LA DUDA  SIN CERTEZA

Esbozos filosóficos

Carlos  Enrique  Berbeglia

 

 

 LOS  PRÓLOGOS  IMPRESCINDIBLES

 

Las disquisiciones filosóficas siguientes suponen en el conocimiento una iluminación, un repentino haz de claros determinantes


 LA REALIDAD DE LAS IDEAS Y LAS IDEAS ACERCA DE LA REALIDAD

 

Tal vez de manera exclusiva los neologismos más precisos y actuales, en concreto, los apenas pergeñados hoy, posean la fortuna de comportarse bi-unívocamente con el objeto designado (esto es, que la palabra remita a un objeto y sólo a uno y que del objeto no fluya  otro término equivalente, que, por igual, lo designe). El resto de los conceptos (así, gramaticalmente, admitan la forma de sustantivos, verbos o adjetivos) que pueblan la totalidad de los diccionarios de la lengua o los vocabularios especializados de ciencias, de historia, de arte o de filosofía, asumen tantas cargas significativas que su intelección corre el riesgo de precipitarse en un valle donde los cruces comprehensivos se multipliquen hasta volverlos incoherentes, desarticulados de las “cosas” que los originaran, donde el nivel metafórico reine y gobierne hasta la exasperación y que la irrealidad  de cuanto afirmen los amenace con transformarse en sombras perniciosas.

   Así, por ejemplo, la “compacta dureza” de una piedra que obstruye el camino sería diferente a la “débil resistencia” de un argumento jurídico que defienda un robo. Sin embargo, la piedra, el argumento jurídico, el robo, son entidades tan reales como real  es la debilidad argumental que lo proteja al reo, nueva entidad introducida aquí, protagonista del suceso que, hasta podría abandonar esa categoría delictiva de darse el caso que, algún otro código penal, contemplara la figura  de “robo por necesidad de alimentar a la familia en un caso de grave desnutrición en época de desempleo” en donde no sería punible.

   La realidad, y las conspicuas metáforas conceptuales que las designan, fluctúan de manera alarmante, si reemplazamos  la “piedra que  (le) obstruye el camino” a un ocasional viajero transitando un páramo, porque logró sortearla, por un espejismo (“fenómeno óptico donde los objetos lejanos producen una imagen invertida como reflejados en una superficie acuosa, debido a la reflexión de la luz al atravesar capaz de aire de densidad distinta”, df. de un manual de geografía) que no lo ilusiona con la pronta llegada a un sitio menos inhóspito como el que atraviesa, porque conoce el fenómeno, por haberlo experimentado en otras ocasiones, aunque el aventurero sepa, entonces, que, cuanto ve, ni remotamente se encuentra allí donde lo ve, no por contar con ese conocimiento des-ilusionante  lo deja, sin embargo, de observar entretanto se acrecienta su sed y la ansiedad por superar el desierto lo obliga al redoble de sus pasos.

   Una pesadilla, de la cual nos despertamos todavía confusos y atemorizados posee, al menos dos grados de realidad, la primera, mientras soñábamos y los monstruos o los abismos atractores prácticamente nos tocaban con sus alientos o vórtice siniestros y no podíamos huir de ellos, la segunda, cuando la recordamos y tratamos de vincularla con algún acontecimiento real de nuestra vida despabilada con el fin  racional de entenderla.

    ¿Qué grado de realidad posee el concepto realidad? ¿Y las variadas ideas que nos forjamos acerca de esa misma realidad? En la historia del pensamiento hubo dos momentos, al menos, en que se postuló la existencia de la realidad con fortaleza dogmática, en la Edad Media tardía al culminar  la escolástica con el Tomismo, y, luego, en pleno siglo XX con el denominado “realismo socialista”. En medio de ambas certezas absolutas, convergentes en sendas inquisiciones de malhadada memoria, esa frase, óptima, de la dialéctica hegeliana “Todo lo racional es real y lo real es racional” o “Todo lo real es racional y lo racional es real”, (¿determinará, cuál de los dos sujetos se ubique primero, la catadura ideológica de sus enunciadores?),  apabullante comodín de amplia simpleza generalizadora, utilizado in extenso por los aprendices de filósofos políticos tanto en sus campañas cuanto en la posterior  justificación de sus actitudes.

