La Iglesia  (¿o apenas “el templo”?)

 por Carlos A. Trevisi (2007)

 

                                          

                                                                        Rouco Varela, el templo

Juan XXIII, la Iglesia                                    

 

Hemos insistido reiteradamente en la necesidad de participación de la gente en el manejo del “todo” que le atañe. Y si lo hemos hecho es porque avizoramos un futuro en el que ese “todo” ha de quedar en manos ajenas que no servirán a nuestros intereses.

 

El poder económico transnacionalizado que sobrevuela el mundo a la espera de la mejor ocasión para “bajar” donde mejor convenga a sus intereses, la sumisión de los políticos que apenas si se conforman con suavizar sus efectos, y la dejación en la que vamos cayendo entregándonos en manos de los que detentan el poder,  han minimizado la denuncia de  Orwel  a extremos tales  que su libro “1984” es apenas una curiosidad tan desactualizada como “La naranja mecánica”. 

 

La Iglesia pudo haber sido  el eje de esa participación dado que su misión es, entre otras cosas que atañen a la trascendencia del hombre y a su marco religioso, impulsar una puesta en común en el logro del bienestar espiritual que todos y cada uno de los seres humanos merecen, sea cual fuere su lugar de origen,  su nacionalidad, su fe, su color.

 

Sin embargo, la Iglesia, desorientada ante un cambio que la coge  desprevenida, sabedora de que sus sacerdotes no tienen formación para afrontar las nuevas circunstancias que se avecinan, se repliega. El giro que le está dando Ratzinger la retrotrae a  tiempos pretéritos cuando el templo católico era factor determinante de una conciencia colectiva que no autorizaba compromisos ciudadanos sino a su través.

 

La iglesia, yendo al abordaje de las debilidades de aquellos que aún se mantienen fieles,  sigue mandando en muchísimas conciencias y no está dispuesta a perder capacidad a cambio de eventuales adherentes.

 

De entre los “católicos”, aquellos tibios que  cumplían el ritual , al vivir el desasosiego de una Iglesia intolerante con la realidad cotidiana de sus propias vidas  - aborto, medios anticonceptivos, parejas de hecho- descubrieron que la Iglesia no formaba parte de  sus intereses.  Esto no obstante, han seguido nutriendo la parafernalia eclesial de la tríada ”bautismo-confirmación-casamiento”, especialmente en España.

La Iglesia lo asume y saca provecho.

 

Hubo muchos otros que, a la luz del mundo que viven (en el que no están simplemente de visita), y una profunda fe que poco tiene que ver con el “do ut des” del infierno, del cielo o del purgatorio, aprovecharon las enseñanzas del Concilio Vaticano  II y las actualizaciones doctrinarias que impulsó:  sacaron a la Iglesia del templo para instalarla en el hermano, asumiendo definitivamente que ellos mismos “son” Iglesia. Son la reserva con la que contará el Vaticano  cuando el cambio ya sea irreversible.

La iglesia no lo asume; no le sirven para nada.

 

Juan Pablo II , el “Papa mediático”, bajo la apariencia de gran modernidad utilizó los medios de comunicación y sus viajes proselitistas para “captar” católicos, convocando grandes multitudes que lo aclamaban, filmaban y fotografiaban, pero ningún menesteroso que extendiera su mano en ruego por un mendrugo. Juan Pablo desplazó  a los Jesuitas para introducir  el “Opus Dei” en su lugar,  llevando  a su fundador a los altares en un acto “contra legem” que no registraba antecedentes en el Vaticano. Juan Pablo se llevó por delante la Iglesia latinoamericana, la Iglesia identificada con el necesitado de pan.

 

A su muerte, Ratzinger, su sucesor, no se quedó  atrás. Después de resucitar el infierno -¿a quién le puede interesar?-, en una acto incompresible, terminó con el limbo –incomprensible porque si el infierno interesa escasamente, no me imagino lo que puede significar el “limbo”; ató bien atada la idea de que la doctrina es eterna como Cristo y en virtud de lo mismo no es susceptible de ser cambiada. El Concilio Vaticano II cambió sustancialmente  la doctrina anterior de la Iglesia en la que se la consideraba como sociedad perfecta, jerárquica y desigual por voluntad divina expresando que “se autocomprende como misterio, pueblo de Dios y comunidad de creyentes en la que todos los cristianos, del Papa  a los creyentes de a pie, son iguales por el bautismo”, adecuándola a los tiempos currentes.

