LA VERDAD Y EL ÁMBITO DE LA INCERTEZA

 

 

La frase “el tren pasará por la estación, después, a las 9 de la noche”, habrá de convertirse en cierta si, en efecto, a esa hora, se verifica lo anunciado. La certeza de una proposición, entonces, en este nivel de lenguaje, que llamaríamos primario, requerirá la corroboración de la experiencia, sólo en el momento en que acontezca el hecho, esto es, arribe el tren o no, podremos decir que es verdadera. Así sucede con la mayor parte de las aserciones de la vida cotidiana, desde lo pronósticos que harán posible la cura de una enfermedad hasta los cálculos para llegar a fin de mes holgadamente en una economía desquiciada, la vida transcurre, por lo tanto, como una serie constante de verificaciones.

 

   Estos hechos, una vez acontecidos, los más, se diluyen por intrascendentes, los menos, restan en la memoria, individual, o colectiva, como, por ejemplo, los acontecimientos históricos que afectan no a una persona sino a parte importante de la población de un medio determinado. En cualquiera de los dos casos, al hecho en sí, al recordárselo, se le suma, ahora, a la verificación anterior, un nuevo factor, el de su interpretación, y, aquí, en este nuevo momento de la relación con lo acontecido, aparece la certeza, tanto resultante de la adición de ambos momentos, como propia de cada uno de ellos.

 

   Las instancias recorridas, entonces, hasta ahora, suelen superponerse: en la verificación  la certeza asume un rasgo de inmediatez indubitable, en tanto que en la interpretación, esa certeza anterior suele perderse, acaso, entre las mismas voces donde su acento latía en coincidencias. La confianza, las creencias, la tozudez e impermeabilidad ante la evidencia de nuevos hechos que descarten las interpretaciones a las que se adhieran quienes aunaran los pasos de la verificación y la interpretación de forma definitiva convertirán este instante posterior de la certeza en una punta de lanza incisiva antes que en una apreciación digna de ser tenida en cuenta como cualesquiera de las otras afirmaciones presentes en la liza.

 

   Liza, porque el poseedor de la “verdad” resulta, usualmente, un personaje combativo; lejos de su ánimo el detenerse en la contemplación que le depara su fulgor, exigencia ingenua de  la filosofía clásica, la enarbola como un bien que le permite plantarse con firmeza entre el resto de sus congéneres. Así, esta “verdad”, que la historia relativa o acrecienta en su ámbito gnoseológico, metafísico, científico o religioso nos revela su fundamental suelo antropológico, el componente psíquico humano requerido de un punto de partida firme que, simultáneamente, implique la misma seguridad de arribo y permanencia a lo largo de la vida particular de cada hombre.

 

   Esta “verdad” se enmascara, totalmente, en las frases concisas de un caudillo y, menos, en la rigurosa demostración de un teorema, y, aunque la interpretación de ambas circunstancias estimule distintos resortes de la mente ambas pueden llegar a desembocar en certezas inapelables y en consecuencias históricas o personales imprevisibles.

 

   Resulta común mentar “niveles de verdad”, algo que preceden las simples verificaciones aludidas al comienzo,  “ámbitos”, sin embargo, parecería una versión más adecuada porque no implica ninguna jerarquía, aunque, sí, respeta las diferencias ontológicas extendida entre   los dos estadios. “Ámbito”, entonces de las verificaciones fundamentales para el acontecimiento diario de la vida, y, complementando, “ámbito”, para unas similares verificaciones en el orden intelectual de la existencia, pero con una enorme cantidad de caminos intermedios: certidumbre, seguridad, confianza o creencias indispensables en el suelo antropológico para otorgarle firmeza esencial al individuo.

 

   ¿Cuál de los dos “ámbitos” resulta el determinante? La historia de las acciones y de las ideas que las motivaran a lo largo de la historia ha demostrado la emanación constante de propuestas gnoseológico-metafísicas, científicas, religiosas o estéticas que, en su fluencia, determinaran uno a uno los pasos cotidianos, desde el trato con el cuerpo propio hasta la manera de relacionarse sexualmente, el arrojo en la batalla gracias a la promesa de una trascendencia ejemplar en el otro mundo o el escepticismo anárquico ante las diversas ideologías estatales, el ahínco en la conversión de los semejantes o la prescindencia crítica de las potestades imperantes en el ánimo colectivo.