   De las ideas se ha desprendido  una discusión interminable acerca de su presunta realidad,  no equivalente a decir de su consistencia  pues, de la ensambladura argumental y demostrativa que posean se  desencadenan, una vez dadas a conocer, desde los actos sublimes hasta los ubicados en el extremo opuesto, los aberrantes (todos ellos, a su vez, justificables de acuerdo con la capacidad manifiesta de  sus exponentes, sea esta física, o estrictamente discursiva). Empero, ciertamente, el transcurso de la historia sobreabunda en casos que nos muestran cómo, hasta las ideas más absurdas pujan por ingresar en las mentes de los “iluminados” deviniendo luego, gracias a su denodado entusiasmo y fortaleza acrítica, en una realidad atroz. Que lo desmientan las víctimas de cuantos regímenes totalitarios sobreabundaron la historia.

   Las ideas crean, por lo tanto realidad aunque no sean reales, o la crean precisamente porque, de alguna otra forma no tangible, son reales. También se desprenden de la realidad y la designan hasta transfigurarla. La nube que cruza, rauda, por encima de mi patio, es real, en cambio, la palabra que la designa, /nube/ ¿qué distinto grado de realidad posee?

   Volví a levantar la vista luego de haber escrito el párrafo anterior y ya la nube había desaparecido.

 

 

Carlos Enrique Berbeglia   

Pinamar, enero 2010

 

 

 

Discontinuidad perceptivo/expresiva y posterior referencia cognitiva.

 

 In  memoriam

Luis Aduriz, Juan Romano y Carlos Alemián,

tempranamente desprendidos de la existencia

por el sometimiento, siempre incomprensible,

          a la legalidad impuesta por nuestra condición finita.

 

Texto interrogante

 

Formular una pregunta acerca de algo sobre lo cual no se ha prestado suficiente atención  durante el desempeño pensante de Occidente, o intentar un mínimo atisbo de respuesta sobre el mismo tema, desde la reflexión filosófica, equivale a instalarlo como problema en esa misma tradición que supo obviarlo, por desestima o, simplemente, por sobreentenderlo como una cuestión gratuita.

 

   Las preguntas  filosóficas parten de un proceso introspectivo consciente, en eso difieren de las múltiples demandas que el género humano efectuara desde sus albores, canalizándolas, la mayor parte de las veces, en los diversos sistemas mítico - religiosos  iniciales gracias a los cuales soliviantó sus principales inquietudes, indefectiblemente vinculadas con el misterio de la vida, la muerte, el destino y la verdad oculta en sus explicaciones diversas y contradictorias.

 

  Demandas derivadas en angustias que, de ninguna manera paliara el desarrollo científico habido en los últimos siglos y, menos aún, la formidable (y pedantesca) autoconciencia construida, desde sus inicios, por la filosofía.

 

   Instrospección y autoconciencia de sus manifestaciones, no carentes, muchas veces, de apresuramiento por expresarse desde sí solas, prescindiendo no tanto de los diversos saberes aportados por otras disciplinas sino ambicionando mostrar sus resultados como paralelos a las mismas. Por lo tanto, a menudo, no carente de inocencia en sus interrogaciones y respuestas. 

 

   Valga esta suma de afirmaciones iniciales no como autocrítica sino como advertencia  al lector acerca de la índole observacional que llego a plasmar en estas páginas, ella depende totalmente de una inquietud autónoma que no fuera influida por conocimientos previos, de allí que pueda tachársela, incluso, de “inocente”, pero nunca de apresurada, porque resulta de un proceso meditativo autónomo que vengo registrando desde hace años y llego a exponer ahora concisamente.

 

   Es habitual, en la física contemporánea, la afirmación acerca de la continuidad témporo -espacial para comprender una serie de fenómenos vinculados, entre otros, al origen y expansión del Universo, en donde su tamaño se encontraría asociado al tiempo durante el cual se desplegara sobre sí mismo y creando, de esta manera, el propio espacio que lo contuviera, hecho que originó un sinfín de especulaciones donde la fantasía siempre desempeñó un papel preponderante, hecho digno de encomio, si se mantuviera en sus propios límites, como el Universo, sin extenderse a otros campos, donde su intrusión genera confusiones.

 

   En la medida de lo posible  (aunque sí consolidada en nuestra creación poético - literaria, allí nos resulta imprescindible) no nos regiremos por la imaginación en el presente análisis, recurriendo, pura y exclusivamente, a los raciocinios amparados en los sondeos experimentales previos a los momentos de extraer las conclusiones que deriven de sus logros.

