“Seño, seño, dígale a él, que fue el que empezó”

 

 

Es una verdadera lástima que la izquierda latinoamericana siga un itinerario que termina siempre en la indiferencia de los que vemos su accionar con simpatía.

El caso de Chávez, al que le asisten razones (y la razón) para encabezar un cambio, es paradigmático. Se desborda permanentemente. No entiende que la política es un juego de circunstancias que se mueven en una zona de grises, más claros o más oscuros, pero en una zona de grises donde todo es negociable, donde todo es efímero. El presidente de Nicaragua, otro que entiende poco de “cómos” y a quién se conoció en Europa por las  proverbiales broncas que tenía con el Arzobispo de su país, cuando vuelve al gobierno, elegido con todas las de la ley por el pueblo nicaragüense, pasa al estadío de una fe que lo autoriza a comulgar –literalmente, a recibir la comunión-  de manos del mismo fraile con el que se había enfrentado a muerte.

 

Ante un pedido de Zapatero  respecto de que fuera respetuoso con Aznar, agregando “no seré yo quien esté cerca del ex presidente Aznar” , Chávez no tuvo más que echarle un “dígale también a él que tenga respeto”, como si se tratara de un bronca entre alumnos de primaria donde el más listo busca apoyo de sus “compas”. 

 

Parece que no entienden que los poderosos tienen algo más que dinero: tienen tiempo y paciencia. El poder sabe  que, tarde o temprano, estos estómagos resfriados de lengua rápida, se van a deslizar por una pendiente en la que arrastrarán consigo no sólo sus ideales y los de sus gentes, sino a otros que están  pendientes de que encarrilen a sus países para poder  participar genuinamente en una puesta que favorezca a todas las partes. El mundo escucha, atónito, que se diatriba sin ton ni son: ¿qué tiene que ver Aznar con el momento actual? ¿A quién representa?

 

Latinoamérica tiene que consolidar una infraestructura que ponga en marcha los resortes básicos  que alienten el crecimiento de sus gentes. La salud, la educación, las nuevas tecnologías, las comunicaciones, la justicia y la seguridad.

No se puede echar por la borda el proyecto incumplido de un grande de América: Simón Bolívar.

Ni tomar su nombre en vano.