Buenos Aires.

El español de la calle reconoce a los argentinos, sabe de su formación europea, de su riqueza y hasta de la frescura de su habla. Sin embargo, ese reconocimiento no se ha hecho extensivo a las relaciones de estado a estado. Acaso la primera vez en la que se alentó una posibilidad de encuentro haya sido a partir de la década del 90, ya en plena globalización, cuando las inversiones de capitales españoles aterrizaron en la Argentina.

Mirado el desembarco desde una óptica puramente económica -como se suelen ver estos hechos- la Argentina se favorecía con una actualización de sus parques de servicios -el telefónico, era una catástrofe: había que esperar 10 años para conseguir una línea- , de producción de energía eléctrica, de aguas potables u otros. La gente así lo vio y no opuso ningún rechazo, cosa que sí habría sucedido si las empresas hubieran sido estadounidenses.

España, sin embargo, se favorecía doblemente, pues agregaba al beneficio económico que produciría la expansión de sus empresas, el geoestratégico-político, que le daría presencia en un país que hacia mediados del siglo XXI habrá de transformarse en un enclave del poder económico mundial: la Patagonia es el mejor acceso al Polo Sur y a la Antártida, territorios que para entonces estarán en plena explotación por las ingentes riquezas de todo tipo que guardan: proteínas, petróleo, minerales, agua potable...

Se agrega a esto que la Patagonia tiene una densidad de población que no llega a 1 habitante por kilómetro cuadrado, espacio vacío que habría que comenzar a ocupar con una nueva colonización que, ahora sí, tiene que ser española. Y digo que debe ser española mirando a los intereses de ambos países. Vislumbro que si no fuera española, podría ser china o del centro de Europa - los espacios vacíos siempre se ocupan, más en este momento de migraciones masivas-, con lo cual habría perdido España una gran oportunidad y Argentina agregado desorden cultural a sus gentes por la "imposibilidad de la multiculturación", como sostiene Delgado Gal. España podría canalizar sus actuales flujos de inmigración hispanohablantes a la Patagonia, creando polos de desarrollo industrial al articularse con grandes productoras de energía derivada del petróleo como Repsol-YPF u otras, ya en marcha en la península, para la explotación de la energía eólica o solar.

Esta toma de decisión es política y , por lo que he visto hasta ahora, el único que asume con claridad el problema es Felipe González, que mantiene una excelente relación con todos los gobiernos suramericanos, incluso con el gobierno argentino de De la Rúa, al cual, y seguramente por gestión suya, se ha incorporado Solchaga como asesor económico.

Por lo que ha pasado con Aerolíneas Argentinas, y la actitud que asume el gobierno actual para con Europa o con la inmigración que asola España, no me parece que tenga una perspectiva política que autorice una visión geoestratégica en este sentido. Y es una lástima.
 

Para Argentina, porque pierde la gran oportunidad de ponerse a la cabeza de una América Hispana de la que nunca debió apartarse, y la no menos importante de participar de este gran cónclave hispanohablante que, con su presencia en el mundo, está demostrando que ya no se trata sólo de declaraciones de principios.

 

Y para España porque podría recuperar lo que perdió cuando una coyuntura histórica le arrebató de las manos la posibilidad de trascender en un país con un alto grado de civilización, cumplido en sus raíces europeas, dinámico y cordial en sus gentes, altivo aunque generoso cuando le cupo serlo.

 

 

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