 

   Aquí se nos presenta el ámbito de las Verdades en todo su esplendor, con el (inconveniente) de que cada verdad se considera única y absoluta, hecho devenido  constante a partir de cuando en el ser humano aflorara la conciencia histórica: primero desde los grandes sistemas político-religiosos de la Antigüedad y Edad Media (Egipto, China, India, los países bíblicos, el cristianismo, los musulmanes y las culturas americanas como la incaica, maya o azteca) que, a medida del desarrollo histórico se fueran, algunas menos que otras, laicizando y adquiriendo componentes ideológicos agnósticos como los vigentes en la mayor parte de los actuales sistemas políticos mundiales.

 

  Paralelamente, la filosofía, en Occidente, voz por excelencia de la conciencia crítica, inició un camino cuya independencia claudicara siglos después, en la Edad Media, al ser utilizada por la teología para fundamentar sus propósitos religiosos, recobrara después, desde el Renacimiento y, por último, volviera a correr el peligro de perder su autonomía al pretender, alguna escuela de pensamiento, convertirla en mero comentario de

 

   las ciencias, formidable adquisición de la inteligencia humana y con un crecimiento exponencial desde los albores de la Revolución Industrial hasta la fecha.

 

   Con una diferencia, sin embargo, notable, a partir de la incidencia de la tecnología científica en la vida convencional impuesta, especialmente, por el descubrimiento paulatino de las leyes que gobiernan la naturaleza y que convierten las “verdades” científicas, desde una visión  ontológica, en distintas de las ofrecidas por los sistemas políticos-religiosos o las filosofías, por la exigencia epistemológica debida a la demostración y, de ser posible, a la experimentación continua, de los postulados científicos, amén de que la practicidad de sus resultados los obvia, a menudo, por su evidencia,  lo cual de ninguna manera impide que la indemostrabilidad de los postulados político-religiosos o filosóficos se conviertan en movilizadores de los acontecimientos históricos, o se instalen en la conciencia individual con una energía formidable que, igualmente, obvie la precaución de un pensamiento capaz de tomar distancia de esos hechos y juzgarlos con la calma debida a la razón. 

 

   Aquí tropezamos con dos diferentes tipos de verificación: la racional, llevada a cabo por los pasos metodológicos debidos a las exigencias epistemológicas científicas, y la práctica: cuando una propuesta ideológica, por absurda que aparezca ante una mirada cautelosa y medida, sea, sin embargo, capaz de enaltecer a las multitudes conduciéndola a  desenfrenos inauditos. Porque la característica fundamental de cuanto denominamos “verdades esenciales” ( y desde que, además,  cada una de ellas se asume a sí misma como “verdad absoluta indubitable”) reside en  no intentar otra verificación de sus propuestas más allá de sus resultados, así se trate del exterminio de un pueblo, de la necesidad de llevar a cabo un régimen alimenticio que ponga en consonancia el alma con el mundo astral o lo que fuere, con el agravante de que si los resultados no resultan los esperados habrá que plantearse la posibilidad de insistir sobre ellos dada la segura insidia de presencias infernales o contrarrevolucionarias o a la obcecación propia del escepticismo o la ignorancia que impiden el logro apetecido.

 

   La presencia de este tipo de “verdades esenciales” se convierte, de esta manera, en el mayor obstáculo para el avance y alcance de un conocimiento, aunque no definitivamente verdadero sí provisorio y perfectible. Las “verdades esenciales” tienden a un vínculo con el tiempo en donde niegan su transcurrencia, porque la aceptación del permanente fluir del tiempo las deterioraría, se muestran, así,  como atemporales, y, por la otra, fundan esa no dimensión  temporal en otro tiempo anterior, distinto y definitivo, con características similares a las de una intemporalidad o a un gigantesco imán capaz de contraer el tiempo posterior, deficitario, siempre en deuda con ese pasado intemporal en donde fulgurara la aparición de los principios (religiosos, ideológicos o filosóficos) que mantienen vigente la doctrina.