Insiste ratzinger, sin embargo, en  que la doctrina es eterna: “El Concilio Vaticano II ni quiso cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni la cambió”; rectifica al Concilio con su idea de que sólo la Iglesia Católica Apostólica Romana es la única verdadera, con lo cual se evanesce el tan largamente buscado encuentro de la cristiandad cuyo acercamiento había promovido Juan Pablo II. Protestantes y judíos  lamentan el talante “monopolizador” de Benedicto XVI. Los Evangélicos, en un documento que vio la luz alrededor del 14 de julio de 2007, contestan:  “Hay una sola Iglesia cristiana, la formada por quines aceptan a Jesús como Salvador y Señor de su vida y al Evangelio como máxima referencia de fe y conducta”*; invita a los obispos a la lucha ideológica (documento ”El sacramento de la caridad”) diciendo que el catolicismo no radica en el diálogo y la tolerancia (Pablo VI en su primera encíclica pide el diálogo dentro y fuera de la Iglesia); considera innegociables la indisolubilidad del matrimonio y el divorcio,  y,  para terminar con una larga lista de “novedades”, en un afán por reconciliarse con los levebrianos, autoriza la misa en latín con el cura de espaldas a la feligresía.

 

Con todo, los “católicos-hipócritas-sin-asumir-porque-no-tienen-conciencia” que siguen a Benedicto XVI , como cualquiera otra persona que anda por el mundo, continúan utilizando anticonceptivos y condones; divorciándose; esquilmando, si empresarios, al personal a su cargo; si dependientes, al empresario cada vez que se presenta la ocasión; divorciándose; siendo infieles a sus juramentos; estafando al estado en sus declaraciones de rentas, despreciando al diferente… En fin,  olvidándose de  los compromisos de la  vida en Cristo a la carta que le impone  el templo. Después de todo, les cabe la complicidad del cura en la confesión, que sigue sirviendo a todas las partes: Al pecador porque, en su efímero arrepentimiento escupe lo suyo en busca de alivio,  y al cura porque  así sabe con quién puede contar.

 

El  templo español –que no la Iglesia- se orienta hacia la extrema derecha; hacia los que no tienen dudas, los que tienen las mentiras bien montadas; hacia los que, dueños del poder, han logrado convencer a los pobres de espíritu (no dicho en su connotación evangélica, sino en su denotación) de que las dudas las resuelve el Señor (Dios) y sus escaseces el otro “señor” (amo), el que manda, que pertenece al  equipo de los  “señores” que manejan el poder y, llegado el momento, no tienen empacho hasta en convertirse a la catolicidad (Caso Blair).

 

El Episcopado español, el más obediente a Roma, se presta  a cuanta maniobra genera la derecha rancia. En el orden puramente religioso,  no tiene parangón:  El cierre de un templo “habitado por curas “rojos” que consagran el cuerpo del Señor  usando rosquillas, y el “suma cum laude” del desafío , la construcción de una iglesia (Parroquia Santuario de los Sagrados Mártires) para honrar la memoria  de los valencianos muertos en la Guerra Civil “por el odio a la fe“**; en el político, su alianza con las Víctimas del terrorismo del Partido Popular; en lo educativo, su oposición a la nueva materia de Educación para la Ciudadanía ; en lo social, cortando las ayudas de Caritas a los necesitados del barrio donde funciona la iglesia de los curas “rojos”…

 

La  “originalidad en el disenso”  que muestra la Iglesia Española es fruto de la orquestada campaña vaticana para consolidar su imperio de sumisión al poder del que ella misma forma parte. Después de todo, la Iglesia es un estado capitalista. El único, sin embargo, que destaca impunemente por denunciar el deterioro de los más pobres y acallar sus gemidos,  y aconsejar tibiamente a los poderosos que algunas cosas que hacen no están del todo bien: la guerra de Irak, por ejemplo.

 

El templo  de Ratzinger (y de Juan Pablo II) , en su necesidad de perduración administrativa sirve a los intereses del sistema, constituyéndose en uno de sus pilares  al  frenar la participación de su gente  en un intento por  sofocar los desbordes que anidan en su seno. Así se repliega,  tal cual procediera cuando la Contrarreforma, a la solidez de una estructura que, el poder económico-financiero del Opus mediante, por ahora está garantizada.

