LA ANULACIÓN DEL PRESENTE

 

Evidentemente, cuanto existe en el mundo de la naturaleza, experimenta el transcurso del tiempo de acuerdo a su constitución, geológica, vegetal o animal. De allí a que sean conscientes de sus transformaciones no nos parece creíble, al menos en lo que atañe al clásicamente denominado “reino mineral”, pero una adjudicación de similar rotundidad  al “reino vegetal” ya hablaría de un exceso de generalización, hay plantas que sufren modificaciones de acuerdo con el ritmo de las estaciones y otras, por el contrario, no, algunos árboles viven miles de años y numerosos arbustos secan al llegar la temporada fría. Cómo se da ese gobierno es algo donde entran en juego la fotosíntesis, el proceso de conversión del anhídrido carbónico en oxígeno, la permeabilidad de los suelos donde ingresan las raíces y otros factores tan determinantes como las propias especies a las cuales pertenezcan los retoños cuando nacen.

 

   El “reino animal” reviste una complejidad mucho mayor, desde una abeja que liba, día a día,  en una misma zona y regresa puntualmente a su colmena, al ave migratoria que cruza la totalidad del continente americano dos veces en el año, al perro presintiendo la hora del paseo, no cabe la reducción teórica de afirmar que son únicamente  los instintos  los gobernantes de sus actitudes. Sin duda “experimentan” el tiempo, de alguna manera. Diversas investigaciones, han ido labrando a lo largo de este otro “tiempo”, el tiempo histórico de los seres humanos, respuestas diferentes para explicarlo, tal vez intentos fallidos, aunque necesarios;  habitar el mundo implica, siempre, la pretensión de conocerlo, incluso equivocadamente.

 

  Temporalidad y cambio, entonces, parecen términos sinónimos. Cuanto cosa se encuentre sujeta al tiempo, (un pleonasmo, no conocemos ninguna “cosa” que se le independice), “cambia”, así se trate de una flor, una libélula, un renacuajo, un dromedario, una estrella que demora miles de años en su tránsito de una etapa a otra o hasta del mismo Universo, cuyas fluctuaciones habidas desde su nacimiento, comienzan a ser develadas por la astronomía.

 

   La obligada asociación del cambio con la temporalidad es la fuente de la mayor dosis de angustia que nos aqueja, en el tiempo nos desenvolvemos y desarrollamos, nacemos, crecemos, cumplimos nuestros sueños o fracasos, recordamos, olvidamos y morimos. La temporalidad, por ende es el carril por donde transitan los recuerdos y, valga la metáfora, no se trata de un camino liso y asfaltado, sino formado por numerosas curvas, sorpresivas pendientes y, amén de otras anfractuosidades más imprevistas todavía, sumamente permeable, absorbe con rapidez  diversa cuanto resbala por su extraña capa. La suma de los accidentes de esta ruta (individual y colectiva) es la encargada de atrapar los recuerdos y sumergirlos en esa otra potencialidad del tiempo que dimos en llamar “olvido”.

 

 Recordar implica esfuerzo, una inversión energética para  volver atrás una y otra vez por ese camino que tiende constantemente a la entropía y a la indiferenciación o para detenerse, aferrarse a cualquier monolito, encaramarse en él, encarnarse con él y, a resultas de la atención que exige, desconocer los hitos restantes del camino temporal que fluye con la rapidez de un torrente desmadrado y, por lo tanto, coadyuvar en ese proceso de descomposición que nos aflige.

 

   La memoria acontece en el tiempo y se vale de la temporalidad para luchar contra la desmesurada agresión del pasado, restaura, al igual que los curadores de los museos el deterioro de una pieza artística, vivifica a un cantor, como los  registros fonográficos, o imágenes si se trata de fotografía, emplea distintas técnicas para que los circuitos cerebrales mantengan actualizadas desde la épica de un pueblo en los payadores, idiomas distintos al materno en quienes traducen simultáneamente,  permite acudir al auxilio de una ley oculta para la defensa de un recluso o diseña computadoras capaces de almacenar millones de datos.