 

   Pues, si cada “verdad esencial” se considera única (verdad absoluta indubitable) sus compañeras de cohorte habrán de parecerle deleznables, porque en su mutua relación de absolutez en este peculiar empeño unas a otras se desautorizan. De allí, precisamente, el espanto desprendido de las guerras religiosas que asolaran el Viejo Continente iniciadas por las Cruzadas  y, luego, trasladadas a las tierras americanas donde los conquistadores no pudieron admitir la presencia de cultos diferentes a los propios y los arrasaron. Guerras, después, que hallaran su punto de apoyo en las ideologías y cuyos cultores y protagonistas mostraran la misma obcecación en la defensa, culto y difusión de sus principios que sus antecesores religiosos. El siglo XX, con su secuela de guerras mundiales, genocidios y hambrunas expone otro ángulo de la misma práctica de la “verdad esencial”: su no detenerse en ningún tipo de consideración humanitaria con tal de imponer sus postulados.

 

   Esta visión de la  verdad, así considerada, es tiránica, nunca liberadora, no admite réplica alguna a cada una de las cuentas del rosario que la enhebran. La multiplicidad que las corroe debería, empero, obligarlas a comportarse de una manera más humilde, baste con hojear, desinteresadamente, cualquier historia de las ideas filosóficas, religiosas, políticas, y, a menudo, incluso científicas,  apreciar como se entreveraran, desdijeran y tornaran a reconstituirse, para lamentarse de tanto sufrimiento y discusiones estériles debidas a cuantos se convirtieran en comprometidos portaestandartes de sus idearios.

 

   El valor de la verdad se desprende, como ya apreciamos, de la certeza que le da a su poseedor, de esa confianza que alardea al movilizarse entre las anfractuosidades del mundo. Ahora bien,  el haber de tal verdad excluye, a rajatabla, la mentira, se sobreentiende una moralidad incólume a las tentaciones del mundo en su poseído-poseedor-portador (porque la “verdad esencial” cuenta con estas propiedades: primero se apropia del sujeto, lo posee hasta el grado superlativo, a menudo, de fanatizarlo; luego, produce la metamorfosis y, el mismo sujeto, asume la creencia de que él, como sujeto activo, es quien la tiene;  por último, sumada la doble experiencia de este maridaje, el poseedor-poseído se compromete con la verdad hasta el grado de reconvertir su pálida identidad anterior en una nueva figura, la del portador de una voz ajena que, paulatina o abruptamente, lo va mediatizando, utilizando y hasta deshumanizando).

 

   ¿Qué ocurriría, empero, si alguna fortuita  circunstancia lo obligara a mentir a dicho poseído-poseedor-portador de la “verdad esencial”al encontrarse impelido por la defensa de un valor definitivo para su existencia?

 

   Aquí ingresamos en un nuevo ámbito  (y no solamente humano sino altamente habitual en el mundo de la naturaleza) generalmente negado por la hipocresía social, el de la mentira, y en sus diversos grados: la simulación, el escondite, la apariencia, el fingimiento, el mimetismo, la invisibilidad; todos estos grados cumplen con una sola función, la de ayudar a sobrevivir, a los animales -para lograr su alimento diario los carnívoros u omnívoros, para evitar ser deglutidas las cotidianas víctimas, traducidas en viandas por los anteriores- y a los hombres, de cuantas épocas y diversas culturas haya conocido la humanidad hasta ahora: la posibilidad de ejercer la mentira en cualquiera de sus formas ha permitido la pervivencia individual o comunitaria de los seres humanos como última alternativa para defender la vida o mantener la libertad,  bienes supremos constantemente atropellados y hasta vituperados.