 

   En conclusión, no más que a una elemental experiencia juvenil deben su origen estas páginas, y fue ella la que ahora rememoro para su fundamento. Situémonos en una mañana en las sierras de mi provincia natal, San Luis. Había arribado a las adyacencias de los Comechingones en compañía de un pequeño grupo de chicas y muchachos, todos primerizos estudiantes universitarios y me hallaba solo observando las cosas desparramadas alrededor de un par de carpas: botas, utensilios de cocina, libros, cuadernos con apuntes, camperas, entre otras. Los restantes “expedicionarios” (nos encontrábamos a punto de encarar el ascenso a una de las cumbres) habían bajado al poblado para proveerse de vituallas y yo me encontraba al cuidado del campamento y, cuando ya los apreciaba aproximarse gracias a sus parloteos un trueno distante, una nubosidad repentina que ocultara el sol, una sinuosa ráfaga de viento, me llevó a pasear la vista por el desorden que se estropearía con la posible lluvia, prestar atención al murmullo del arroyo por si sus aguas bajaban torrentosas y elevar, simultáneamente, los ojos a los cerros para apreciar si la repentina tormenta se descargaba sobre sus laderas.

 

   Todo lo relatado ocurrió en cuestión de instantes, narrarlo, aún sucintamente, me llevó un párrafo en su integridad, su revisión y cuidadosa lectura, varios minutos.

 

   Años después, el visualizar una fotografía que retrataba un conjunto de líderes políticos mundiales, en una de esas tantas reuniones trascendentes que efectúan para salvaguarda de la humanidad, me condujo a una asociación con aquel recuerdo agreste llevándome a concluir lo siguiente: el fotógrafo los puso a todos juntos y, de acuerdo con algún protocolo de cortesía que barrunto, a la única mujer entre los jefes de Estado, en el medio; a sus lados se desplegaban los demás presidentes o primeros ministros sin ningún mínimo atisbo de incidencia jerárquica, no fuera que se sintieran menoscabados. La fotografía era plana, todos, en efecto, emparejados en su dimensionalidad, quienquiera accediese al diario lo podía apreciar de esta manera. Pero ¡he aquí que la nómina de los concurrentes a la pose histórica, al leerse, deparaba una sorpresa! Rezaba debajo de la fotografía: de izquierda a derecha, tales y cuáles. ¿Por qué no comenzó la nomenclatura por el otro extremo? : “de  derecha a izquierda los siguientes líderes”. Sin segundas intenciones suponemos que ello no se debió a una “influencia ideológica” sino a que, en la lengua inglesa (de donde estaba traducido el texto)  al igual que sucede con la castellana y los restantes idiomas europeos, leemos en ese sentido y no en el inverso, propio de las lenguas semíticas.

 

   Un tercer dato todavía: el aportado por un bodegón barroco representado una “naturaleza muerta” donde se amontonaban, sobre una fuente, racimos de uvas y otras frutas, liebres y aves silvestres, algunas copas y botellas, una gorra de caza adornada con plumas y, por último, una escopeta de dos caños apoyada en un piso que la pintura insinuaba. Y el detalle, se trataba de una copia tipográfica del original colocada en la pared de un restauran, justo al lado de una mesa servida con platos, vasos, cubiertos y adornos navideños bien dispuestos dada la cercanía de las Fiestas.  

 

   Comencemos inquiriéndole a la tercera descripción ¿por qué “por último, una escopeta de dos caños apoyada ...” ¿no se muestra casi en escorzo, si parece salir de la tela?, ¿no debería haberla nombrado en primer término en la transcripción lingüística de la pintura?, ¿por qué hube de anticipar las frutas y los animales y el atuendo de caza y, por demás, en este orden?. ¿Preexiste alguna lógica encubierta en la sucesión que menciona a los elementos presentes  uno junto a otro, tal como lo determina la vista, y no de manera sucesiva, como me encuentro obligado al traducir en palabras, en el cuadro adosado a la pared?

 

   Más aún, si, al entrar al salón comedor aprecié de un solo golpe visual tanto la mesa repleta de menaje cuanto la pintura, ¿cuál fue el motivo que me indujo, en un principio, a mencionar el cuadro y, posteriormente, la mesa navideña?

 

   Dejemos en suspenso la respuesta hasta tanto completar las descripciones anteriores.   Valen exactamente las  mismas aseveraciones también efectuadas en forma de preguntas.