 

   Así, la historia de la humanidad resulta a la par de un proceso  constructivo, la historia de la lucha por el sostén de cuanto fuese creando y del recuerdo de lo que edificara; empero, también, y con el mismo grado de conciencia, aunque, ahora, destructiva la lucha para el olvido, como ejemplifican las incontables guerras que asolaran el planeta desde que tenemos, paradójica, memoria de las mismas. Vándalos y hunos rubrican, de manera ejemplar, el aserto, de la cumbre de la antigüedad clásica que fueran Grecia y Roma restan, dispersos, fragmentos de sus principales monumentos y obras escultóricas destrozados, y no solamente por los bárbaros, sino por las sucesivas furias iconoclastas que no encontraron mejor pedestal, para sus nuevos ídolos, que la ruptura de los anteriores, esto es, actualizar una imagen en desmedro de las previas, borrar con el fin de volver a pintar sobre ese espacio nihilizado.

 

   Barbarismos repetidos en América gracias a la colonización europea: cientos de manuscritos mayas incinerados por los inquisidores porque no reproducían los dichos apostólicos, toneladas de joyas de exquisita textura y valor estético incaicos martilladas en los yunques brutales de los conquistadores para acuñar monedas con las efigies de sus reyes, descendientes de quienes, unos pocos años antes, expulsaran a los moros y judíos de sus tierras y condenaran al pueblo español a una decadencia cultural inédita en el resto de Europa.

 

   Empeño para recordar y similar empeño para que el olvido sepulte cuanto no conviene recordar, una fluctuación que muestra la faz siniestra de la historia humana, la de la lucha por prevalecer aún a costa de la desgracia ajena (los cantos épicos de todos los pueblos se construyen sobre la derrota de los otros pueblos, vecinos o anteriores, memoria de lo que enaltece siempre acompañada por la memoria de lo que degrada). Y por añadidura, de no ser posible la sociedad de las víctimas para enaltecer sin pausas las victorias, su desaparición definitiva. Así, cuando  en el primer ejemplo nos era dable observar una “memoria heroica”- la de los triunfadores- opuesta a su pareja “memoria despreciable” – la de los derrotados -, ahora, en cambio, el obsesivo afán por demolerlos nos muestra la faz consecuente de la misma perversión, la de la  antimemoria absoluta, la del inicial sepulcro sin lápidas hasta, después, la tierra llana, para que ni siquiera convoque la atención de la posteridad un túmulo anónimo o una distinta coloración e hierbas.

 

   Recordar con el fin de nutrir una manumisión, olvidar para sellar definitivamente los pasos malogrados. No siempre resulta fácil olvidar, a veces requiere un esfuerzo todavía mayor que el propio de las memorizaciones. Ilustran algunas de las ambivalencias que soportamos los humanos, en donde el tiempo, arropado con su misma (psicológicamente proyectada) ambivalencia, aparece ora como aliado o enemigo, ora como bálsamo o herida de sus cuitas.

 

   Utilizar la temporalidad de la cual, por ende, nos hallamos conformados, servirnos del tiempo arrollador con la finalidad de alcanzar unos logros ajenos a su permanente transcurso, empero, ¿si en algunos de estos avatares pudiéramos eliminarlo? Por otra parte, ¿cómo sino desde su misma substancia que nos constituye, esto es, el pensamiento?

 

   El pensamiento, el mismo  que articuló la idea de la eternidad, algo así como el no – transcurso, la no – degradación de lo existente, fenómenos, empero, debidos a una suprema entidad que lo trasciende (al tiempo) y nos permite a los hombres ilusionarnos con participar de sus atribuciones. Tanto el Ser, el Uno, el Bien o Dios desde distintos ámbitos filosóficos o religiosos poseen tamaña particularidad, no solamente la de manifestarse inconmensurables, innombrables, ininteligibles, insustituíbles sino también ajenos a la humillación del tiempo, esto es, blasonar la eternidad como el fundamento de su esencia. Curiosamente, la Nada, esa contrapartida conceptual del Ser, del Uno, del Bien, de Dios o como se lo quiera denominar a lo Absolutamente otro, también es infinita, inabarcable, incomprensible, eterna.

 

   En el prometido Reino de los Cielos de las religiones monoteístas, Dios, espléndido y magnífico, gobierna sobre la totalidad de sus criaturas a las que ha liberado del yugo que les amargara la existencia terrena, el transcurrir del tiempo. Sin embargo, cómo se ha de llevar a cabo esta promesa es algo que (la razón, al menos) no ha logrado aún inteligir, porque, si la eternidad es la anulación o superación del tiempo ¿de qué forma se escucharán los cantos de alabanza al Señor? La música, ¿no consiste acaso en una sucesión de sonidos que requiere el transcurrir del tiempo para manifestarse? Si la eternidad es algo así como “un instante imperecedero” al decir de los místicos, la contemplación de Dios, entonces, ¿se convierte en un fenómeno estático, donde cualquier tipo de movimiento se desecha so pena de convertirse en “accidente”?. Y el coro de los ángeles que lo rodean, ¿se mueve acaso en un pepetuum móbile sin alteración alguna en sus evoluciones permanentes? Y las huríes que reciban a los mártires del islamismo, ¿lo harán también sin desplazamiento alguno para no provocar incongruencias similares?