 

   Así, la conversión externa a los cultos oficiales impuestos por los dominadores (desde los negros esclavizados y el resguardo de sus ritos, los judíos, los moros y las prácticas célticas o panteístas bajo la inquisición, los indios americanos y el cuidado de sus huacas ante la prepotencia hispana hasta el porte de una identidad política fingida durante las épocas dictatoriales) evidencia la práctica de un grado de mentira, de no ser por el disimulo de lo propio en la aceptación de las prerrogativas foráneas,  los principales rasgos de numerosas culturas se hubieran perdido definitivamente atrapados por los diversos horrores de la historia. Algo similar cabe afirmarse a nivel individual, ¿cuántos episodios registra la memoria de una familia cuyo progenitor lograra huir de una situación caótica gracias al ocultamiento de la verdadera identidad en los controles, así, hasta arribar a tierras que lo recibieran generosamente?[1]

 

   Desde ya que existe el timo que perjudica a los incautos en una operación bursátil o en una venta fraudulenta, o en quien disfraza su profesión y atrae a los clientes,  pero no vale hacer tabla rasa con la mentira en su totalidad, tachándola de inmoral como si no mostrara facetas diferentes, también existe el personaje que, con tal de conseguir adeptos para sus creencias políticas o religiosas, engaña al individuo débil o pusilánime y, al convertirlo en un nuevo siervo de la causa en que milita, recibe el beneplácito de sus superiores a quienes no les interesa haber acudido la mentira con tal de posibilitar la difusión de la “verdad esencial” en todos y cada uno de sus postulados.

 

     Curiosamente, diversas morales, pretenciosas de colocar el acento en los esfuerzos y perfección humanas y en el afán por superar ciertas actitudes presupuestas nocivas para sus conciencias, cerraron los ojos ante las convenientes obligando, por lo tanto, al ejercicio de lo que ellas mismas presumían  combatir: la apariencia, cuando, en realidad, la mayor parte de las veces, lo que cada uno tiene escondido en lo profundo de su alma o sentimientos, precisamente lo oculta porque su revelación lo empañaría ante los otros ¿o, acaso, revelamos el lugar donde escondemos los tesoros para que lo hurten los ladrones? Todas las religiones (al menos las monoteístas) afirman que Dios puede leer los pensamientos de los hombres, respetamos esa creencia en quienes eso creen, pero da pavura imaginar un futuro que, gracias a la tecnología, vuelva posible la misma función entre nosotros, en donde algunos individuos se capaciten para esa función y otros, por el contrario, se limiten a sufrir las consecuencias. 

 

   Porque si las “verdades esenciales” asumidas como “verdad absoluta indubitable” contraen al tiempo, lo presentizan al pasado negando, además, su transcurrencia, necesariamente habrán de actuar de forma similar con el futuro intentando condicionarlo desde el presente para que el devenir no lo altere modificando sus planes. Las utopías, por ejemplo, a las que suele dársele un aspecto positivo, cumplen con ese rol, al modelar el tiempo con el fin  de adecuarlo a sus principios caratulados como salvíficos por sus promotores. El futuro, abierto y posible, redunda, así, en un advenir ya colmado desde el hoy y que, por lo tanto, lo cierra desde su aquí espaciotemporal, negando, igualmente, la capacidad de quienes lleguen a habitarlo para construirlo de acuerdo a su antojo o necesidades.

 

   Estas verdades se adjudican, por si la prepotencia gnoseológica y salvífica anteriores no les alcanzaran, la felicidad y la plenitud de sus poseídos-poseedores-portadores, con ellas, todo, fuera de ellas, el vacío espantoso, la oscuridad, la hediondez que emana de la marginación propia de lo ajeno (aunque también la tentación de la pluralidad, de lo distinto, del desencanto creador y de la autoconciencia, adquisiciones de la libertad del pensamiento a las que, por excelencia, temen). Ignorarlas, por eso, aún y fundamentalmente gracias a haberlas conocido, implica una ofensa inadmisible, un atentado contra la seriedad que garantizan, los comentarios irónicos acerca de sus eslóganes, la sonrisa que arrancan sus prerrogativas, el conjunto de cuanto suponga un airecillo tal vez de menosprecio las altera obligándolas a lamentarse, en una final gesticulación de grandeza, por el destino de cuantos no las acepten y, por ende, se hallen condenados a pernoctar en la confusión y en el fracaso.