 

   La segunda descripción ya fuera expuesta, sucintamente, ¿qué motivó comenzar la especificación de los nombres por un extremo de la hilera y no por el opuesto? En cuanto a la anterior, hacen falta, todavía algunos pormenores: ¿por qué al inicio hube de describir el campamento y el desorden propio de cuando sus integrantes recién se incorporaran? Y, más allá de cuestionarnos acerca del motivo por el cual escogiera, al principio, las botas para su ilustración en lugar de otros enseres, hacerlo explicando por qué postergué la descripción de la tormenta en ciernes, si era, tal vez, lo más importante de la jornada desde que de su desenlace dependía nuestra expedición a uno de los picos de esas sierras.

 

    Una respuesta, acaso meramente próxima a la incógnita  planteada, la encontramos en lo que podríamos denominar discontinuidad perceptivo-expresiva y que resulta propia de nuestra especie. Consiste en lo siguiente: en la traducción necesariamente temporal exigida por el lenguaje cuando se trata de expresar, gracias al desempeño de las cuerdas vocales, un fenómeno, acontecimiento o cosa distinguida gracias a nuestra facultad visual, por medio de los ojos, en el espacio, para su inmediata decodificación auditiva.

 

   De otra manera aún, la percepción visual es siempre holística, capta el conjunto ofrecido hasta donde permita su campo visual de manera inmediata e instantánea, si quiere, en una segunda instancia, luego, el sujeto percipiente reparará en uno u otro de los objetos incluidos en el perímetro anterior, aunque ello sin impedirle volver a los instantes previos cuantas veces lo desee, para destacar nuevos conjuntos, colores diversamente intensos, detalles imprevistos. De extender dichas experiencias visuales a quienquiera pretenda hacer partícipe de las mismas, si lo hace mediante las palabras descubrirá su desdoblamiento en dos manifestaciones paralelas: la primera, que no podrá dar a conocer las cosas en bloque tal como las percibiera, esto es, que deberá traducirlas, nombrarlas una por una para identificarlas de una forma que no le exigiera la simple visión anterior, la segunda, que en la mención a efectuar de las experiencias perceptivas deberá incluir un orden, aunque más no fuera inconsciente, de cualquier índole: de mayor a menor, por cercanía o distancia, brillo u opacidad, tamaño, movilidad o lo que fuere de lo percibido.

  

   Un orden que no necesariamente se desprenderá  de los entes observados como algo connatural a su esencia: en otras palabras, la enumeración implicará una jerarquía colocada a esas entidades desde fuera, desde las preconceptualizaciones habidas en la mente de su perceptor. Es más, hasta puede llegar a negar lo que vio, un espectáculo que le haya resultado bochornoso o le rememore episodios no queridos, cosas habidas entre un montón de otras varias porque le disgusten y quepa soslayar en la posterior descripción. La percepción visual no puede no ver cuanto la capacidad visual del sujeto le permita, tampoco puede negarse a oír aquello que capte su potencialidad auditiva, salvo que se tape los ojos u oídos. Empero, estos hechos voluntarios no nos interesan, dependerán del sujeto si los quiera expresar o callar: eso sí, de elegir la narración de lo observado visualmente deberá, forzosamente, temporalizarla, hacer una hilación de cuanto pasara por sus ojos, y, en su despliegue, jerarquizarla, colocar primero unos hechos u objetos, luego otros, como los movimientos de la sonata barroca que escuchara entretanto contemplaba el cuadro de la misma época, a éste lo apreció en un instante mientras la sonata transitaba con sus arpegios y modulaciones a lo largo de sus movimientos, sin superponerlos, la estructura física de la música lo impide.

 

   La representación escrita de cualquier hecho obtenido por la vista se convierte en espacio codificado, hasta el momento en que dicha descripción sea leída, en alta o baja voz, espacio que, sin embargo, ya la emisión escrita ha jerarquizado. Generalmente esa representación asume la forma lineal pero suele darse el caso, como en la poesía experimental o en algunos letreros, que las palabras ocupen distintas posiciones y que sean leídas al voleo u obligando a la vista a elegir unas palabras antes que otras, como cuando traduce los objetos.

 

   Vemos en el espacio, describimos, lo visto, en el tiempo y, en ese tránsito, corremos el riesgo de aniquilar las cosas, subvertirlas, desplazarlas; en suma, de falsear los datos de la experiencia primeriza. Traduttore tradittore en su máxima expresión La continuidad perceptiva resulta, por lo tanto, discontinua. ¿Será el pago efectuado a la naturaleza por la adquisición, en algún momento de nuestro tránsito a la cabal figura humana, del lenguaje, absoluto protagonista de esta discontinuidad? ¿Cómo realizan esa traducción los animales cuando se comunican?  