 

   En consecuencia, acaso no resulten vanas las advertencias de los teólogos cuando insisten en la inaccesibilidad tanto de la obra cuanto de los mensajes divinos, un llamado tranquilizador, empero, que solamente oxigena a los creyentes, a los espíritus inquietos, por el contrario, los asfixia, nos encontraríamos aún en un período  lactante si hubiéramos seguido sus consejos.      

 

   En consecuencia, los análisis filosóficos, las cuestiones religiosas, las conclusiones científicas, pero, también, las experiencias diarias se entreveran en cuanta renovada disquisición intente aportar alguna nueva visión a los problemas temporales, porque, si bien no existe una experiencia uniforme del tiempo, cualquier ser humano no ignora que transcurre, siendo, a partir de esta inmodificable (al menos, “hasta ahora”) condición suya – la permanente fluencia – desde donde resulta  necesaria la  partida para iluminar, o re-descubrir, alguna faceta de la temporalidad que haya permanecido adherida a alguna otra característica más expuesta y comunicable del tiempo.

 

   Las ausencias de tiempo, como  ya apreciamos, acontecerían sólo en la eternidad, la nada, racionalmente hablando desde nuestros condicionantes lógicos, sería únicamente posible en dos oportunidades (que se reducen a una): o bien en una liquidación absoluta (¡vaya saberse por qué motivos!) del Universo en su totalidad y por ende no restara del mismo ni una mísera partícula,  bien en la desaparición colectiva, igualmente absoluta, de toda conciencia – como la  nuestra o similar a la nuestra - que lo experimente. Especulaciones, no gratuitas, pero sin posibilidad alguna de corroboración.

 

   En cambio, extender el título, “la negación del presente”, sí nos conduce a vivificar el manipuleo, la mayor parte de las veces inconsciente, que hacemos con el tiempo. Que “se nos escurra de las manos” es una acepción, con sinónimos, propia de todas las lenguas, pues traduce vivencias distintas de acuerdo con la edad, el estado anímico, la situación atravesada y otras variantes estudiadas in extenso por la psicología. En cambio, en este contexto  “negación del presente” se asocia con una verificación diaria experimentada  tanto en el habla como en las acciones y que hemos denominado apurar al presente:  “¿qué harás  cuando crezcas?”, “finalizo de comer y te digo si me cayó bien la cena”,  “cuando salgamos del cine tomamos unas copas”, “a fin de mes me tocan las vacaciones” ... Una mujer, apenas se embaraza y ya se encuentra ayudando a su hijo a dar los primeros pasos;  abrimos un libro y ya quisiéramos haberlo leído hasta la última de sus páginas; no sentamos en una clase y ya estamos planeando el café con nuestra compañera para cuando la misma finalice; compramos un objeto cualquiera y ya nos imaginamos en el hogar abriendo el paquete para usarlo; accedemos a la carretera y ya vislumbramos el destino del viaje; ponemos, de niños, una moneda en la alcancía o invertimos en unos bonos y ya  prevemos la obtención de  las ganancias; escuchamos una pieza musical y ya estamos planeando la audición de la siguiente ... y yo, Berbeglia, al comenzar la redacción de este ensayo ya me preguntaba en qué momento iría a terminarlo.

 

   No es que vivamos el futuro, pero apuntamos usualmente a él, nuestra percepción del tiempo es finalística, el sueño de la vida en un presente puro con el fin de clausurar las angustias que nos atormentan desde lo porvenir tal vez sea la dicha que alcancen algunos monjes tibetanos mas, lo cierto, es que la experiencia temporal que registra la historia, la de todos los tiempos y civilizaciones al menos conocidas, es la de apuntar a la resolución del futuro: horóscopos y bienaventuranzas, promesas y presagios, ofrecimientos y disposiciones se valen del presente para anularlo y convertir sus pasos, lentos o rápidos, en una mirada constante que sigue el vuelo de un ave y se pregunta por el árbol en el que, finalmente, terminará su vuelo.     

        

           

 

 

Carlos  Enrique Berbeglia

Pinamar, enero 2010