 

   Del hecho que algunas “verdades esenciales” blasonen mayor perdurabilidad que otras no se desprende, automáticamente, que las afortunadas puedan exponer con mayor peso el imperio de sus argumentaciones, pues, si hubo algo que permitiera el crecimiento de la humanidad fue la experiencia de lo provisorio de cuantos conocimientos fuera adquiriendo en la, a veces, prodigiosa, otras, lamentable, marcha que nos condujera hasta el presente. El escepticismo y la crítica con el que algunos de sus notables representantes acogieran los conceptos que los diversos sacerdotes presumieran de preclaros y en advertir la indecorosa polución de las falacias de autoridad (magíster dixit) que abonan los territorios de sus habitantes de certezas, a sabiendas de congestionar el cerebro de la gente con unas pocas ideas absolutamente impermeables a nuevas y distintas adquisiciones que les permitan crecer, no mantenerse en el entusiasmo pueril de la adolescencia y en el culto a cuanto líder (filósofo o cantante, poeta rebelde o científico rebosante de sabiduría, ejecutivo o terrorista) venga a llenar su necesidad de respuestas, su angustia por la finitud, su requerimiento de una solución inmediata para los problemas que lo acucian ...

 

   Uno de los valores de la verdad radica en la certeza con que nos permite desenvolvernos por la existencia, aunque no necesariamente dimana exclusivamente de ella, de las variadas formas que adopta la mentira también es posible, y, a veces, hasta obligado en pos de la defensa de las propiedades del yo, desprender certidumbres similares. Uno de los mayores desafíos de las “verdades esenciales” consiste en colocarse en lugar de la vida, asumirse como “vida auténtica” y alocuciones por el estilo. Uno de sus mayores fallos, en la histérica presunción de pretenderse única y valorizarse como sinónimo de “libertad” para el yo propio cuando, la mayor parte de las veces, aparece contrariando o dirigiendo sus actitudes hasta el límite de amilanarlo.

 

   Que la verdad, en las esferas del yo, no supere, a menudo, los límites de la metáfora y la mera lexicalidad cuando las interpretaciones de unos dichos religiosos, políticos o filosóficos, lleven la discusión hasta límites estériles e imprevisibles, no incide en sus decisiones de la misma manera que los espacios donde despliega el yo su libertad, esta    imprescindible, al no desconocer su consistencia sin necesidad de discusión o postulación alguna. Hasta las bestias la vivencian, ¿qué animal encerrado no opta por evadir un perímetro asfixiante? La  verdad, en el medio de la naturaleza, es la que le permite a sus criaturas desenvolverse en dicho medio para sobrevivir, aún, como apreciamos, engañando a sus congéneres para engullirlos o salvarse de correr la misma suerte. En el caso de los seres humanos, las frecuentes triquiñuelas de las que se valen para sortear las vicisitudes a las que las sociedades los someten y en donde habrá de renegar mil veces de sus “principios absolutos” a lo largo de la vida, dan pie a la  aseveración : en mi libertad  ( en la cada uno de los seres humanos) y sólo en ella se explaya la verdad (cuya universalidad cada ser humano particulariza a su manera).

 

   De la verdad, por tanto, no nos cabe una certeza tan inmediata como la de nuestra libertad, ella puede ser relativa, no así mi libertad, ella me consta siempre porque la experimento en , nadie logrará engañarme respecto a ella, no es susceptible de equivaler por unas cuentas de colores como las tantas verdades que pululan por el mundo, cuanto mayor sea la desconfianza que me despierten sus voces agoreras mayor será el espacio de mi libertad, mía y nunca ajena a mí, como cualquier verdad,  y tan evidente de por sí que no  necesita sistema teórico alguna para fundamentarse, nunca una ilusión como las promesas de las mudantes verdades por lo general alienadoras, soberbias y expansivas desde que están fuera de mí y buscan poseerme,  sino  recogida y práctica, inmediata y referida  humilde y exclusivamente a mí y, por ello mismo, colmada por una universalidad infinitamente mayor que cualesquiera de las verdades expuestas en los variados escaparates de la historia.

 

        

  

  

Carlos Enrique Berbeglia

  

 

     

       



[1] Del autor: Espacio, tiempo, huida. El papel decisional de las teorías. Buenos Aires, Biblos, 1991