 

Nota

*

Juan José Tamayo: Camino hacia el integrismo, El País, 14 de julio de 2007

 

“El pontificado de Benedicto XVI está derivando peligrosamente del conservadurismo al integrismo […]. Dos  documentos recientes vienen a demostrarlo. Uno es el “motu proprio”  que autoriza la vuelta de la misa en latín conforme al ritual del Misal  Romano,  promulgado por San Pío V en 1570, después del Concilio de Trento, en respuesta, según las palabras del Papa a las “deformaciones de la liturgia, en el límite de lo soportable”. Esta medida ha sido acogida con satisfacción por la Fraternidad San Pío X –creada por Monseñor Levebvre-  cuyo secretario general la considera “un avance capital en la restauración de la Tradición”.  Otro documento intenta demostrar que el Concilio Vaticano II no supuso cambio alguno en la Doctrina de la Iglesia y que la Iglesia Católica es la verdadera y única Iglesia de Cristo con la exclusión expresa de la iglesias orientales  porque no reconocen la autoridad del “Obispo de Roma y sucesor de Pedro”, y las comunidades cristianas nacidas de la Reforma, a quienes ni siquiera reconoce como “iglesias” porque no tienen la sucesión apostólica mediante el sacramento del Orden […].  Con una actitud tan excluyente  como la de la declaración se rompen todos los puentes de comunicación del catolicismo con las demás ramas del cristianismo y se hace imposible, en la práctica, el diálogo ecuménico. Lo que resulta más preocupante, si cabe, es que  dicho diálogo era una de las prioridades del pontificado de Benedicto XVI. La conclusión de esta secuencia de actuaciones  no puede ser más desesperanzadora, pues como afirma Raimon Panikkar, “sin diálogo el ser humano se asfixia y las religiones se anquilosan”

El Vaticano II  optó por el diálogo multilateral: diálogo con la historia, tras siglos de haber vivido de espaldas a ella; diálogo en el interior de la propia comunidad católica, amenazada de incomunicación;  con las iglesias cristianas, a quienes reconoce como hermanas en la diferencia y dentro del respeto al pluralismo; con la cultura moderno y, en concreto, con el ateísmo, a quien considera interlocutor necesario; con las religiones no cristianas que valora como caminos de salvación.

 

Ratificando lo dicho por Tamayo, cabe citar a Andrés Ortega, en (No sólo en latín”, El País, julio de 2007):

“Como escribe el filósofo iraní Ramón Jahanbegloo en su libro “Elogio de la diversidad”, ´Sin diálogo , la diversidad es inalcanzable, y sin respeto por la diversidad, el diálogo  es inútil” 

Nota del autor

Ver ” Caminar sobre la cuerda floja. Una conversación con el filósofo iraní Ramin Jahanbegloo”, por Danny Postel en http://www.letraslibres.com/index.php?art=12058

 

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El Arzobispado de Valencia promueve la construcción de un templo en honor a los muertos del bando franquista. (El País, 2 de julio de 2007)

 

“Los obispos acusan al Gobierno socialista de reabrir heridas de la Guerra Civil con su proyecto de ley sobre la memoria Histórica. Ellos llevan décadas empeñados en elevar a los altares  a miles de muertos, todos de un bando, en aquella contienda. La Conferencia Episcopal Española sostiene que la II República significó para la Iglesia Católica la “última persecución religiosa” con 6832  mártires, entre ellos  4184 sacerdotes y 12 obispos. Los obispos excluyen a los curas fusilados por los fascistas en el País Vasco.

Pío XII, apenas proclamada la victoria de Franco  proclamó: “La nación elegida por Dios acaba de dar a los prosélitos del ateismo  materialista la prueba de que, por encima de todo, están los valores de la religión”. El Papa nombró a Franco  protocanónigo de la Basílica de Santa María la Mayor.

La derrota del fascismo y del nazismo abortaron en Roma una “beatificación colectiva” por temor a que el mundo interpretara la ceremonia como una beatificación de la dictadura de Franco [...]

Los años posteriores no fueron “funcionales” como para insistir con estos homenajes, beatificaciones  y demás.

Ya lo son.