 

Comentario                 

  

La razón suele valerse de artimañas para lograr conclusiones que expliquen cierto tipo de fenómenos difíciles de reducir mediante deducciones elementales. Esta afirmación, sin embargo, convierte a la razón en una hipóstasis, algo que vino construyendo el pensamiento occidental hasta ahora, aunque no le impidió, sin embargo, multiplicar esa razón hasta el extremo de hallarse hoy en una encrucijada constituida por sus diversas especificaciones (desde las varias kantianas hasta las históricas, las instrumentales o las dialécticas contemporáneas)[1]

 

   Como este derrotero, a la razón universal la ha conducido al desembalaje de su estructura monolítica  con esas características previas (en resumen, la ha des-universalizado), y no se trata de una substancia etérea que circunde el planeta y los seres humanos aspiren y luego devuelvan convertida en sólidas argumentaciones, prefiero hablar de los hombres racionales, sus poseedores (tal vez los más desdichados de entre el conjunto de los habitantes de la Tierra, por la conciencia de la realidad que poseen) como individuos multirracionales, desde que se muestran capaces de recurrir a cualesquiera de las manifestaciones de la razón en aras de obtener un resultado propicio, así se trate de una investigación científica, un encadenamiento argumental literario, una reflexión filosófica o una praxis política seria.

 

   Una de esas artimañas consiste en la de recurrir a la extrapolación, habitual en el ámbito de las ciencias exactas, allí sus promotores obran con los siguientes fundamentos: dado un acontecimiento determinado bajo ciertas coordenadas espacio-temporales, resulta factible, en un ámbito geológico, meteorológico o astronómico deducir las consecuencias dadas en el pasado que lo hicieran factible ahora o predecir fenómenos derivados del mismo en el futuro. Fue muy auspicioso para el aumento del conocimiento. Quienes no lograron, en cambio, los réditos apetecidos fueron los “científicos sociales” (usualmente asociados con alguna que otra cofradía política) al pretender similares aciertos cuando lanzaran sus veredictos acerca del comportamiento futuro de algún pueblo o situación histórica. Un resto de libertad, rebeldía ante los diversos poderes y estima por la propia dignidad, todavía actuante entre los hombres, fue un rotundo revés, visible, al menos hasta ahora, para esas ambiciones hegemónicas de controlar la especie humana.

 

   El recurso a la extrapolación tuvo una fértil acogida entre los autores de fantasía científica, permitiéndoles armar las tramas de sus novelas jugando a discreción con los saltos temporales, les daban cabida para explicar variadas situaciones en distintos sectores del Universo uniendo sus períodos, territorios y civilizaciones gracias a los héroes intergalácticos, viajeros por los recovecos ocultos de sus maravillosos paisajes que rescataban extrañas figuras con sentimientos humanos o luchaban contra humanoides ambiciosos y provistos de los peores defectos característicos de nuestra propia raza.

 

   Con el tiempo no es posible hacer y deshacer los nudos como si se tratara de un cordel, es unilineal, ni vuelve hacia atrás ni se adelanta, prosigue imperturbable su marcha sin descanso, que lo diga la historia de la vida, la historia de la humanidad, la historia de cada uno de los hombres; podrán repetirse algunas de sus formas, asemejarse los eventos, aproximarse los hechos pero, a la larga ingresarán en el carril indiferenciado del arrastre, entremezclando, con su crecimiento, los rizomas del pasado hasta la creación de una masa cuya densidad aumente hasta lo infinito.

 

   Y, si unilineal equivale a inexorable, y como, además, la razón en sus diversas acepciones, hubo pretendido, desde que se conformara como tal, desentrañar las incógnitas que nos determinan para liberarnos de las mismas, ha sometido al tiempo a un sinfín de disquisiciones y hasta experimentos (sobre todo psicológicos) para descubrir en él alguna posibilidad de pliegue, regreso, anticipación o repetición que le permitiera manipularlo como a la cerámica en el torno antes de ser horneada.

 

   Unilineal, inexorable, entonces, unidimensional; cualquier alteración a sus características equivale a proponerle una patología. Sus anticuerpos son notables porque ha permanecido inalterable, desde que lo experimentamos en carne propia, a los pliegues, regresos, anticipaciones o repeticiones que le propusiéramos.

