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Aborto y prostitución

por Carlos Á. Trevisi (2008)

Cuando invoco aquello  de "este mundo que nos toca vivir" que habréis leído tantas veces en nuestras páginas,  está claro que encierra una carga despectiva.  En  "este mundo" se anticipan sus miserias y en  "que nos toca vivir"  que no somos  nosotros los que lo elegimos: aquí hemos caído y aquí estamos.

En ratificación de estas circunstancias tenemos la certeza de que en nuestra trayectoria,  al margen de alguna que otra mordacidad, está patente el respeto que nos merece la gente, nuestros hermanos, los seres humanos, cualesquiera sean su ideologías y actitudes;  que hasta en esto de las actitudes, que las ha habido verdaderamente criminales, nos atenemos a la ley y no admitimos linchamientos de ningún tipo.

En un artículo sobre la libertad dijimos:

Entendemos que el ordenamiento legal establece que la libertad de cada uno termina donde comienza la de los demás. En ese sentido, la  ley es el marco regulador de las relaciones entre los ciudadanos; marca los límites; es seguridad, razón, taxonomía, cantidad.

Entendemos, igualmente que la libertad, sin embargo, fuera del ordenamiento legal, trasciende lo meramente relacional para dispensar el encuentro, el acto desalienante por excelencia, "el instante de suprema lucidez que somos capaces de alcanzar los hombres" *. La auténtica libertad consiste, así, en la creatividad espontánea con que una persona o comunidad realiza su verdad, es fruto  de una fidelidad sincera del hombre a su propia verdad.

La libertad es conciencia es adentro-verdad; es diálogo, comprensión; comunión; solidaridad, exigencia, amplitud, reflexión, apertura, pasión, justicia... La libertad devela, esclarece, amplía, invita; es incierta, incómoda; está más allá de la ley. En este contexto la libertad no sólo no se acota sino que se amplía en el encuentro con otras libertades; la insignificancia de uno en libertad deviene en la grandeza de una comunidad en libertad.

La ley vela, oscurece, limita, obliga; es sólida, confiable; certera, confortable: nos dice  lo que no debemos hacer y hasta lo que debemos.

Siendo que los hombres apelan a su conciencia y las instituciones a la ley, corresponde a los gobiernos, depositarios de las necesidades y voluntad de aquéllos  y garantes de ésta,  disipar los temores de una subyacencia de recelo con respecto de sus libertades e iniciativas. En tal cumplimiento, exhibirán actitudes políticas francas, alejadas de toda sospecha de indiferencia para con  situaciones humanas concretas, o de intencionalidad en la creación de un mundo abstracto con valores desconectados de la realidad.

Si los hombres apelamos  a nuestra  conciencia** será menester que pongamos en claro que ésta es producto de un fuero íntimo al que la vida y sus circunstancias van matizando. Lo que acabamos de leer respecto de la libertad es paradigmático: mi verdad no es "la" verdad; es apenas la mía y  poco valdría mi libertad si fuera  fruto de la fidelidad que mantiene con "mi" verdad. No sería así, sin embargo,  si mi libertad y mi verdad nacieran de una íntima necesidad de ser en los demás.

Mi libertad  puede autorizarme a abortar. No cabe ninguna pregunta. Pero, ¿estamos todos autorizados a apelar a nuestra libertad para abortar? La respuesta será ¿Es que todos tenemos conciencia de libertad en los términos que hemos expuesto? La respuesta será NO. ¿Quién resolvería entonces si faltara esa conciencia? La ley, la implenitud de la ley. Será la ley, con sus limitaciones y oscuridades, pero con su solidez,  la que nos diga qué hacer. Será una ley abarcativa de la mayoría de las necesidades que tengan aquellos que no pueden resolver por sí mismos. Tendrá que ser confiable, certera, capaz de velar por nosotros y tan justa y misericordiosa como para no incurrir en efectos no deseables.

El ser humano vive en distintos planos sociales pero  su vida íntima es la única que le pertenece exclusivamente. Es en esa intimidad donde  fraguan su conciencia, sus reservas, sus frustraciones, sus ilusiones, sus deseos.  Es el espacio donde se forja  la distancia que existe entre el "ser" y el "humano". Es el espacio del señorío, del encuentro definitivo entre el alma y el cuerpo en una sola pieza; es el espacio de la respetabilidad.

En la prostitución no juega la libertad ni la verdad porque uno no "se" da; apenas "da"; no "es" en el otro, apenas si "está" con el otro; se pierde la intimidad.

Palabra más o palabra menos esto me dijo una prostituta lisboeta, negra, una estatua de ébano. La conocí en un bar de Gran Vía, en Madrid.  "Soy prostituta  porque saco más dinero que trabajando de cajera y porque ya no me da asco nada. El único aliciente que hay en mi vida es volver a casa por la noche y acostarme con mi hijita. Nos abrazamos hasta que ella  se queda dormidita con una sonrisa en los labios; es entonces cuando yo empiezo a llorar".

Sacó la billetera y me mostró la foto de su hija. Era hermosa, como ella. Pese a todo, había logrado un espacio de respetabilidad: el encuentro de su cuerpo y su alma amando a su hija.

Notas

* José Isaacson

  1. **  Abortos y otras malformaciones, por Fernando Savater, El País, 02-04-09

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