 

   Las extrapolaciones con el tiempo debidas a la astrofísica son alucinantes, los agujeros negros o los Universos gusano, de ser atravesados, informan, nos permitirían “llegar del otro lado”  de algo así como del Macro universo y cruzar miles de años luz en cuestión de mínimos instantes. De esta y otra índole abundan las especulaciones científicas avaladas por la apoyatura en teorías exitosas en diferentes campos, pero no en el mismo donde se postulan, de allí la necesaria validación epistemológica de las extrapolaciones.

 

   El espacio que nosotros habitamos, al menos el experimentado por nuestros sentidos, es tridimensional, posee altura y ancho y, en tercer lugar, como multiplicación de ambas coordenadas, volumen. No es puntual, ni lineal, derivado de una sucesión de puntos, ni plano, resultado de una traslación de esa línea como si se tratara de un limpiaparabrisas. Algunos especularon que la tridimensionalidad, en lugar de tratarse de un conjunto indiscernible, pudo haber sido antecedida por espacios planos o lineales y aventuraron acerca de las interesantes formas de vida de allí[2].

 

   Los imitadores, como siempre ocurre en el campo de la cultura, fueron incontables  y las derivaciones no se hicieron esperar: si existen dos dimensiones precedentes a la que experimentamos, ¿por qué no “sospechar” la existencia de una cuarta (o una quinta, o una sexta) superior, y que coexista paralelamente con la nuestra? Y, así como para los habitantes de estas dimensiones anteriores resultamos, los hombres, invisibles, ellos, los privilegiados ciudadanos, igualmente gozan de esa facultad para nosotros. Un razonamiento perfecto basado en la lógica legitimidad de la extrapolación.

 

   Sin embargo, del hecho de que podamos hablar (y representar)  matemáticamente de una o dos dimensiones no es posible deducir que las mismas existan independientes de la tercera, que experimentamos corporalmente. Asimismo, no hay impedimento alguno para representar, algebraicamente, espacios de cuatro, cinco, seis o multidimensiones, pero, de allí a porfiar de su existencia el paso es demasiado apresurado.

 

   Si rememoramos la crítica al argumento ontológico (que yo imagine hasta en sus ínfimos detalles las Islas Afortunadas, o elucubre racionalmente a un Dios ens perfectissimus no se deriva necesariamente que ambas entidades existan) pareciera que la crítica a la extrapolación va por el mismo camino. No es así,  su justificación epistemológica es más grave que las ingenuas pruebas de la existencia de Dios porque encubre la soberbia alcanzada, no tanto por las ciencias sino por sus adláteres y cuantos dogmatizan sus resultados con la misma actitud pueril de los monjes advenedizos.

 

    ¿Qué nexo hallamos entre la imposibilidad de traducir fidedignamente lo apreciado visualmente en un instante por la lengua que a lo espacial no se limita a temporalizarlo sino que, también y a la par, en la enunciación, lo jerarquiza y la crítica a las extrapolaciones? Pues, que de una u otra manera se trata de esfuerzos semejantes, la disociación percibir-expresar la tenemos tan incorporada en la vida cotidiana que, prácticamente, su ejercicio, pasa desapercibido por la conciencia. Por otro lado, el recurso a la extrapolación expone la habilidad racional en su ahínco por establecer puntos comparativos entre distintos sectores del mundo, comprenderlos y explicarlos. 

 

   Aunque, al menos, resta una pregunta aún ¿Cómo realizan esa traducción los animales cuando se comunican? Si respondiéramos que su mundo perceptivo es menor caeríamos en un antropomorfismo infantil, limitémonos a pensar que es distinto. Si por arte de magia un perro obtuviese el don del habla y, además, supiese de nuestra disociación ¿no se haría cruces en su esfuerzo por transmitirnos los conocimientos obtenidos por su olfato?

 

   Una respuesta, sin duda, extrapolada.

 

 

 

 

Carlos Enrique Berbeglia

Pinamar, enero del año 2010      

                   

 


[1] Si bien el autor de estas páginas ha demostrado en Razón, persistencia, racionalidad,  Buenos Aires, Biblos, 2006 la existencia de un aspecto instintivo de la razón, ello acontece cuando la misma se enferma de esclerosis en la racionalidad y olvida sus principios esenciales: creatividad, revolución, curiosidad,  discenso, descubrimiento, asombro hasta por lo hechos cotidianos, originalidad, entre los decisivos.

[2] G. Abbot, Planilandia, novela escrita a mediados del siglo XIX,